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REFLEXIONES SOBRE LA CULTURA DE PAZ

Ene 24 2007

Por Mario Soares (*)

LISBOA, Ene (IPS) La paz es la mayor necesidad de los pueblos. Pero la paz
es mucho más que la ausencia de guerra, es el rechazo de la violencia en
todas sus formas. Implica el respeto por el otro y por quien es diferente de
nosotros, el reconocimiento del derecho a la diferencia, el respeto por los
Derechos Humanos y el Derecho Internacional. Las sociedades democráticas
rechazan la guerra y procuran resolver los conflictos por medio de
negociaciones y no por la fuerza de las armas.

Todo esto está relacionado con una verdadera cultura para la paz y la
ciudadanía basada en los valores éticos de justicia, libertad y
solidaridad. Es evidente que esta cultura tiene como fundamento la
educación, que debe comenzar desde la escuela primaria. Los dos conceptos
-paz y ciudadania- son diferentes pero complementarios.

La ciudadanía existe solamente en las sociedades democráticas. En una
dictadura, como la vivimos en Portugal hasta 1974, las personas no tienen
libertad de expresión, no pueden votar libremente, no tienen derecho a la
crítica ni a la participación en la política de su país. En una palabras, no
son ciudadanos, son súbditos.

Por su parte, la violencia es una pulsión humana natural que debe ser
controlada por la educación y el autodominio. La violencia es aceptable sólo
en caso de legítima defensa y aun así no debe ser desproporcionada en
relación a la gravedad del ataque. Un ejemplo reciente es el de la guerra
contra El Líbano lanzada por Israel en represalia contra el aprisionamiento
de dos soldados por parte de Hezbolá. En esa guerra murieron millares de
personas y El Líbano fue parcialmente destruido.

El siglo pasado ha sido uno de los más crueles de la historia. Sufrió dos
guerras mundiales e innumerables guerras civiles -como las de España y
Corea; guerras regionales, guerras de liberación anticoloniales y
revoluciones más o menos mortíferas que sacudieron a todos los continentes;
sangrientas dictaduras totalitarias como la soviética, el nazi-fascismo, el
maoísmo; golpes de Estado apoyados o no por el exterior; el Holocausto o el
intento de eliminación del pueblo judío; campos de concentración y
exterminio como los nazis y los goulags; la tortura bajo las formas más
salvajes; y la descarga de bombas atómicas en Nagasaki e Hiroshima con la
muerte simultánea de centenares de miles de inocentes, etcétera.

Por ello, al concluir la II Guerra Mundial (1945) y ante el balance de más
de 50 millones de muertos los países vencedores crearon la Organización de
las Naciones Unidas con el objetivo fundamental de evitar guerras en el
futuro y de desarrollar una verdadera cultura de paz en el respeto de los
derechos humanos.

Entretanto, este siglo XXI no ha sido hasta ahora nada pacífico, con guerras
altamente sangrientas -como las de Iraq y Afganistán- que tienden,
peligrosamente, a tornarse enfrentamientos religiosos, así como conflictos
en Africa y en Asia. Hemos visto, además, la aparición de un fenómeno nuevo
y gravísimo: el terrorismo global en nombre de Al Qaeda, que ha atacado la
civilización ocidental prácticamente en todos los continentes.

Pero la lucha contra el terrorismo no puede ser una «guerra» en el sentido
corriente del término. Debe ser un combate inteligente, tratando de conocer
sus motivaciones para ser más eficaz e imponérsele moralmente en el marco de
la observancia de los derechos humanos y el derecho internacional.

Para ello, es indispensable que los pueblos más desarrollados y poderosos
sean capaces de respetar a la ONU y de restructurarla para que sea más
eficaz de manera de, mientras disminuyan los riesgos bélicos, se promueva
una cultura de paz.

Empero, las democracias mediatizadas occidentales difunden mediante la
televisión y el cine cada vez más imágenes que no podemos dejar de
considerar como formas de incitación a la violencia, con efectos deplorables
sobre la sensibilidad y la educación, particularmente de los menores. Por
ello, de acuerdo la enseñanza de Karl Popper, es preciso crear instrumentos
jurídicos internacionales para reglamentar la actividad de las televisiones
e impedir que sean instrumentos al servicio de la violencia y la crueldad.

No es fácil explicar este fenómeno. La lucha por mayores audiencias en
sociedades sumamente competitivas, consumistas y apartadas de los valores
humanistas en las que prevalecen los intereses materiales, habituadas al
culto de la fuerza y de la riqueza es, seguramente, una de las razones. Y
deben contar otros aspectos vinculados con los aspectos económico-sociales
que nos rigen.

Si queremos vivir en sociedades más justas y solidarias, mas igualitarias y
a la vez prósperas -como es el objetivo de la Unión Europea para los Estados
que la integran- tenemos que educar a nuestros jóvenes en las escuelas, en
las familias y en las instituciones de la sociedad civil, en una cultura de
paz, de amor por el prójimo y de resolución de los conflictos por medios
pacíficos, preparándolos para que lleguen a ser ciudadanos capaces de asumir
sus responsabilidades futuras. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mario Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal