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Qué está en juego en Irak

Feb 14 2007

POR NOAM CHOMSKY

En Occidente, algunas de las informaciones más importantes sobre Irak permanecen ignoradas o simplemente no se les comenta. Hasta que esta información sea tomada en cuenta, las propuestas sobre la política de Estados Unidos en Irak no serán ni moral ni estratégicamente sanas.

Por ejemplo, una de las recientes historias sobre la devastada tierra de Irak —una de las menos discutidas y más iluminadoras— es una encuesta en Bagdad, Anbar y Najaf sobre la invasión y sus consecuencias.

“Alrededor del 90 por ciento de los iraquíes piensan que la situación en el país era mejor antes de la invasión dirigida por Estados Unidos que en la actualidad”, informó United Press International, tras divulgar una encuesta realizada en noviembre del 2006 por el Centro de Investigaciones y Estudios Estratégicos de Irak, con sede en Bagdad.

“Casi la mitad de los encuestados favorecen una retirada inmediata de las tropas dirigidas por Estados Unidos”, informó The Daily Star en Beirut, Líbano. Otro 20 por ciento avaló una retirada por etapas que comenzaran de inmediato. (Una encuesta del Departamento de Estado de Estados Unidos, también ignorada, determinó que dos terceras partes de los habitantes de Bagdad quieren una retirada inmediata).

Generalmente, sin embargo, la opinión pública en Irak, en los Estados Unidos o en cualquier otro lugar no es considerada relevante por quienes hacen la política, al menos que pueda impedir lo que ellos prefieren elegir. Estos planificadores tienden a ser profundamente antidemocráticos, aunque suelen mostrar una sublime retórica sobre el amor a la democracia y las mesiánicas misiones para promocionarla.

Oposición a la guerra

Las encuestas en los Estados Unidos muestran una mayoritaria oposición a la guerra, pero éstas reciben una atención limitada y apenas entran en la planificación de la política, o al menos en la crítica de esa planificación.

La más prominente crítica reciente fue el informe del Grupo de Estudios sobre Irak liderado por el ex secretario de Estado James Baker y por el ex representante demócrata Lee Hamilton. El informe fue ampliamente aclamado como un valioso correctivo crítico a la política de George W. Bush, quien inmediatamente desechó el reporte.

Un notable rasgo del informe es su falta de preocupación por la voluntad del pueblo iraquí. El informe cita algunas de las encuestas sobre el sentimiento iraquí, solamente en relación a la seguridad de las fuerzas militares norteamericanas.

La implícita hipótesis del informe es que la política debe ser creada de acuerdo con los intereses del Gobierno de los Estados Unidos, no con los de los iraquíes.

La verdadera razón para la invasión, por cierto, es que Irak tiene las segundas reservas de petróleo más grandes del mundo, que son muy baratas para explotar, y se hallan en el centro de los recursos de hidrocarbono más importantes del mundo. El tema no es el acceso a esos recursos sino su control (y para las corporaciones energéticas, la obtención de ganancias).

Como observó el vicepresidente Dick Cheney en mayo pasado, el control sobre los recursos de energía provee “instrumentos para la intimidación y el chantaje”; es decir, cuando está en las manos de otros.

En el más delicado fraseo del estudio, se dice que “Estados Unidos debe ayudar a los líderes iraquíes a reorganizar la industria nacional del petróleo como una empresa comercial, a fin de mejorar la eficacia, la transparencia y la responsabilidad”.

A raíz de su sistemática falta de voluntad para discutir asuntos tan crasos, el Grupo de Estudios de Irak es incapaz de enfrentar la realidad de las opciones políticas de Estados Unidos frente a la catástrofe que la invasión ha creado.

Un pueblo soberano

Los planificadores saben qué está en juego. Un Irak soberano, parcialmente democrático, podría ser un desastre para ellos y para sus aliados occidentales. Con una mayoría chiíta, Irak probablemente continuará mejorando sus relaciones con Irán. Hay una población chiíta a través de la frontera en Arabia Saudita, oprimida por la tiranía monárquica apoyada por Estados Unidos. Cualquier paso hacia la soberanía en Irak alienta la defensa de los derechos humanos y un grado de autonomía en la región donde está situado la mayor parte del petróleo saudita.

La soberanía en Irak podría conducir a una alianza chiíta que controlaría la mayoría de los recursos de petróleo mundiales e independiente de los Estados Unidos, socavando un objetivo primario de la política exterior norteamericana desde la segunda guerra mundial.

Poderosos motivos, en consecuencia, llevan a los Estados Unidos y al Reino Unido a tratar de mantener un control efectivo sobre Irak.

El informe Baker-Hamilton pide al Presidente que anuncie que Estados Unidos no intenta tener una presencia militar permanente en Irak, pero sin solicitar que se ponga fin a la construcción de bases militares. Por lo tanto, esa declaración no será tomada en serio por los iraquíes.

Algunos observadores temen que una evacuación de Irak por parte de los Estados Unidos llevaría a una guerra civil total y a la devastación del país. A propósito de las consecuencias de la retirada, tenemos derecho a hacer nuestros juicios personales, todos ellos tan carentes de información y dudosos como los de la Inteligencia de Estados Unidos. Pero eso no importa. Lo que importa es lo que los iraquíes piensan. O mejor aún, eso es lo que debería ser realmente importante.

Ahora bien, en oposición al informe Baker-Hamilton (y a la opinión pública iraquí), el plan de Washington es introducir más tropas en Irak. Pocos especialistas en Medio Oriente esperan que esa táctica tenga éxito.

Pero ninguno debería subestimar la fuerza de la política exterior de Estados Unidos para mantener su control sobre los recursos de la región. Una soberanía iraquí difícilmente será tolerada por el poder ocupante.