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AZNAR, BLAIR Y MITOS HISPANOBRITANICOS

Mar 1 2007

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Feb (IPS) El ex presidente español Aznar acaba de reconocer, dos años
después de que lo hiciera el mismísimo Bush, que no había armas de
destrucción masiva en el Iraq de Sadam Hussein. Sarcásticamente, Aznar
incluso se permitió el lujo de declarar tener entonces “el problema de no
haber sido tan listo de haberlo sabido, cuando nadie lo sabía”. Es curioso:
la duda entonces es la misma que invocaron los inspectores de la ONU para
que se les dejara llevar a cabo su trabajo y evitar la precipitación de la
aventura de una invasión, una guerra y una ocupación que constituyen ya una
monumental antología del desastre.

Aunque bajo el peso de la incertidumbre, Aznar optó en el Congreso español y
ante la opinión pública por pedir que se le creyera por el valor de su
palabra. Ni le exigió explicaciones y garantías a Bush, ni tampoco a su
Secretario de Estado Colin Powell, quien defendió la misma tesis en la ONU
(para más tarde avergonzarse). Es más: Aznar recriminó después de la derrota
de su Partido Popular en las elecciones del 14 de marzo de 2004 la retirada
de las tropas españolas de Iraq, ordenada por su sucesor socialista
Rodríguez Zapatero.

Toda esta retahíla de despropósitos nada tiene de extrañar, a la vista de
que el PP, todavía dirigido por Aznar desde la sombra, arremete contra el
gobierno socialista aduciendo la conexión entre el terrorismo islamista,
autor del atentado de Madrid del 11 de marzo, con
el terrorismo vasco de ETA. Recuérdese que fue precisamente la suicida
manipulación de la supuesta autoría de ETA la que llevó en parte al PP a
perder las elecciones.

Lo que todavía no ha declarado Aznar es por qué también respaldó a Tony
Blair, en el encuentro cumbre de las Azores y a través de todo el proceso,
si ahora se sabe que también el mandatario británico estaba inmerso en
dudas. Sabido es que Blair creyó en un momento que al subirse al carro de
Bush podría convencerlo de hacer marcha atrás en la senda hacia Bagdad y
retornar a la negociación. La simplificación de este misterio se aduce a la
llamada irresistible de la mítica “relación especial” entre Estados Unidos y
el Reino Unido.

Esta motivación histórica y altruista, paradójicamente, se da de bruces con
la clásica definición de que los británicos, en la política dura y pura, no
tienen aliados o amigos, sino simplemente intereses. Nadie ha aclarado, y
menos Blair, cuál fue el especial interés para apoyar a Bush, cuando sabía
más que la absoluta mayoría de los mortales, incluso más que Aznar, que
entonces aparentaba tener una visión exacta y global. Este misterio de la
conducta de Blair demuestra, una vez más, que nada es nuevo en la política
internacional.

En plena polémica de revisionismo (interesado o riguroso, que de todo hay)
de la Guerra Civil española, se detecta la persistencia del mito de la “no
intervención” de Francia y el Reino Unido ante la rebelión del general
Franco que desencadenó la contienda fraticida. La tesis tradicional y sólida
sigue siendo que, como resultado de la falta de apoyo de las democracias
europeas, la Segunda República española no tuvo más remedio que acceder a la
ayuda soviética. Solamente este apoyo evitó el desenlace súbito de una
guerra que tenía perdida desde el inicio, entre otras razones por la ayuda
recibida por Franco de Hitler y Mussolini.

Pero el detalle crucial que ahora resulta evidente, gracias al nuevo libro
(La soledad de la República) del historiador español Angel Viñas, es que el
gobierno conservador británico del que Anthony Eden era ministro de
relaciones exteriores sólo aparentemente se mantuvo neutral; en realidad
ayudó por medios precisos y sutiles a Franco. La razón última
de este “especial interés”, contrario a la supuesta adherencia a los
principios democráticos, es el dilema entre la rebelión de un general
golpista contra un régimen democrático para establecer una dictadura apoyada
por el nazi alemán y el fascista italiano, y la influencia marxista en la
economía española, con peligro para las empresas británicas.

Londres no solamente suministró apoyo de la inteligencia (entonces la mejor
del mundo, y ahora a la altura de la CIA), sino que le facilitó acceso a
suministros, coartando los de los republicanos. Franco era ya entonces el
“hipo de p.” propio, en la terminología de Roosevelt. Lo demás es historia.
(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami.