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BUSH EN AMERICA LATINA: TARDE Y POCO

Mar 12 2007

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Mar (IPS) El presidente George W. Bush visitará cinco países latinoamericanos entre el 8 y el 14 marzo. Las escalas están estratégicamente distribuidas: San Pablo en Brasil, la sede de Mercosur en Montevideo, la Colombia andina en convulsión, Guatemala en una Centroamérica en transición, y el inevitable México irritado por la valla. Se evita, de esta manera, una visita a la Argentina hostil, se da por garantizada la cordial relación con Chile, y naturalmente todo el periplo gira en neutralizar la influencia de Chávez en el continente. El supremo venezolano, por su parte, se cruzará por los cielos sudamericanos con Bush, ya que también visitará Bolivia y desde Buenos Aires le mandará un saludo envenenado.

Poco positivo se espera de este viaje del presidente estadounidense, cada vez más cerca de la jubilación. «Tarde y poco» es el calificativo provisional de la agenda para un continente que si ya con el final de la guerra fría recibió el desdén de Washington, desde el 11 de setiembre la atención recibida había quedado reducida a la amenaza de algunas parcelas de seguridad (narcotráfico) y la inmigración incontrolada. Solamente la dependencia energética y la actividad populista liderada por Venezuela han producido noches de insomnio. Ni Castro ha contribuido recientemente a la incomodidad de Washington en una región que se da por perdida, sumida en la inercia de resignación y la pobreza y desigualdad endémicas, con unos planes de integración eclipsados por los parciales tratados de libre comercio.

Ante la precaria situación y la inevitabilidad del viaje, los expertos y observadores ocasionales se han apresurado en aconsejar al presidente y los responsables de la política hacia América Latina. Hay una lista de la compra y una carta a los Reyes Magos que por lo menos aminore el balance negativo hasta ahora.

Por ejemplo, con respecto a lo que parece ha sido la norma y obsesión anteriores, una especie de la fracasada política con Castro, las voces razonables reclaman que, en lugar de acosar y reprender a los actores modestos que parecen fascinados por los cantos de sirena de Chávez, se debería mantener la comunicación, el diálogo y renovar las preferencias arancelarias con Bolivia y Ecuador. «Si no puedes derrotarlos», dice la sabiduría popular, «únete a ellos». Con los aprendices de populistas, la peor táctica es darles la excusa perfecta para colocar los carromatos en círculo y colocarse bajo la protección de Chávez. Con éste, Bush debe cesar el enfrentamiento directo, en una copia de la táctica contraproducente llevada a cabo con Castro. Además de «ningunearlo» moderadamente por algún tiempo, lo peor que se puede hacer es anunciar presiones a los aliados de Chávez.

Aunque no son la solución única de los problemas latinoamericanos, la Casa Blanca debiera invertir suficientes energías en la ratificación de los acuerdos con los países andinos y centroamericanos, a no ser que se pretenda que pasen al bando de la oposición anti-norteamericana. Para ello, naturalmente, se necesitará la colaboración de los demócratas que confunden la táctica de erosionar el poder republicado con el interés nacional. Del mismo modo, sería contraproducente retirar el apoyo a Colombia (en su peor momento, atrapada por los escándalos de los «paramilitares» que han contaminado al gobierno de Uribe), pero trocando el énfasis militar por el de protección de derechos humanos y la lucha contra el narcotráfico. De esa manera, la política estadounidense estaría en consonancia con la europea, en lugar de en contraposición.

En un plan un tanto utópico, Estados Unidos debiera adaptar algunos aspectos de la integración en el modelo europeo, aunque no sea más que para paliar la falta de interés o la incapacidad de los propios países latinoamericanos para asumirla de veras. La evolución del MERCOSUR no da muchas esperanzas.
Si la supranacionalidad y la soberanía compartida son de momento inviables, por lo menos se debiera garantizar la disponibilidad de fondos de inversión que encaren los urgentes problemas presentados por la pobreza, la desigualdad, la criminalidad, la discriminación racial y de género. En esencia, lo que se necesita es una verdadera Alianza para el Progreso, pero con una ambiciosa visión social, lejos de las prioridades de antaño que presidieron la época de la guerra fría.
En suma, se impone no solamente una nueva y más efectiva agenda, con cuantiosos medios, sino la modificación de la forma de presentarla y co-liderarla. El problema es que no solamente el mensaje necesita una transformación a fondo, sino que el mensajero está irremisiblemente desprestigiado y sus errores de táctica y estrategia son un imponente lastre que ni siquiera la buena voluntad y el propósito de enmienda harán la diferencia. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu)