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EL LIDERAZGO EUROPEO, HACE 50 AÑOS

Mar 21 2007

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Mar (IPS) Dos años después del rechazo franco-holandés al proyecto constitucional europeo, la UE no sale del bajón institucional. No sabe cuál es su rumbo y misión para el segundo medio siglo de su existencia oficial.
¿Cuál es la diferencia hoy con el ambiente imperante el 25 de marzo de 1957?
Entonces por el Tratado de Roma se fundaron la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de Energía Atómica, y se añadieron a la original Comunidad Europea del Carbón del Acero forjada en 1951.

La diferencia no fue el surgimiento del Mercado Común, sino la presencia de un liderazgo que fue capaz de superar el contundente golpe que la Asamblea Francesa había propinado al proyecto de la Comunidad Europea de Defensa, que preveía la formación de un ejército europeo. Temerosos de que el desastre significara el fin del precario proceso de integración, los líderes de entonces ejecutaron un nuevo paso osado.

Elitista, culto, cosmopolita, tecnócrata, visionario. Estos serían algunos de los calificativos propinados a los protagonistas iniciales del proceso de integración europea. Si se alude con esos epítetos a un par de franceses emblemáticos (Jean Monnet y Robert Schuman) y se extienden a etiquetar al alemán Konrad Adenauer, el italiano Alcide de Gasperi, o al belga Paul-Henri Spaak, se comprende el espectacular éxito histórico de la actual Unión Europea. Sin el liderazgo original de los padres fundadores nada hubiera sido igual. Es más: sin la labor de esos hombres nada hubiera sido posible (según Monnet citaba al filósofo suizo Frédéric Amiel), pero nada sería duradero sin las instituciones, pilares de la civilización .

Esos hombres sabían entonces que se enfrentaban a una elección crucial. Por un lado podían repetir los errores del pasado, poniendo en pie organizaciones ineficaces. Por otro, podían innovar, de forma audaz y elitista, decisiva y arrogante. Entonces su decisión fue impelida por la firme convicción de corregir el fracaso de las formaciones políticas tradicionales, los partidos que testificaron el desastre. Desconfiaban de las masas, secuestradas por las ideologías totalitarias. Con el hipernacionalismo racista, habían llevado a Europa al suicido y a la casi destrucción de su civilización, huérfana de los pilares institucionales.

Monnet, Schuman y los redactores del Tratado de Roma se sentían libres del complejo de culpa, aunque colectivamente asumieran el pecado original europeo. Encararon la nueva tarea de la integración ya en su madurez, sin soslayar riesgos que hicieran peligrar sus carreras. Se convirtieron en responsables, no ante Dios o la Historia , ni ante la Nación , sino ante Europa, a la que despojaron de la falsa connotación aria con la que la había contaminado Hitler.

Libres de sujeciones, pretendieron con sabiduría simultanear la lealtad atlántica y la especificidad pan europeísta. Sin la venia de Estados Unidos (con su Plan Marshall y su paraguas nuclear), el proyecto de integración hubiera naufragado, pero salvaron a media Europa de ser colonizada desde Moscú o de ser protectorado americano.

Ideológicamente, fusionaron posiciones liberales con socialistas. La necesidad de redención política y reconciliación efectiva hizo posible la cooperación de personalidades de izquierda y derecha. Asumieron el mejoramiento del capitalismo en lo económico, reforzado con el pacto social.
Este legado todavía perdura.

Obsérvese que Jacques Delors, el último protagonista, desde dentro de la maquinaria de la Comunidad Europea, inclinado a tomar decisiones arriesgadas, consiguió en su momento vencer la resistencia de los mandatarios que hubieran constituido un freno al ambicioso proceso de integración que desembocó con el Tratado de Maastricht y la adopción del euro. Pero contó para esa tarea con la colaboración de la última hornada de líderes de estatura que ha tenido Europa (Helmut Kohl, François Mitterrand, Felipe González, e incluso el incentivo de la actitud negativa de Margaret Thatcher).

Gracias a ese liderazgo no se tuvo que depender, como en la actualidad, de la esclavitud de las encuestas, del capricho de las masas, o sufrir los efectos de la renacionalización del proceso, sometido a los ciclos electorales. Hoy, los líderes europeos no se pueden permitir los lujos que sus predecesores de hace medio siglo alegremente disfrutaban. O, al menos, no quieren encarar los riesgos. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).