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LAS CÁMARAS ESPÍA APUNTAN AL PODER

Mar 9 2007

Por Mark Sommer (*)

ARCATA, CALIFORNIA, Feb (IPS) Cuando Sadam Husein era escoltado por enmascarados hacia la celda de Bagdad donde se le ahorcó, uno de sus verdugos filmó secretamente todo lo acontecido con un simple teléfono celular dotado de cámara foto-filmadora. El video resultante, primitivo como era, llegó en horas al sitio web YouTube e inmediatamente rebotó alrededor del mundo a través de numerosas emisoras de TV.

Tal difusión universal relegó a segundo plano los cuidadosamente coreografiados esfuerzos de los funcionarios iraquíes y estadounidenses para revestir con una aureola de legitimidad el proceso judicial que llevó a esa sentencia de muerte. El resultado que tanto los partidarios de Sadam como los islámicos extremistas han sido incapaces de conseguir en años de propaganda y exhortaciones, lo obtuvo un home video de pocos minutos: hacer aparecer para siempre al dictador iraquí como un mártir a los ojos de los creyentes y producir vergüenza y repugnancia incluso entre quienes pensaban que Sadam merecía la pena capital.

Desde que una cámara de video para uso doméstico filmó en 1992 la brutal golpiza sufrida por el chofer de taxi afroestadounidense Rodney King a manos de tres policías de Los Ángeles, luego absueltos por la Justicia, lo que provocó cuatro días de disturbios callejeros con 55 muertos y 2.400 heridos, los políticos, la policía y las figuras del deporte y del entretenimiento se han vuelto precavidos y recelosos, no sólo ante la presencia de fotógrafos sino también frente a las omnipresentes cámaras digitales y los teléfonos celulares en manos de ciudadanos comunes.

La contracara de las ubicuas cámaras espía que pueden seguir cualquier movimiento de las personas en lugares como grandes almacenes, oficinas gubernamentales o empresariales es que se han convertido en una «vigilancia a la inversa». O sea que los ciudadanos pueden tomarse una represalia:
invadir la privacidad de figuras públicas que durante tanto tiempo y con tanta impunidad han invadido su privacidad. El casi universal acceso a filmadoras portátiles con audio y video permite ahora a cualquiera capturar un ocasional momento de indiscreción o de cuchicheos conspirativos de un político y mostrarlo al público para la vergüenza eterna del sujeto en cuestión.

¿De qué manera esta nueva capacidad de personas sin un entrenamiento ni con la ética del periodismo puede alterar el balance de poder y de privacidad entre las elites y el público? ¿Cómo influirá en el comportamiento de figuras públicas que nunca más podrán estar seguras de que sus actos no están siendo grabados o filmados ni de que luego llegarán a los medios de comunicación? ¿De qué modo esta falta de privacidad pública, que podría ser llamada el «efecto de la casa de paredes de cristal», influye en el oficio del periodismo profesional y en las decisiones que los editores de noticias toman acerca de lo que se debe cubrir y de cómo hacerlo?

Cuando cientos de millones de revólveres y de kalashnikovs han nivelado el campo de juego entre policías y criminales y entre heterogéneos grupos insurgentes y el ejército más poderoso del mundo, el arma de la exposición pública en gran escala ubica a cada líder, dictador o demócrata, en perpetuo riesgo.

Tampoco se puede tener la certeza de que la evidencia en si misma sea auténtica. El filme de 1994 «Forest Gump» utilizó efectos especiales para permitir que Tom Hank apareciera incluido digitalmente en escenas históricas junto a los presidentes Kennedy, Johnson y Nixon. Más de una década después, tales técnicas permiten fabricar escenas en videos no sólo a ingenieros en estudios profesionales sino también a cineastas amateurs con cámaras filmadoras no profesionales. Dadas estas capacidades y los medios para difundir los resultados de su utilización por todo el mundo a través de YouTube y de otras redes de emisión digital sin filtros periodísticos ¿cómo podemos detectar la diferencia entre hechos realmente ocurridos y aquellos fabricados con esas técnicas especiales?

Por un lado, las microcámaras y las filmadores les dan a la gente común el poder eventual de provocar el arresto de un ciudadano, con un impacto potencial que va mucho más allá del hecho de arrojar a alguien a una celda.
En este sentido, es un contrapeso a la cada vez mayor concentración de poder y de capacidad de vigilancia en manos de elites y un instrumento nivelador que pone a las figuras públicas en conocimiento de que nunca más podrán estar seguras de que sus fechorías no serán descubiertas y juzgadas en el tribunal de la opinión pública. Es un poder cuya potencia quizás no se imaginan por completo ni siquiera quienes lo ejercen. Por ejemplo ¿tenía el camarógrafo clandestino que filmó la ejecución de Sadam idea alguna de cómo la divulgación de su video influiría en la política global y en el modo en que el dictador iraquí y los sistemas de justicia dirigidos por Estados Unidos en el extranjero serán vistos por los observadores de todo el mundo de ahí en adelante? ¿Podemos esperar que individuos que por azar hayan registrado algún hecho actúen con buen juicio en la difusión de materiales explosivos?

¿Qué podemos aprender de la no autorizada emisión de las imágenes de la ejecución de Sadam y de acontecimientos similares sobre cómo hacer mejor uso de estos nuevos poderes de atestiguar y registrar en una era en la que no podemos más estar seguros de que es lo que está siendo documentado, de cómo se lo está haciendo y de qué es real o no lo es? (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mark Sommer, Director del programa radial A World of Possibilities
(www.aworldofpossibilities.com) y del Mainstream Media Project.