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¿A qué distancia están los intelectuales y la política?

Abr 16 2007

La reciente muerte de Juan Carlos Portantiero, uno de los grandes cientistas sociales de América latina, insta a revisar el vínculo que su generación armó entre academia y compromiso político, y las transformaciones que ese lazo sufrió.

Por Manuel Antonio Carretón (* )
Bitacora

La muerte reciente de uno de los grandes intelectuales políticos de América latina, Juan Carlos Portantiero -que sigue a la de otros científicos sociales, sociólogos o politólogos, como el uruguayo Carlos Filgueira, los chilenos Enzo Faletto y Norbert Lechner y el brasileño Octavio Ianni-, me lleva a la reflexión sobre la tarea y el destino que cumple la elaboración intelectual en la vida política y viceversa.

En efecto, Portantiero perteneció a la primera o una de las primeras promociones de intelectuales que provenían de las ciencias sociales constituidas como disciplinas académicas en América latina. Se trataba entonces de ayudar a construir tales disciplinas, pero, al mismo tiempo, de reflexionar sobre lo que eran nuestras sociedades y señalar derroteros de cambio, en un mundo que se suponía se podía transformar y en el que la política era el instrumento para ello, pero donde el aporte era desde la vereda de la investigación intelectual.

En los años cincuenta del siglo pasado se empieza a pensar en la región a las sociedades y la política con los instrumentos de las ciencias sociales modernas. Es la época de la problemática del desarrollo, a la que sucederán la dependencia, la revolución o el socialismo, la democracia. En este intento de comprometer la ciencia y el pensamiento con una causa se construyeron las disciplinas académicas de la sociología y la ciencia política y ello no estuvo exento de riesgos de convertir al analista simplemente en el sistematizador de una opción política. Pero algunos, como los mencionados, sin perder su vocación de intelectuales políticos, guardaron la desgarradora distancia entre pensamiento y acción y no perdieron nunca el rigor ni el compromiso con una mejor sociedad.

Quizás Juan Carlos fue el que estuvo más cerca en los últimos años de la vida política misma siempre en carácter de intelectual. Ya había cambiado la problemática de nuestras sociedades desde los sesenta. Por un lado, la experiencia de la derrota de proyectos de desarrollo y revolucionarios -que Portantiero conceptualizaba acudiendo a Gramsci- y, por otro, la necesidad de salir de las dictaduras brutales de esta región, llevaron a la reelaboración del pensamiento de izquierda o renovación socialista en términos de hacer inseparable la democracia política de los ideales y estrategias socialistas y de cambio. Asimismo, no era posible pensar la democracia sin entender el papel de las instituciones y las alianzas políticas mayoritarias.

Pero más allá de los cambios temáticos, en que participó la generación de científicos sociales a la que hacemos referencia, cambió también la naturaleza de la política y de la actividad científicosocial y, por lo tanto, las relaciones entre ambas.

La política se inclinó más hacia sus aspectos mediáticos e instrumentales y tendió a prescindir de la dimensión ideológica y, por lo tanto, requirió de la vida académica sus aspectos también más instrumentales y mediáticos, como encuestas o columnas de opinión coyunturales. Por su parte, en las ciencias sociales se fue cristalizando una separación entre la dimensión intelectual crítica, la dimensión científica y la profesional, con detrimento sobre todo de la primera. Por supuesto que hay una afinidad entre ambas transformaciones, lo que prueba que política y pensamiento científico-social están íntimamente relacionados en nuestra región, sin perjuicio de su autonomía intrínseca.

No se trata de reclamar que todo tiempo pasado haya sido mejor, porque no es así. Sino de preguntarse qué aportan a la política las ciencias sociales o el pensamiento intelectual. ¿Sólo un instrumento para determinar opciones que no pasan sino por el cálculo y las estrategias y no por el debate y el argumento basado en conocimientos? ¿Racionalizaciones o justificaciones sin someter a prueba la naturaleza de esas opciones? Es más, ¿necesita la política de hoy la reflexión científico-social o sólo de un par de mediciones y de presencia mediática, en un mundo en que, además, la política parece contar menos?

Quizás haya que volver a pensar en lo que fue la tarea de esa generación que, desde la academia o los círculos intelectuales o las editoriales, intentó a la vez preservar el carácter autónomo y el rigor de las disciplinas científicas y la búsqueda de categorías y análisis que contribuyeran a pensar una sociedad mejor. Y ello nos obliga a revisar precisamente un punto crucial, que es el de las instituciones desde donde se hace el trabajo intelectual que aporta a la vida política en términos de pensar la sociedad, sus actores, sus contradicciones, sus potencialidades, y no sólo de proveer el mejor consejo al príncipe.

No hay un reemplazo al mundo de las universidades públicas y al circuito que se establece desde ellas con otras instituciones, como los partidos, las organizaciones sociales, los medios de comunicación. Pero lo que ocurre es que se ha invertido el orden entre estos factores: los partidos se debilitan en su función ideológica y las universidades públicas parecen tener como único destino su pura sobrevivencia institucional. En cambio, desde los poderes mediáticos y el mercado se dan órdenes sobre qué y cómo pensar. En este círculo vicioso pensamiento y política se alejan cada vez más uno del otro.

Recordar a Portantiero es buscar recrear una relación virtuosa entre vida intelectual y vida política.

(*) Sociólogo, docente de la Universidad de Chile