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¿Tanto resplandece la Unión Europea?

Abr 19 2007

Sólo un 46% de los ciudadanos de la UE opina positivamente de ella y más de un tercio cree que su país no se ha beneficiado de la condición de miembro de la UE.

Por Niall Ferguson (*)
Bitacora

Hace pocos días fui a París a comer (al fin y al cabo, está casi tan cerca como Manchester y resulta más agradable desde todos los puntos de vista). Cogí el Eurostar. Pagué con mi tarjeta de crédito de la Societé Générale. Compré mi billete de metro con euros. Mientras hacía mis preparativos de viaje – desplazándome en tren, no en avión, y en metro, no en taxi-, tenía muy presente el nuevo compromiso de la UE sobre la reducción de gases de efecto invernadero. En el restaurante empleé mi francés oxidado pero los camareros estaban encantados con la posibilidad de hablar en inglés. Para el caso poco importa, probablemente eran polacos.

Comprenderán por qué – tras dar buena cuenta de deliciosos platos y media botella de vino de Burdeos- me sentía favorablemente dispuesto a brindar por el tratado de Roma, la carta de fundación de la actual UE de cuya firma se cumplieron 50 años el 25 de marzo. ¿Quién iba a querer a estas alturas volver a la situación fragmentada de la Europa anterior a 1957? En el medio siglo anterior, Europa se había desgarrado en dos ocasiones y, cuando por fin llegó la paz en 1945, ciudades enteras estaban en ruinas. La gente pasaba hambre. Los billetes de banco eran papel sin valor.

Mientras daba un paseo por la orilla del Sena, pensé en la situación de París en 1940.

Para hacerse una idea cabal de aquellos días aciagos sólo tienen que leer el primer capítulo de la Suite Française de Irène Némirovsky, escrita en el breve espacio de tiempo que medió entre la ocupación nazi y su deportación a Auschwitz: »El fuego se intensificaba y retumbaban los cristales (…) Los vendedores ambulantes abandonaban sus carromatos en la calle llenos de flores. Un obús cayó tan cerca de París que los pájaros de los remates de los monumentos emprendieron de inmediato el vuelo».

Actualmente, los alemanes en París son inofensivos turistas que hacen cola para entrar en el Louvre.

Tan radicalmente ha cambiado la vida europea que cabría esperar que la UE fuera hoy en día objeto de unánime veneración y respeto. Sin embargo, sólo un 46% de los ciudadanos de la UE opina positivamente de ella y más de un tercio cree que su país no se ha beneficiado de la condición de miembro de la UE. El índice de apoyo a la UE muestra su cota más baja en el caso del Reino Unido, donde sólo uno de cada tres ciudadanos opina positivamente sobre la pertenencia a la UE y apenas uno de cada cuatro confía en la Comisión o el Parlamento Europeo.

¿Cabría limitarse a ver si se quiere en todo ello un ejemplo del dicho que recuerda que no hay día sin afán, o es que los europeos adoptan efectivamente la postura correcta al hacer gala, de un modo u otro, de un grado de euroescepticismo? Considérese, por ejemplo, la cuestión de la evitación de la guerra, factor que invariablemente se trae a colación como uno de los logros principales de la integración europea. Indudablemente, a Jean Monnet – uno de los padres fundadores de la Europa moderna- le satisfizo enormemente oír a un soldado decir a otro en la terraza de un café francés: »Con el plan Schuman (que creó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero – CECA-, en 1951) una cosa es cierta: no habremos de ir a la guerra». Monnet estaba convencido de que en caso de sumar o poner en común su respectiva soberanía, Francia y Alemania estarían en condiciones de evitar una cuarta guerra durante más de un siglo. Y al propio tiempo, mientras se intensificaba la guerra fría, confió asimismo en que algún tipo de federación política europea occidental fuera capaz de conjurar »el peligro que amenazaba» procedente del este.

No obstante, la Unión Europea no puede representarse verosímilmente como el garante principal de la paz europea. La Comunidad de Defensa Europea creada en 1952 fue sofocada al momento mismo de nacer por la Asamblea Nacional francesa de modo que los estados miembros conservaron sus propias fuerzas armadas e impulsaron sus respectivas políticas de defensa. Entre tanto, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN, liderada por Estados Unidos, fue el instrumento que »mantuvo fuera a los soviéticos, a los norteamericanos dentro y a los alemanes debajo», en frase atribuida a lord Ismay, primer secretario general de la OTAN. Uno de los motivos por los que tres de cada cuatro europeos declaran que desean tener una política de seguridad y defensa común es que nunca han tenido una.

¿Y qué decir de la afirmación de que la Unión Europea ha propiciado la actual prosperidad del Continente? Naturalmente, no debe infravalorarse su aportación. Es cierto que en términos de producto interior bruto Estados Unidos sigue en cabeza, pero en otros parámetros Europa lleva la voz cantante: mientras el estadounidense medio trabajó unas 1.800 horas en el 2005, el austriaco, danés, holandés, francés o alemán medio trabajaron menos de 1.500 horas; desde 1950 el tiempo de trabajo en estos países europeos ha disminuido entre un 11% y un 17% en tanto el de los estadounidenses se ha reducido sólo en un 4%.

Al propio tiempo, los más descansados europeos parecen trabajar más eficientemente a la hora de trabajar… Seis países europeos como mínimo presentan índices de productividad (medidos en términos de producto nacional bruto por hora trabajada) superiores a los de Estados Unidos. Europa, asimismo, posee un sistema social más justo y equitativo: las desigualdades de renta son mayores en Estados Unidos que en cualquier país de la UE. Europa, asimismo, muestra índices más elevados de salud. Según recientes investigaciones, los europeos viven de media unos quince meses más que los estadounidenses. Se ha demostrado también que poseen mayor estatura. Aunque el estadounidense medio de 60 años mide alrededor de 2,54 centímetros más que su homólogo/ a alemán/ a, en el caso de los veinteañeros es a la inversa.

Sin embargo, los europeos están probablemente en lo cierto al no atribuir su alto nivel de vida a laUEde modo principal. Porque una de las paradojas de la integración europea ha consistido en que, aunque la UE ha ampliado su abanico de responsabilidades, los gobiernos nacionales han hecho lo propio. El gasto gubernamental constituye actualmente una parte mucho mayor del producto nacional bruto que en 1957. Por citar un ejemplo, el coste del servicio nacional de salud británico en la época del tratado de Roma representaba un 3% del producto nacional bruto; en la actualidad la cifra es de un 7%. Sólo hace falta fijarse en los quioscos parisienses para caer en la cuenta de que la cuestión de quién será el nuevo presidente de Francia importa en mayor medida a los franceses que la de la nueva presidencia de la Comisión Europea (resulta significativo el hecho de que cuando el candidato presidencial favorito, Nicolas Sarkozy, criticó el euro fuerte a principios de marzo, el 71% del electorado se mostró de acuerdo).

Además, cuando se compara la productividad y el rendimiento de las economías europeas, resulta difícil constatar clara y distintamente un efecto UE sobre el crecimiento. Entre 1973 y 1998, por ejemplo, los países no miembros de la UE obtuvieron resultados similares a los de los nuevos miembros y mejores que los de los países fundadores de la UE. Y, como mínimo, cabe razonar que Europa occidental habría experimentado un crecimiento rápido en caso de haberse adherido a la idea británica de una asociación europea de libre comercio.

Así pues, y a la par que celebramos el 50. º aniversario de Europa, recordemos también lo que en realidad llevó a cabo el tratado de Roma. Comprometió a seis países a crear una unión aduanera (con una sola tarifa externa y una reducción gradual de barreras aduaneras) y una política común en materia de agricultura, transporte y ayuda social. Eso fue todo. El propósito de las instituciones que puso en pie (la Comisión Europea y el Tribunal Europeo) radicaba meramente en la consecución de estos objetivos notablemente limitados.

Naturalmente, mucha agua ha fluido bajo los puentes desde entonces. Los seis se han convertido en veintisiete. Trece de ellos han adoptado la nueva moneda. Las leyes europeas muestran vigor y lozanía en todo el Continente. Yla antigua unión aduanera se ha convertido en un mercado único, aunque imperfecto. Sin embargo, en la misma raíz de la UE se sigue detectando no el superestado federal de las pesadillas conservadoras, sino una confederación cuya principal preocupación estriba en la política comercial. El acuerdo de cielos abiertos alcanzado con EE. UU. sobre las rutas aéreas transatlánticas dista de ser perfecto, pero es un gran acuerdo, mejor que el que cualquier país europeo podría haber esperado alcanzar negociando en solitario. La verdadera razón por la que la UE resulta rechazada estriba en la manifiesta discrepancia entre sus aspiraciones y su de algún modo prosaica realidad. Y, pese a todo, los líderes europeos siguen negándose a mirar de frente esta realidad. Tras reconocer tranquilamente que no les queda »posibilidad alguna de conseguir que Europa sea la economía más dinámica, competitiva y sobresaliente de la sociedad del conocimiento del mundo para el año 2010» – objetivo de la cumbre de Lisboa del 2000- acaban de embarcarse en un proyecto igualmente carente de realismo sobre la reducción de un 20% de emisiones de CO2 para el año 2020.

¿Seré yo la única persona en Europa en preguntarse por la influencia que el abaratamiento de las tarifas aéreas transatlánticas podrá eventualmente contribuir a tal objetivo? ¡Al infierno! La próxima vez que quiera ir a comer a París, iré en un vuelo de Delta Shuttle.

(*) Profesor de Historia Laurence A. Tisch de la Universidad de Harvard y miembro de la junta de gobierno del Jesus College de Oxford. Gran Bretaña.