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Complicaciones del activismo post soviético

May 29 2007

Por Zoltán Dujisin

GLASGOW, 29 may (IPS) – Representantes de la sociedad civil de las repúblicas ex soviéticas admitieron que sus organizaciones, a veces, siguen más los criterios de democratización impuestos por donantes extranjeros que las necesidades de la población de sus países.

«La mayoría de la gente está más preocupada por cuestiones socioeconómicas y menos por la democratización. Y si se quiere hablar en nombre del pueblo, hay que representarlo», dijo a IPS Paata Papava, del no gubernamental Centro de Capacitación y Asesoramiento, de Georgia.

Activistas de las repúblicas ex soviéticas se encontraron en una situación incómoda en la séptima Asamblea Mundial de Civicus, que sesionó durante cinco días y concluyó el domingo.

La cuestión central de la asamblea fue la responsabilidad de las organizaciones no gubernamentales ante las comunidades en las que operan.

El problema no debería necesariamente tener consecuencias políticas si no fuera porque, en ocasiones, se percibe a las organizaciones de la sociedad civil como entidades que toman partido en lo que cada vez se reconoce más como una lucha geopolítica sin tregua.

La desaparición de los regímenes socialistas en Europa llevó a que las incipientes organizaciones de la sociedad civil reemplazaran a los partidos políticos gobernantes en algunas de las actividades que éstos desempeñaban otrora.

Pero su presencia en ese terreno se volvió polémica. Se les atribuyó, por ejemplo, las revueltas populares contra el fraude electoral en Georgia, en 2003, y en Ucrania, en 2004, que llevaron al poder a partidos prooccidentales.

Como el financiamiento de organizaciones no gubernamentales del área depende de Estados extranjeros y de filántropos, Rusia y su vecina Belarús las acusaron de servir a objetivos de Occidente con el disfraz de la democratización.

«No se puede atribuir todo a las fundaciones extranjeras. Sería darles demasiado crédito», dijo a IPS la rusa Olga Alexeeva, quien encabeza la organización Charities Aid Foundation Global Trustees.

«No son tan efectivas. Ojalá lo fueran. Los programas de desarrollo democrático suelen insumirles todo el dinero», añadió.

Pero Alexeeva considera que la cuestión de los donantes extranjeros es un asunto más importante ahora que antes de las revueltas populares.

«Las organizaciones ucranianas hicieron lo que tenían que hacer. El problema es que la gente se suma a las revoluciones con facilidad y no piensa en las consecuencias», sostuvo Alexeeva.

Ahora la sociedad civil ucraniana deberá luchar para no convertirse en un simple «instrumento de los políticos y de la gente que crea fundaciones para su propio beneficio», añadió.

Papava coincidió con la apreciación de Alexeeva.

«Hubo flujos financieros internacionales en apoyo de las organizaciones de la sociedad civil de la era post-soviética, y fue bueno que el proceso democrático en nuestro país contara con ese apoyo», explicó Papava.

Pero, añadió, «los directivos de esas organizaciones se han volcado a integrar la estructura gubernamental y muchos donantes buscan con desesperación iniciativas oficiales».

La situación en Rusia es la opuesta: no hay riesgo de mezcla malsana entre la política y la sociedad civil, sino lo contrario.

«En Rusia no te puedes meter en política. Es suicida», dijo Alexeeva a IPS, refiriéndose al fuerte control del gobierno de Vladimir Putin sobre las actividades de la sociedad civil.

«Es la paranoia rusa. Le temen a la sociedad civil y están muy asustados por lo que pasó en Ucrania», añadió.

La activista considera exagerados los temores del Kremlin.

«A los rusos no les importan las elecciones parlamentarias ni la construcción de una torre en una plaza. Sólo hacen su vida, se preocupan por sus propios asuntos, cómo hacer para subsistir y llevar una vida decente», sostuvo.

Además señaló que en Rusia la mayoría de las organizaciones no gubernamentales son apolíticas y se preocupan por los problemas de los veteranos de guerra, de las personas mayores o de los discapacitados.

No puede decirse lo mismo para las organizaciones de Belarús pues pretenden reformar el régimen de mano dura de Minsk, capital de ese país.

Dmitry Savelau, de Transformation of Humanities Association, una organización cuya existencia peligra, dijo a IPS que si no fuera por la sociedad civil «nadie asumiría» la defensa de «la gobernanza y la política en Belarús»

Por eso se acepta la asistencia prodemocrática de los donantes internacionales sin importar cuáles sean sus objetivos últimos.

«Agradecemos que haya todo tipo de organizaciones alternativas», señaló Savelau.

Pero el activista admitió que esas organizaciones aún deben encontrar respuestas en una población que sólo aspira a la estabilidad socioeconómica.

«Quizá tengamos dinero para información y revoluciones, pero no para formar una sociedad democrática. No podemos centrarnos en la cuestión de la responsabilidad».

Alexeeva considera que en Rusia las prioridades son diferentes.

«Una revolución sería un desastre y sería utilizada de la peor manera por todo tipo de personas. Hay que llegar más a la gente común, publicar menos panfletos que nadie lee. La actividad debería ser civil y no política, enseñar a la población que los derechos humanos no son sólo una cuestión política y que, si nos faltan, otros derechos que nos importan quedarán desprotejidos», sostuvo.

En Georgia, Papava reclama que las organizaciones no gubernamentales abandonen el enfoque verticalista de democratización, impulsado por los donantes, y trabajen más a nivel de las bases.

«Tenemos que pensar estrategias y políticas para construir la democracia desde abajo», sostuvo.

Pero las organizaciones podrían tener razones para no seguir su consejo. «No es difícil saber por qué: quieren más apoyo y fondos», dijo a IPS. (FIN/IPS/