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LA FRANCIA DE SARKOZY EN EL MUNDO

May 16 2007

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, May (IPS) Las encuestas se confirmaron. Ségolène Royal no pudo captar los necesarios votos centristas para derrotar el candidato conservador Nicolas Sarkozy, nuevo presidente de Francia. Las expectativas de ambos candidatos finales se habían mantenido firmes durante meses. Solamente se presentaron las dudas del surgimiento de la candidatura de Bayrou y el temor por el arañamiento de votos que tuviera Le Pen.

Europa y el mundo desean una respuesta a las vacilaciones y contradicciones galas. Desde la Unión Europea se exige que termine el letargo de Francia y que supere el bache del voto negativo de la Constitución europea. Desde Washington se observa con mal disimulada alegría el triunfo del candidato conservador, quien en campaña electoral dio señales de admiración por el competitivo sistema estadounidense como remedio más efectivo para paliar las limitaciones del estado del bienestar.

Sin embargo, no todo es tan simple y no necesariamente se aclararán las incógnitas ya con Sarkozy en el Elíseo. En Francia, como en todo el mundo en esta época incierta, no es lo mismo hacer campaña que gobernar.

Si de algo sirve el formato y el contenido del interesante debate entablado por Sègo y Sarko, se ofrece un resquicio para visualizar el futuro gobierno y la actuación de la oposición (a la que ha apoyado el 47% del electorado final), además de que ahora se deberá esperar a las elecciones legislativas de junio. Como si quisiera resaltar la excepcionalidad de esta «monarquía»
elegida de cinco años, los comicios presidenciales se celebran aparte de los que deciden la composición de la unicameral Asamblea. Aunque siempre existe la posibilidad de la cohabitación, se prevé una mayoría conservadora en el poder legislativo. Esto no quiere decir que Sarkozy tendrá una presidencia placentera. Desde el primer día, la presión se posará sobre su cabeza para que cumpla lo prometido.

Si se examina con cronómetro el desarrollo del debate televisivo, la evidencia muestra que apenas unos diez magros minutos de una duración de dos horas se dedicaron a los temas de política exterior. Junto a una breve referencia a las obligaciones de Francia en Africa, la atención dedicada la Unión Europea y el resto del mundo fue simplemente testimonial.

Pero en su discurso de agradecimiento a sus fieles por el triunfo recibido, Sarkozy pareció decidido a retomar el perfil internacionalista de sus predecesores, Giscard d’Estaing, Mitterrand y Chirac. En primer lugar, se declaró decidido abogado de apoyar la construcción europea, sin la cual Francia no sería hoy igual que antes de la Segunda Guerra Mundial. La Unión Europea es un invento francés en diseño (Schuman y Monnet), y los dirigentes franceses han estado presentes en todos sus avances (Delors y el Acta Unica de 1986) y frenos (rechazo de la Comunidad Europea de Defensa; De Gaulle y su silla vacía; el «no» a la Constitución).

Sobre Estados Unidos, cuyas relaciones con Francia han sufrido quiebras durante el mandato de Chirac, a causa primordialmente de la guerra de Iraq, Sarkozy fue generoso, reconociendo a «esa gran nación» como aliada irremplazable de Francia. Prometió su colaboración y esperó que se forme un liderazgo compartido ante cruciales retos que amenazan al mundo como el cambio climático.

En la vecindad de Francia, Sarkozy invita a la formación de una alianza mediterránea, necesaria para paliar la presión de la inmigración incontrolada. Se comprometió también a la acción humanitaria en el exterior, sobre todo en las zonas que más sufren las plagas de la guerra, la desnutrición y la opresión. Ahí se inserta lo mejor de la tradición de Francia.

Pero, las realidades existentes se ciernen en el horizonte. En primer lugar, los temas interiores van a dominar la agenda presupuestaria del nuevo presidente. No podrá fugarse hacia la acción exterior evitando la crisis de identidad interior y la precariedad del nacionalismo francés cívico, alejado del étnico. En segundo término, los recursos que deberá dedicar para apuntalar el estado de bienestar, que no se atreverá a desmantelar, no llegarán para ampliar los programas de cooperación el desarrollo. Creer que Sarkozy podrá transformar Francia interiormente, como lo hicieron Thatcher y Blair en el Reino Unido, es una quimera.

Finalmente, está por ver si la tradicional pinza antinorteamericana formada por la izquierda y un sector considerable de la derecha gaullista le va a permitir corregir drásticamente el rechazo de los dictados de Washington.
Sarkozy deberá hilar fino para no ser acusado de ser un acólito de Bush o su sucesor. Después de todo, si ese papel parece encajar en el perfil de los mandatarios de otros países, es un lujo que, de momento, no se puede permitir un francés, a no ser que quiera despojarse de su personalidad innata. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).