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Blair, la guerra y tres sentencias de la Justicia del Reino

Jun 27 2007

Claudio Fabián Guevara

El miércoles 27 de junio Tony Blair se despedirá de su sillón de primer ministro en Gran Bretaña. Los medios de todo el mundo realizan meditados balances de su paso por el poder durante una década, evitando el uso de adjetivos pesados y tratando de no poner demasiado énfasis en aquello por lo que la historia lo recordará: la invasión de Irak.

Parece difícil odiarlo como a Bush. Blair luce culto y correcto, tiene un aire “progre” que confunde a los poco informados y hasta ha llegado a tartamudear que la guerra “pudo haber sido” un error.

Su despedida ha sido presentada con tanta elegancia en los medios corporativos que David Cameron, el jefe de la oposición conservadora, ironizó que el largo adiós del primer ministro parece “la gira de un ´pop star”.

Sin embargo, los sectores tradicionales del Laborismo –que se desafiliaron en masa con la invasión de Irak– y buena parte de la ciudadanía lo aborrecen como al perfecto hipócrita que metió al país en el atolladero de la “guerra contra el terrorismo” a partir de una montaña de mentiras.

Blair deja el poder en virtud de un acuerdo previo con su principal ministro Gordon Brown. Pero Tony rompería este pacto de no ser porque la catástrofe iraquí ha provocado un derrumbe inédito del Laborismo en las últimas elecciones, y su figura ahora tiene un altísimo índice de rechazo.

Blair es claramente el segundo cadáver de la Cumbre de las Azores, aquella en la que el primer ministro británico, junto a su par español José María Aznar y George Bush sellaron su alianza para invadir Irak. Aznar fue rápidamente sepultado por la marea de la historia. Las sólidas estructuras políticas inglesas le dieron a Blair sólo algunos años más de vida política.

Pero ésta es una guerra que se deglute rápidamente a sus mentores. Hacer el trabajo sucio necesario para sostenerla desgasta rápidamente ante la opinión pública. Tres casos paradigmáticos, con sus respectivas sentencias judiciales, ilustran la agenda política y las prioridades de la “guerra contra el terrorismo”, a la vez que marcan los límites de nuestras “democracias” occidentales.

1. El muerto tiene la culpa

El primer caso –y tal vez el más escandaloso– fue la muerte del doctor Kelly. David Kelly fue un científico acusado de haber sido la fuente informante de un periodista de la BBC –Andrew Gilligan– que afirmó que el Gobierno de Londres exageró la amenaza iraquí para justificar la guerra. Gilligan, en un famoso reporte del año 2003, acusó al gobierno de haber sabido que el meneado peligro de que Saddam Hussien pudiera lanzar un ataque en 45 minutos era falso. El resto del informe de Gilligan giraba en torno a la inexistencia del arsenal de armas de destrucción masiva, un tema del cual Kelly era especialista.

Luego del impacto de este informe, el Gobierno presentó una queja a la BBC y el nombre de Kelly fue filtrado anónimamente a los medios como la fuente de la noticia. El científico apareció a los pocos días sospechosamente ahorcado en un bosque de los suburbios londinenses.

Más escandaloso que esta serie de episodios fueron las conclusiones de la investigación, que el Gobierno encargó a Lord Hutton. La famosa “Hutton Enquiry” –obviamente, una investigación oficialista– levantó las iras de la familia Kelly y provocó la renuncia de Gilligan y otros ejecutivos de la BBC. En su reporte publicado en enero de 2004, Lord Hutton eximió de responsabilidades al Gobierno por la muerte de Kelly y la filtración de su nombre a los medios. Tampoco cuestionó la veracidad de los informes de inteligencia fraguados para justificar la guerra, pese a que para entonces su falsedad ya estaba en evidencia. En cambio criticó el informe periodístico de Gilligan por “infundado”, y declaró al muerto… “culpable” por haber infringido las normas de confidencialidad que debía observar como sirviente del Reino. (1)

2. ¿Por qué murió de Meneses?

El 7 de julio de 2005, 57 ciudadanos londinenses murieron al estallar una serie de bombas terroristas en el transporte público.

Pocos días después, el 22 julio, un electricista brasileño de 27 años, Jean Charles de Menezes, fue literalmente ejecutado en el metro de Londres. La versión oficial dijo que de Meneses estaba siendo vigilado por un equipo policial debido a que la dirección de su apartamento estaba en la agenda de uno de los hombres-bomba que se había inmolado días antes. Siempre según la primera versión, los policías dieron la voz de alto a Meneses, que se disponía a entrar a un vagón portando una mochila. Este no se detuvo, y dos efectivos se arrojaron sobre él y le dispararon ocho veces. Siete impactos dieron en la cabeza y lo mataron instantáneamente.

Un año después la propia versión oficial cambió dramáticamente. Se admitió que de Meneses era inocente, que no portaba más que un periódico, y que ya estaba sentado en un vagón cuando los policías vinieron a su encuentro, lo detuvieron e instantáneamente lo ejecutaron pese a no ofrecer resistencia.

Al parecer, se trató de un error de comunicación. La oficial a cargo del operativo, Cressida Dick, ordenó “pararlo” antes de que aborde el tren, es decir, antes de que ingrese a la estación. Los agentes no estaban en su lugar cuando el vigilado llegó, y llegaron apresuradamente cuando el hombre estaba ya sentado en el tren.

Un “error de interpretación” de los “protocolos” los llevó a creer que debían eliminarlo antes de que se detonara a sí mismo, y así lo hicieron.

Obviamente, luego de una investigación, ningún miembro de la Policía fue acusado por el incidente. Tampoco los mandos superiores a cargo del operativo.

Con buen tino, el periodista James Galbraith afirmó en The Guardian (2) que la responsabilidad por este crimen es de aquellos que autorizaron las políticas de “tirar a matar” en su “guerra contra el terrorismo”. Pero estas políticas criminales siguen intactas, y sus autores, fuera de toda responsabilidad.

3. El enigma de la locura de Bush

En el mismo día en que Blair anunció su retiro, dos antiguos agentes estatales ingleses -David Keogh y Leo O’Connor- recibieron sendas sentencias judiciales por violar la ley que en Gran Bretaña protege los secretos de Estado.

No se trata de agentes de potencias extranjeras. Keogh era un miembro del gabinete británico del área de comunicaciones que encontró entre los papeles oficiales un memorando de apenas cuatro páginas resumiendo conversaciones que Blair mantuvo con George W. Bush en 2004 y en la Casa Blanca sobre la invasión a Irak.

Keogh agonizó durante días sobre qué hacer con su hallazgo y finalmente decidió entregarlo a su amigo, O´Connor, un investigador legislativo que trabajaba para Anthony Clark, un miembro laborista del Parlamento que mantuvo una firme oposición a la guerra en Irak.

Keogh asegura hoy que después de leer el memo quedó convencido de que Bush «era un loco» y que el documento debía ser hecho público por razones de interés nacional. O´Connor le entregó el documento a su jefe, Clark, y dejó a éste la decisión de hacerlo público.

Clark no quiso hacerlo. Devolvió el memo a Blair, quien le respondió con una cálida nota en la que decía «sé que sobre el tema no opinamos lo mismo pero te agradezco que hayas hecho lo correcto». (3)

Hasta el presente las cuatro páginas que revelan la presunta «locura» de Bush siguen vedadas al conocimiento público y el juez que castigó a Keogh con seis meses de prisión y a O´Connor con tres, obligó a vaciar la sala del tribunal cada vez que algún testimonio hizo alusión concreta al contenido del papel.

Conclusión

¿Cambiará este panorama con el recambio en el liderazgo? Difícilmente. El perfil del “trabajo a realizar” por el futuro primer ministro ya está tan predeterminado que no parece haber mayor ángulo de maniobra.

Gordon Brown, el sostén en la sombra del reinado de Blair durante una década, gusta de mostrarse más a la izquierda que Tony. Durante su gestión como Chancellor, ha llamado a condonar la deuda de los países pobres. Recientemente ha anunciado la creación de decenas de “pueblos verdes” para combatir el calentamiento global. Pero sobre Irak, su propuesta es poco realista: prometió ir a estudiar “sobre el terreno” cómo salir del pantano. Su idea es que un “shock económico” de creación de empleo e inversiones bastará para “evaporar la insurgencia”. ¿Es esto creíble?

George Galloway, el único parlamentario británico que enfrentó realmente la invasión de Irak, renunciando al Partido Laborista y fundando su propio partido, definió a la dupla con un sarcasmo: “Gordon y Blair son dos cachetes del mismo culo”.

Notas

(1) Para más información sobre el caso, incluidos el reporte completo de Lord Hutton y la carta de renuncia de Andrew Gilligan, véase: http://news.bbc.co.uk/1/hi/in_depth/uk/2003/david_kelly_inquiry

(2) James Galbraith, “Crime and protection”. The Guardian, 24 de Julio de 2006.

(3) Oscar Raúl Cardozo. “Tony Blair, los secretos y el mandato de conciencia”, Clarín, Jueves 10 de mayo de 2007