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CANADA: LA AMERICA DIFERENTE

Jun 21 2007

Por Joaquín Roy (*)

MONTREAL, May (IPS) No se entiende bien por qué se pronuncia «Mon-treal» en diferentes lenguas, en lugar de la manera lógica y correctamente lingüística «Mont-real». Debe ser un signo de la temprana mundialización (en Mont-real, como en Francia no se usa globalización, y mucho menos la barbaridad de «la globalización mundial»). Lo cierto es que la especificidad del Canadá viene dominada implacablemente por la inserción de «otra nación» en tejido estatal.

El perfil «binacional» y el bilingüismo teórico dominan no solamente la vida diaria de esta admirable nación, sino también la percepción exterior que se tiene de ella. El resultado es una confusa mezcla de certeras anotaciones y perennes estereotipos. La más destacada de las correctas descripciones es que Canadá es diferente en el conjunto del continente americano, una realidad distinta de la básica dualidad entre Estados Unidos, América Latina y el Caribe predominantemente inglés. Esta característica choca con la fallida noción de que Canadá se ha estado convirtiendo en un apéndice económico y político de Estados Unidos.

Si Canadá es perogrullescamente Canadá, se cree que se debe a que es un país inacabado, condenado al futuro, y en peligro constante de desintegración, a causa del Québec y su amenaza de separarse. Lo curioso, con respecto a la primera pincelada, es que Canadá es tan antiguo, en concepto vital (aunque fuera nominalmente colonia británica hasta muy recientemente) como la mayoría de las republicas latinoamericanas, superando de largo a los países del Caribe. Incluso, y este detalle se olvida, rebasa temporalmente en consistencia territorial a Estados Unidos, que no completó su geografía política inspirada en el Destino Manifiesto hasta que engulló medio México.

Si Estados Unidos se funda en la convicción de no querer ser Europa y, por extensión, como el resto del mundo, Canadá nace y se desarrolla por la misión de no ser Estados Unidos. En inglés y en francés este detalle fundacional produce que el Canadá sea, paradójicamente, una nación conservadora que desarrolla un sistema social progresista. Como hay que recordarle constantemente a los estadounidenses, sus primos del norte no nacieron reclamando «la vida, la libertad, y la busca de la felicidad» sino la «seguridad del individuo» Es más: el lema fundacional reclama la presencia del «orden» y el «buen gobierno», en craso contraste con el básico anarquismo que anhela el sur.

Este instinto conservador produce un constante sentimiento de búsqueda de identidad que se confunde erróneamente con una sensación de inseguridad. Una visita a Canadá y una hojeada a su prensa (sobretodo a las páginas de críticas de libros, progresivamente ausentes en los diarios de Estados
Unidos) bastan para constatar la rica tradición de ensayos y tratados sobre la identidad canadiense. Si una visita a México sirve para comprobar la aparición de una nueva enciclopedia sobre el México eterno, en Canadá los libros sobre el país se preguntan básicamente por qué los canadienses se mortifican por lo que perciben como una existencia precaria. Lejos de la realidad.

En el terreno lingüístico, en contraposición con el estereotipo, las estadísticas desmienten las tétricas predicciones de desintegración. En parte debido a la legislación que reconoce el derecho de todo canadiense a poder comunicarse con la administración en la lengua de su elección, los números demuestran más la tendencia hacia la integración e intercomunicación que el aislamiento. Por ejemplo, mientras el 59% de la población tiene el inglés como lengua materna, el 85% puede hablarla. Mientras solamente el 23% tiene el francés como lengua primordial, ya el 31% lo puede hablar. Hoy el 18% se puede considerar funcionalmente bilingüe, una mejora de 5 puntos con referencia a las estadísticas de 1971.

Este progreso puede estar detrás del incumplimiento del cataclismático negro futurismo. A pesar de las reclamaciones separatistas de Québec, declarado oficialmente como «nación», todo sigue igual. En realidad, solamente un tercio de la población quebequesa optaría por la independencia, encontraste con el empate de hace unas décadas.

Pero, como señalan los observadores de la identidad nacional, la mayor amenaza para su tejido identitario no procede de su interior, sino del exterior. La globalización, la endémica pobreza del planeta, y la generosa legislación inmigratoria y de adquisición de la ciudadanía, además del respeto de la nacionalidad dual, amenazan la aparente capacidad de absorción canadiense. Pero el remedio restrictivo puede tener el resultado adverso de convertir el territorio en generalizada balcanización de vecindario. Al final, Canadá sobrevivirá, para alivio de Estados Unidos. Después de todo, si el sueño «americano» falla, queda la opción del norte. (FIN/COPYRIGHT
IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).