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Corazón de demócrata, mentalidad de aristócrata

Jun 12 2007

Jorge Majfud

En Estados Unidos se ha impuesto la idea de que éste es un país cristiano —cuanto más, judeocristiano— y conservador. Aún cuando en la discusión se acepta la diversidad como paradigma fundador, existe una creciente censura moral: definirse como conservador resulta políticamente correcto, sinónimo de virtud, de valores e ideoléxicos como pro-vida (como si los otros no lo fueran), etc. Cada vez que un progresista —un izquierdista o» stupid liberal» — intenta levantar la voz debe, en alguna medida, presumir de sus aristas conservadoras. Creo que todos somos, en diversos grados, liberales y conservadores, libre pensadores y creyentes, etc. La diferencia puede estar en las proporciones, pero la manipulación ideológica está en la inversión semántica de la realidad histórica.

Para las dos Américas, el dilema se resume así: (1) Estados Unidos es un país de derecha, conservador, religioso, aristocrático. (2) América Latina (los Estados Desunidos de América) es una nación con tendencias izquierdistas, revolucionarias, laicas, populistas. Luego se procede a un antiguo silogismo: Si Estados Unidos ha sido una nación exitosa y América Latina ha reincidido en los fracasos, ergo ésta debe copiar los valores y los procedimientos de aquella. Claro que esta prescripción de copia anglosajona ya fue propuesta y practicada por Domingo F. Sarmiento en el siglo XIX y exitosamente refutada por José Martí y luego por la realidad latinoamericana.

Sin embargo, si echamos una mirada histórica más amplia, fácilmente descubriremos una realidad contraria, lo que nos lleva a deducir que la confusión es estratégica o, al menos, es funcional.

Como hemos analizado antes, una tradición no es la simple persistencia de un pasado sino la actualización de fragmentos de ese pasado a los intereses del presente. Estados Unidos se funda en principios opuestos a los «valores tradicionales». Los venerados «padres fundadores» no sólo entendían positivamente que estaban fundando una nación revolucionaria, antiimperialista y antimonárquica, una democracia radical (para la época) basada en las subversivas ideas filosóficas del siglo XVIII, sino que, además, cuidaron de hacerlo explícito.

El tratado de paz con Argelia y Trípoli (Treaty of Tripoli) firmado por George Washington en 1796 (artículo 11, ratificado por el senado y por John Adams) dice: «el gobierno de los Estados Unidos de América no está fundado en ningún sentido sobre la Religión Cristiana». En esto se diferenciaba la nueva nación de las naciones europeas y de las islámicas. George Washington, John Adams, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y Thomas Paine pertenecieron a una clase rara de políticos intelectuales. La referencia a Dios en algunos documentos nunca suscribe a una religión particular sino que, por el contrario, expresa la intención de universalidad en la administración del poder.

No es casualidad que los revolucionarios europeos, socialistas y hasta anarquistas del siglo XIX hayan usado el ejemplo de Estados Unidos en su crítica a la aristocracia y a los reaccionarios en el poder. En la introducción a The American Journalism of Marx and Engels, Henry M. Christman lo resume así: «Muchos lectores contemporáneos se pueden sorprender al descubrir el intenso afecto que Marx y Engels tenían por Estados Unidos; para ellos, la sociedad americana era única e inspiradora de los logros democráticos que merecían el apoyo de los trabajadores y de los intelectuales radicales a lo largo del mundo, sin importar su nacionalidad.» (traducción nuestra). Karl Marx, en su desesperada miseria económica de su exilio londinense, sobrevivió diez años escribiendo artículos para Trubune de Nueva York que traducía Engels, mientras escribía El capital. Trubune era el principal diario de Estados Unidos con 200.000 ejemplares —un diario progresista.

Si nuestra sufrida América Latina abundó en movimientos de liberación, si su realidad histórica fueron frecuentes tres eres de la izquierda histórica (Revoluciones, Revueltas y Rebeliones), ello no fue por casualidad. Más acá de cualquier razonamiento, tenemos evidencias históricas de la violencia social en la cual transcurrió la mayor parte de la historia hispánica de América: una conquista violenta (para quienes cuestionan esta afirmación los remito a las abundantes Cartas de Hernán Cortés, ya que no leerán a Montesinos ni a Bartolomé de las Casas y menos a Guamán Poma Ayala), una colonización injusta y opresiva donde las palabras derecho y ley eran nada más que papel mojado. Nuestros caudillos, en su abrumadora mayoría, no hicieron otra cosa que desplazar a los españoles para reproducir la opresión de clase, de género y de raza.

Desde la Conquista, América Latina nunca tuvo una verdadera revolución capaz de fundar un cambio histórico, como en Estados Unidos. Por esta razón, la mayoría de los intelectuales pusieron grandes esperanzas en la Revolución cubana. No analizaremos aquí las múltiples razones de la derrota de esas esperanzas de Hombre Nuevo (entre las cuales estuvo la misma fuerza muscular Estados Unidos). Basta con decir que, al menos hasta ahora, no alcanzó a cubrir las expectativas de un cambio social y cultural en América latina, tal como se esperaba después del asombroso triunfo guerrillero que iniciaron ocho hombres dispersos en una playa (proeza que no pudo repetir la mayor potencia del mundo en Playa Girón, pocos años después).

Nuestra oprimida y expoliada América Latina, la vieja España y el «sur profundo» de los actuales Estados Unidos han sido históricamente aristócratas y conservadores. (En este sentido, creo que ha sido España la que ha demostrado una mayor capacidad de apertura y cambio cultural, si consideramos su larga y pasada historia.) De este sistema anacrónico donde no hay igual-libertad sino libertad para dominar, donde el poder está concentrado en clases, sectas y elites sociales, no se puede esperar progreso económico y mucho menos justicia social. Valores de un sistema semifeudal que aún hoy se reproduce en la mentalidad del gran hacendado devenido político y de un pueblo acostumbrado a obedecer al conquistador, al corregidor, al patrón, al caudillo de turno y, finalmente, a un Estado burocrático que resumía a todos los anteriores. Es decir, un pueblo normalmente obediente que periódicamente, ante los límites del abuso, estallaba en revueltas, rebeliones y aislados intentos de revoluciones.

Estados Unidos, en cambio, a finales del siglo XVIII pudo romper con una tradición milenaria en base a las nuevas ideas revolucionarias. Aunque opacado por los intereses económicos del momento (me refiero a la marcha atrás en la abolición de la esclavitud), en su momento fue una Revolución radical con resultados concretos. Entiendo que el gran desarrollo inicial de Estados Unidos no estuvo basado en valores conservadores, ni tradicionalistas, ni aristocráticos. La debilidad actual de Estados Unidos radica en no advertir esta confusión, admirando a sus padres fundadores y a su historia inicial por sus ideales contrarios.

– Jorge Majfud, escritor uruguayo, es profesor de Literatura Latinoamericana en The University of Georgia, Estados Unidos.

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