Dogma, ideología y pragmatismo: Una cuestión de fronteras

Por Fernando Girard (*)
Bitacora

Las distintas iniciativas, reformas y acciones en general que el gobierno de izquierda lleva a cabo hacen surgir de diversas tiendas -internas y externas- críticas en cuanto al alcance de aquellas, tanto por que se quedan cortas como porque resultan ‘socializantes’.

Es parte de la discusión en torno a qué significa ser socialista hoy, y en el fondo, a la movediza frontera entre lo ideológicamente correcto y lo fácticamente posible.

La izquierda -más allá de cómo la definamos- es una corriente política cargada de ideología incluso en países donde se encarna bajo un rostro usual de socialdemocracia con matices centroderechistas. La diferencia con lo que sin duda no es izquierda suele notarse cuando la derecha y aledaños están en el poder. Se verá, por ejemplo, ahora en Francia. Los patrones tradicionalmente comunes en las izquierdas – como justicia social, igualdad, solidaridad, defensa de los más débiles – son el legado de tiempos en que la ideología primaba sobre otras consideraciones como el desempeño económico o el avance tecnológico, salvo que éstas estuvieran al servicio de la aquella.

Si esa situación era buena o mala, puede discutirse ampliamente. Lo perverso sucede cuando la ideología se transforma en dogma. O sea, en un conjunto de principios autoritario que no admite discusión. Así se cristalizan postulados y afirmaciones a menudo más allá de lo que los propios autores pretendieran en su momento, y se omite el más elemental juicio crítico, aunque este se base en un simple análisis de las condiciones históricas en que esos principios fueran formulados. Porque la esencia del pensamiento de los grandes hombres perdura, pero no es posible congelar cada palabra para que mantengan una vigencia forzada a contrapelo de la fuerza de los hechos históricos. Esas esencias siguen siendo válidas, y si el mundo de hoy cambiara su rumbo nuevamente seguramente lo seguirán siendo entonces. La ideología es una fuerza positiva, el dogmatismo no lo es.

El dogma de cualquier signo y color político o religioso es negativo. Aniquila el cambio, destruye la inspiración y la creatividad, inmoviliza a los hombres, promueve el fanatismo fundamentalista que sólo acepta unas pocas verdades ‘evidentes’ y – la peor de sus facetas – usualmente lleva a que se trate de imponerlo a los demás, con lo cual recorta las libertades, incluso la de propia autonomía. En el mundo de lo dogmático todo evento dialéctico es sencillamente imposible, la evolución histórica es ilusoria.

Es posible considerar en ese sentido dos grandes obras, que fueron cristalizadas en lo medular durante siglos. Aristóteles logró concebir una imagen tan completa del mundo, los fenómenos y sus causas que, a falta de espíritu científico basado en la experiencia y su comprobación, perduró por dos mil años. Ptolomeo, algunos siglos después construyó un modelo matemático del sistema planetario. Si bien no necesariamente era necesariamente coherente con la cosmología aristotélica, tenía, igual que aquella, una fuerza poderosa subyacente: lograba explicar el mundo observable. El modelo de Ptolomeo tenía mucho de arbitrario, pero permitía predecir aceptablemente para las observaciones de la época, los movimientos de los planetas. Aristóteles describió un universo centrado en la Tierra, hacia donde caían todas las cosas; ¿no era esto evidente?

Ambas visiones, en especial la aristotélica reforzada y combinada con el cristianismo por Tomás de Aquino, llegaron incólumes al siglo XVI, no por culpa de sus autores sino porque
Fueron en cierta forma elevadas a la categoría de ‘pensamiento único’ occidental. Tres hombres demolieron el dogma en oleadas sucesivas. Nicolás Copérnico quitó a la Tierra del centro del universo, Johannes Kepler le dio forma matemática definitiva a las órbitas planetarias e Isaac Newton descubrió el porqué de esas órbitas y entronizó la experiencia como base de toda investigación. Pero ya no eran dogmas: toda verdad pasó a serlo en tanto no era rebatida por otra basada en mejores evidencias, siendo así posible entonces el progreso científico y la evolución de las ideas.

Pero aún en el siglo XX, lo ideológico dogmático, ha tenido influencias poco creíbles para los hijos del racionalismo de unas pocas décadas atrás. Mientras en Estados Unidos se condenaba a un docente por cuestionar los contenidos literales de la Biblia, en la URSS Alexander Oparin descartaba la genética -tras las citas de rigor a Lenin, Engels y Stalin- considerándola una suerte de ideología burguesa denominada Mendelismo-Morganismo. Como si los genes tuvieran adscripción social o política.

El resurgimiento de los fundamentalismos, tras el breve oasis de calma al fin de la la guerra fría, destaca en primer plano la vigencia del dogma. Como el enfrentamiento entre el cristianismo más reaccionario que rodea a Bush y el Islam jihadista que sustenta a Al Qaeda, lucha en la cual ambos pretenden involucrar al mundo entero. O como la nueva versión de guerra fría que Washington impulsa en el este de Europa, ejemplos de cuán grave puede ser la desaparición de lo político y de la ideología basada en la razón.

Pero también sucede que aquello que parece ser la antítesis del dogma, el ‘sano’ pragmatismo de lo racional, de la conveniencia, se convierte en algo muy parecido a la verdad revelada. Todo lo que fuera denominado como ‘pensamiento único’, el Consenso de Washington y su teoría del goteo de la riqueza sobre toda la sociedad, la regla de oro del achicamiento del Estado convirtiéndolo en décimonónico, y el axioma central de que el mercado resuelve los problemas de la sociedad asignado recursos mágicamente; todo ello se revistió de una obviedad pragmática indiscutible.

Parece hoy bien claro que el concepto del fin de las ideologías, no fue más que un modo de fundamentar las prácticas del párrafo anterior. De igual modo puede verse cuando se argumenta – muy a menudo – que tal o cual tema debe ser ‘desideologizado’. ¿Qué significa desideologizar? ¿Navegar zigzagueando en busca de la conveniencia perpetua? Una fuerza política sin un marco ideológico no es más que una cierta conjunción de intereses coyunturales, sin rumbo ni pasado. Si Bush invadiera Cuba hoy, ¿seguiríamos negociando arándanos?

En el medio del dogma y el pragmatismo, viven la Política y la Ideología. Tienen su vida propia y no pueden ser rehenes de aquellas: siempre es necesario un marco ideológico, un mapa de ruta, una guía para la acción, una honestidad mínima para con los que han precedido y un compromiso básico con los que vendrán. Que no es lo mismo que aferrarse fanáticamente a un conjunto de normas como si fueran las tablas de la ley. Política significa lo que interesa al pueblo (los ‘asuntos de la ciudad’ griega), la cosa pública y cotidiana, una construcción humana que como tal no es ni infalible ni simplemente utilitaria.

A veces se menciona como solución, el mantenimiento de la utopía. Mientras nos dedicamos a lo conveniente, no dejamos de soñar con lo utópico. Puede ser un modo de evitar la esquizofrenia política, y nos hace recordar que hay otro mundo posible, pero sin un sustento más firme, sin una elaboración teórica mínima, esto no es más que un paliativo para conciencias honestamente preocupadas.

¿Entonces qué? Dogma, ideología, pragmatismo tienen por cierto fronteras muy borrosas. No hay más remedio que moverse en terrenos que pueden parecer poco claros. Pero es necesario concebir, y vivir en, un marco que señale rumbos y que sea a la vez adaptable a la realidad y a la gente.

Se podría hacer un paralelismo entre el método científico y la democracia -en su sentido más amplio- como mecanismos de corrección de los excesos; quizá importe el método tanto como los contenidos. Las prácticas democráticas evitan que los contenidos se esclerosen o se desvirtúen, y los somete constantemente a prueba. De este modo, lo más importante de la democracia quizá no sean tanto los partidos ni sus programas coyunturales, sino el sistema que pone constantemente a prueba los proyectos políticos. Y en la medida que ellos sean elaborados siguiendo alguna verdad revelada o bajo la tentación del momento preciso, serán efímeros.

Si aceptamos a la ideología como un conjunto organizado de ideas cuyo fin es dar prioridad a determinados fines por encima de otros y proclamar algunos principios (como el respeto a la dignidad humana) como irrenunciables y universales, es posible entonces que una democracia política, social, igualitaria, participativa, transparente, en la cual exista claramente un norte ideológico, sea capaz de evitarnos tanto el oportunismo de la ventaja momentánea sin futuro como el oscurantismo del fanatismo dogmático.

(*) Licenciado en Ciencia Política y Técnico en Soporte de Sistemas. Uruguay

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