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LA POLITICA DEL MIEDO

Jun 14 2007

LA POLITICA DEL MIEDO

Por Irene Khan (*)

LONDRES, May (IPS) Un muro está siendo construido en Bagdad, una cerca-pared existe en Israel y en los Territorios Ocupados, otra se está levantando en la frontera entre México y Estados Unidos, otras dos están ubicadas entre Ceuta y Marruecos y Melilla y Marruecos y una barrera en el agua está siendo construida por las lanchas patrulleras de Frontex. Los muros y las barreras del mundo del 2006 constituyen una reminiscencia de las divisiones que existían en los tiempos de la Guerra Fría. Como en esa época, la agenda está siendo conducida por el miedo instigado, estimulado y sostenido por líderes sin principios. Por esta razón, el miedo está en el centro del Informe 2007 de Amnistía Internacional.

El miedo puede ser un imperativo positivo de cambio, como en el caso del medio ambiente, donde la alarma sobre el calentamiento global está obligando a los políticos a tomar medidas, aunque tardíamente. Pero el miedo también puede resultar peligroso cuando engendra intolerancia, amenaza la diversidad y justifica el menoscabo de los derechos humanos.

Hoy son demasiados los dirigentes que atropellan la libertad y pregonan un sinfín de temores: miedo a una avalancha de migrantes; miedo al «otro» y a perder la propia identidad; miedo a que los terroristas nos hagan saltar por los aires; miedo a los «Estados irresponsables» con armas de destrucción masiva.

El miedo prospera con líderes miopes y cobardes. Aunque tiene muchas causas reales, numerosos dirigentes adoptan un enfoque estrecho de miras al promulgar políticas y estrategias que socavan el Estado de derecho y los derechos humanos, acrecientan las desigualdades, alimentan el racismo y la xenofobia, dividen y perjudican a las comunidades, y siembran las semillas de las que surgirán violencia y más conflicto.

La política del miedo se ha vuelto más compleja por la aparición de grupos armados y grandes corporaciones que cometen o toleran abusos contra los derechos humanos. Ambos, aunque de diferentes maneras, desafían el poder de los gobiernos en un mundo en el que se desdibujan progresivamente las fronteras. Gobiernos débiles y organismos internacionales ineficaces son incapaces de hacerles rendir cuentas, por lo que las personas son vulnerables y viven con miedo.

La historia nos muestra que el progreso no se alcanza a través del miedo, sino de la esperanza y el optimismo.

Entonces, ¿por qué algunos líderes fomentan el miedo? Porque les permite afianzar su propio poder, crear falsas certezas y eludir la rendición de cuentas.

La protección de la seguridad de los Estados en desmedro de la sustentabilidad de la vida de los pueblos está en la orden del día. En los países desarrollados, y también en las economías emergentes, se utiliza el miedo a ser invadidos por hordas de indigentes para justificar medidas cada vez más duras contra inmigrantes, refugiados y solicitantes de asilo, en contravención de las normas internacionales de derechos humanos y trato humanitario.

Debido a los imperativos políticos y de seguridad del control de las fronteras, los procedimientos de concesión de asilo han dejado de ser un mecanismo de protección para convertirse en un instrumento de exclusión. En Europa, los índices de reconocimiento de la condición de refugiado han descendido drásticamente con el paso de los años, pese a que los motivos para solicitar asilo (violencia y persecución) siguen siendo tan acuciantes como siempre.

La mano de obra migrante alimenta el motor de la economía mundial. Sin embargo, sufre el rechazo brutal, la explotación, la discriminación y la desprotección de gobiernos de todo el mundo, desde los países del Golfo o Corea del Sur hasta República Dominicana. En 2006, murieron ahogadas o desaparecieron en el mar 6.000 africanos en su intento de alcanzar Europa.

Al igual que el Muro de Berlín no pudo frenar a quienes deseaban huir de la opresión comunista, la implacable vigilancia de las fronteras europeas no logra contener a quienes tratan de escapar de la pobreza extrema.

Si la migración no regulada es el miedo de las clases ricas, el capitalismo desenfrenado, impulsado por la globalización, es el temor de los pobres. Los beneficios de la globalización alcanzan a muy pocos, mientras queda marginalizada y vulnerable gran parte de la humanidad.

En África, Asia y América Latina, mientras la tierra sufre la presión de la minería, el desarrollo urbano y el turismo, comunidades enteras son desalojadas de sus hogares por la fuerza, a menudo excesiva, sin el debido proceso, indemnización ni alojamiento alternativo. Sólo en África ha habido más de tres millones de personas afectadas desde 2000, haciendo de los desalojos forzosos una de las violaciones de derechos humanos más extendidas.

Aunque las personas ricas son más ricas cada día, no se sienten necesariamente más seguras. El aumento de la delincuencia y de la violencia armada son fuente de miedo constante, lo que ha llevado a muchos gobiernos a adoptar políticas que en teoría combaten enérgicamente la delincuencia pero en realidad criminalizan a los sectores más desfavorecidos y los exponen al doble peligro de la violencia de las bandas y la brutalidad policial, como se puede ver en Brasil.

La «guerra al terror» y la guerra en Iraq, con su catálogo de violaciones de los derechos humanos, han creado profundas divisiones que arrojan sombras sobre las relaciones internacionales y hacen más difícil la solución de conflictos y la protección de los civiles. Esto ha quedado repetidamente demostrado a través del 2006, con la comunidad internacional demasiado a menudo impotente o inefectiva cuando se ve enfrentada tanto a las más importantes crisis humanitarias como a conflictos olvidados como los de Chechenia, Colombia y Sri Lanka o a los de Oriente Medio.

El fracaso colectivo en materia de liderazgo se está haciendo evidente en una trágica escala en Darfur, donde más de 200.000 personas han muerto, mientras que dos millones han sido desplazadas y la violencia se priopaga hacia el Chad y la República Centroafricana. El Consejo de Seguridad de la ONU sigue paralizado por la desconfianza y las divisiones entre sus miembros más poderosos, mientras la cuestión de Jartum da vueltas alrededor de ellos.

En un mundo interdependiente, los desafíos globales ya sean la pobreza o la seguridad, la migración o la marginación exigen respuestas basadas en los valores comunes de derechos humanos que unen a las personas e impulsan nuestro bienestar colectivo. Los derechos humanos son los cimientos de un futuro sostenible.

La sociedad civil está cumpliendo con su parte, como lo demuestran la exitosa campaña para el control de la venta de armas convencionales o la ayuda prestada para poner fin al decenal conflicto de Nepal.

Los líderes políticos deben seguir el ejemplo de la sociedad civil y reconocer que sólo un compromiso común basado en valores compartidos puede conducir a una solución sostenible. Las cosas pueden mejorar: nuevos líderes y parlamentos tales como los de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido tienen la oportunidad de cambiar la ruta y sustituir al temor con la esperanza, así como forjar alianzas con países como Brasil, India y México. El nuevo Secretario General de la ONU debería asumir un papel de líder en la protección de los derechos humanos.

Si ellos son serios deberán concentrarse en clausurar el campo de detención en la Bahía de Guantánamo, promover un enfoque amplio sobre Darfur que priorice la protección de los civiles y empujar hacia una solución basada en los derechos humanos en el conflicto en Israel y en los Territorios Ocupados.

Del mismo modo que el calentamiento global requiere una acción global basada en la cooperación internacional, la debacle de los derechos humanos sólo puede ser superada a través de la solidaridad global y del respeto por la ley internacional. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Irene Khan, Secretaria General de Amnistía Internacional.