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¿PARA QUÉ SIRVE EL ARTE?

Jun 19 2007

Por Leonardo Padura Fuentes (*)

LA HABANA, May (IPS) Tal vez la pregunta que con más insistencia y menos
suerte- se han hecho los artistas está relacionada con la utilidad de su trabajo. En el casi siempre agónico proceso de creación, mientras se le va dando forma al «producto artístico», el creador verdadero suele sufrir la duda, a veces paralizante, de no saber exactamente por qué, para qué hace su trabajo y, sobre todo, a quién podrá interesarle y qué le aportará con él.
Mientras las palabras, las notas, los colores van dando corporeidad a lo que en un inicio fue solo una imagen fugaz o una idea llegada de los sitios más disímiles y a veces imprevisibles, el artista me refiero al verdadero- puede atravesar una crisis de confianza de la que, cuando hay suerte y oficio, lo suele sacar si lo tiene y le funciona- ese mecanismo que Hemingway definió grosera y magistralmente: el detector innato de mierda.

El famoso censor, que puede advertirnos sobre la valía y calidad de lo hecho, no consigue resolver, sin embargo, la problemática y esencial ecuación de la utilidad colectiva o social de la obra de arte y mucho menos el modo en que será asumida por sus destinatarios y no me refiero al simple entretenimiento masivo, mucho más fácil de pergeñar, o al carácter utilitario de obras arquitectónicas o escultóricas, por ejemplo. Porque ya se sabe que una novela o un poema, en sí mismo, difícilmente cambiarán una realidad, como tampoco lo hará un cuadro, un ballet o una película. Esas potestades les corresponden a disciplinas como la economía y la ciencia o a «artes» espurias, como la política.

El arte tiene, en cambio, la grandiosa y utilísima capacidad de sintetizar la realidad y encerrarla en códigos permanentes, dotados de la cualidad de hacernos visibles los comportamientos humanos y de la sociedad que hemos ido conformando a través de la historia. No obstante, son pocos los elegidos por el genio y las circunstancias que, con sus obras, trascienden la frontera misma de la realidad y consiguen dotarnos de otra «realidad» más reveladora que la del mundo fáctico e histórico que las generó.

Recientemente se cumplieron los 70 años del bombardeo por parte de la aviación fascista de la ciudad vasca de Guernika. Dos meses después Pablo Picasso ya había pintado su célebre mural, nombrado como la ciudad arrasada, y su obra se convirtió, para la memoria colectiva, en la imagen más acabada de la guerra, del dolor, de la muerte. Guernika es el horror.

Cuando George Orwell escribió su novela 1984 difícilmente pudo imaginar que nos estaba legando, tanto o más que todos los ensayos históricos, la anatomía de los totalitarismos, de izquierda y de derecha, que ha debido sufrir y todavía sufre el mundo. Su síntesis del estado de frustración y degradación de un conglomerado humano ha sido tan esencial y profético (privilegio también del arte) que, incluso, se creó el adjetivo «orweliano»
para calificar los niveles del absurdo-real al cual llegan a ser sometidos los humanos por los dictadores providenciales que, en nombre del bien social, muchos hemos debido soportar a lo largo de la historia.

En estos momentos precisos de la evolución de la especie humana, cuando tanto se habla del cambio climático y sus catastróficos efectos para el planeta, creo que, al pensar en nuestro destino, nunca antes tantas personas hayan tenido en sus retinas una misma visión y ésta, no por azar, ha resultado ser la emanación de una obra de arte. La visión futurista de Ridley Scott en su ya clásico filme Blade Runner se ha convertido, por obra y gracia de la indolencia humana y el afán de enriquecimiento, en una especie de pesadilla, cada vez más real, para los habitantes de la Tierra.
Lo que hace justo veinticinco años fue concebido como una metáfora de un creador rebozante de imaginación, se ha convertido hoy, a golpes de evidencias, desastres ya sufridos, y presagios espeluznantes y, sobre todo, conciencia al fin compartida, en la imagen más certera de lo que podrá ser el mundo en unas pocas décadas si, hoy, ahora mismo (y ya vamos con retraso) no hacemos todos, todo lo posible por frenar las actividades económicas y hasta cotidianas que están propiciando el cambio climático.

Días atrás, cuando bajo los auspicios de la ONU se reunieron en Bangkok representantes de una gran cantidad de países incluidos los más ricos y responsables de la contaminación ambiental- al menos en el papel quedó constancia de que el miedo a un porvenir desolador, increíblemente cercano, estaba generando voluntad de participación incluso en los más reacios a perder sus ganancias. Con esa conciencia surgió la esperanza de que el calentamiento global quizás quizás- podría detenerse en márgenes muy problemáticos pero aun no catastróficos.

El mundo de Blade Runner que nos acecha el de Guernica se sigue viviendo con frecuencia mientras el de 1984 amenaza transformarse en forma de vida
universal- todavía puede ser pospuesto e incluso exorcizado. La tarea, sin embargo, no resulta fácil, aun cuando muchos Estados se hayan empeñado en el uso de fuentes renovables de energía, cuando algunos privados se hayan lanzado a la compra de territorios amenazados con el propósito de convertirlos en «paraísos ecológicos», cuando los llamados biocombustibles se ofrecen como una alternativa posible aunque problemática, y cuando se busca crear una conciencia de que el ahorro de agua, energía, bosques es la más segura solución. Pero aun así se hace evidente que solo la aplicación de medidas drásticas por parte de los gobiernos puede retrasar e incluso hasta revertir el futuro «scottiano» de lluvias ácidas y oscuridades.

Quizás el Gran Hermano omnisciente de Orwell esté destinado a jugar otro papel, y en lugar de degradarnos, su función sea la de salvarnos del mundo apocalíptico de Blade Runner. Los políticos, tan aficionados al control de los individuos, ¿serán capaces de orientar sus visores hacia los intereses de los que los sostienen económicamente y detener emisiones de gases, talas indiscriminadas, procesos de desertificación con el mismo rigor con que se interesan por saber cómo pensamos y actuamos cada uno de los que, inconsciente o inocentemente, ponemos nuestro futuro (no ya como individuos, sino como especie) en sus manos? Quisiera ser optimista, pero hay ocasiones en que resulta demasiado difícil serlo. El detector de mierda que salva a muchos artistas no suele ser un aparato al que gusten someterse los caballeros de la política. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Padura Fuentes, escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a una decena de idiomas y su más reciente obra, La neblina del ayer, ha ganado el Premio Hammett a la mejor novela policial en español del 2005.