General

El mejor modelo de integración es el que defiende la igualdad

Ago 13 2007

Por Jean Paul Fitoussi (*)
Bitacora

Un día que pasé a buscar al Premio Nobel, Amartya Sen por su hotel, la recepcionista me preguntó si era su chofer. Después de cierta vacilación, asentí. Entre mis diversas identidades del día, la de chofer era para ella la más notoria.

Como escribe Sen, no sin malicia, en su libro Identidad y violencia: »Una misma persona puede, por ejemplo, ser ciudadano británico, originario de Malasia, tener rasgos chinos, ser agente de cambio, comer carne, ser asmático, tener una formación lingüística, practicar físicoculturismo, ser poeta en sus ratos libres, estar contra el aborto, disfrutar observando los pájaros y las estrellas, y estar convencido de que Dios creó a Darwin para poner a prueba la fe de los hombres».

¿Quién soy, efectivamente, y cómo podría aceptar que se reduzca lo que para mí constituye la riqueza de mi identidad a una sola de sus dimensiones? Sin embargo, ésa es precisamente la filosofía que sirve de base al modelo inglés de integración: una de nuestras identidades se impone sobre todas las otras y sirve de criterio para una organización de la sociedad en grupos diferenciados.

Existirían, entonces, dos métodos de integración, el »inglés» y el »francés», basado en la adhesión a los valores republicanos, al frente de los cuales se encuentra la igualdad.

En Inglaterra existe una disposición jurídica por la cual el reino confiere a los inmigrantes procedentes de uno de los países del Commonwealth el derecho a votar en todas las elecciones, aunque éstas sean nacionales. Los inmigrantes comparten por lo tanto con los británicos el derecho de participar en la deliberación pública sobre temas de interés general, locales o nacionales.

Pero los ciudadanos saben por experiencia que la democracia no se reduce al sufragio universal, sino que es esencialmente y ante todo la organización de una discusión pública abierta a todos donde cada uno tiene la misma libertad de expresarse. Esta igualdad reconocida a los inmigrantes en el nivel más alto de la democracia no implicaba en absoluto la negación de sus otras identidades.

Sin embargo, justamente porque se reconocía a todos una igualdad fundamental, más allá de sus nacionalidades, el régimen inglés pudo adaptarse más que otros a una expresión mayor de los particularismos. Por lo tanto, el multiculturalismo tenía muchas más chances de desarrollarse allí apaciblemente.

Hoy, el gobierno británico, olvidando las condiciones de aparición del modelo inglés y con la voluntad de apaciguar a las comunidades, trata de satisfacer el deseo de reconocimiento público de éstas promoviendo oficialmente el desarrollo de escuelas confesionales subvencionadas.

Esta evolución es lamentable, según Sen, pues lleva a privilegiar una identidad sobre todas las demás en momentos en que se necesita más que nunca ampliar el horizonte intelectual de los niños y el lugar de la razón: »Tu identidad es ésta y no tendrás ninguna más».

Por su parte, el »modelo francés» de integración es también desde hace varios años objeto de un contrasentido, por olvido de aquello que lo funda, la integración concreta en la vida de la ciudad, o sea la igualdad real en el espacio de los bienes públicos: acceso a los servicios públicos, a la protección social, a la escuela y a la universidad, al trabajo, etc.

El republicanismo reconoce a cada uno, cualesquiera que sean sus otras identidades, derechos iguales para aspirar mejor al universalismo. No niega los particularismos y les reconoce todos los derechos de expresarse en la esfera privada.

El republicanismo francés debe, como el multiculturalismo inglés, contradecirse en apariencia para realizarse en forma efectiva. Contradecirse en apariencia implica reconocer que la igualdad ante la ley es un principio por cierto esencial, pero débil, que es conveniente complementarlo con una concepción más exigente de la igualdad.

En definitiva, y si el modelo desea realmente integrar, el esfuerzo de la República debe estar puesto en revertir las condiciones inicialmente desventajosas de muchos individuos.

(*) Economista, Instituto de Estudios Políticos (París). Francia