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El primer deber de un político es hacerse cargo de sus errores

Ago 24 2007

Por Michael Ignatieff (*)

La guerra de Irak ha enfrentado a intelectuales y políticos con opciones gravísimas. En unos y otros, el sentido de la realidad y el peso de las ideas difieren. Pero en todos debe primar la noción de que sus actos y opiniones arrastran a todos los demás por los que están decidiendo.

La catástrofe de Irak ha servido de argumento para condenar el criterio político de un presidente. Pero también el criterio de muchos otros -yo entre ellos- que apoyaron la invasión.

Muchos pensamos que era la única oportunidad que tenía su generación de disfrutar de libertad en su país. Qué lejano parece ahora ese sueño. Desde que dejé mi cargo en Harvard, en 2005, y volví a Canadá para incorporarme a la política, no dejo de pensar en el desastre de Irak, de intentar comprender de qué forma las opiniones que debo emitir hoy en política tienen que ser mejores que las que ofrecí hasta ahora. He aprendido que, para tener buen juicio en política, hay que empezar por reconocer los errores.
El filósofo Isaiah Berlin dijo que lo malo de los intelectuales es que les importa más que las ideas sean interesantes que ciertas. Los políticos viven tan pendientes de las ideas como los pensadores profesionales, pero no pueden permitirse el lujo de tener en cuenta ideas que sean meramente interesantes. Tienen que trabajar con el escaso número de ideas que son ciertas y con el todavía más escaso de las que sirven para la vida real.

En el mundo académico, las ideas falsas no son más que falsas, y las inútiles pueden resultar divertidas. En la vida política, las ideas falsas pueden arruinar las vidas de millones de personas y las inútiles pueden malgastar recursos preciosos.

La responsabilidad de un intelectual respecto a sus ideas es seguir sus consecuencias hasta donde le lleven. La responsabilidad de un político es controlar esas consecuencias e impedir que hagan daño.

He aprendido que el buen juicio en política es distinto del buen juicio en la vida intelectual. Entre los intelectuales, juzgar es cuestión de generalizar e interpretar hechos concretos como ejemplos de alguna gran idea. En política, una cosa es lo que es, y nada más. Lo concreto importa más que las generalidades. La teoría estorba.

La cualidad que sirve de base a los políticos para tener buen juicio es el sentido de la realidad. »Lo que se llama sabiduría en los estadistas», escribe Berlin, en referencia a figuras como Roosevelt y Churchill, »es comprensión, más que conocimiento; cierta familiaridad con los hechos relevantes que les permite saber qué encaja con qué; qué puede hacerse en determinadas circunstancias y qué no, qué métodos van a ser útiles en qué situaciones y en qué medida, sin que eso quiera necesariamente decir que son capaces de explicar cómo lo saben ni incluso qué saben». Los políticos no pueden permitirse el lujo de refugiarse en el mundo interior de sus propias suposiciones. No deben confundir el mundo existente con el que les gustaría que fuese. Deben ver Irak -o cualquier otro sitio- tal como es.

Como antiguo profesor en Harvard, he tenido que aprender que el sentido de la realidad no siempre florece en las instituciones más selectas. Es la virtud de la calle por excelencia. La forma de comprender mejor la realidad es enfrentarse cada día al mundo y aprender, sobre todo de nuestros errores, lo que sirve y lo que no.

El hecho de haber enseñado ciencia política me permite decir que es una disciplina que promete más de lo que luego cumple. En la práctica política, no existe una ciencia de la toma de decisiones. Lo que un político tiene que juzgar cada día es, sobre todo, a las personas: en quién confiar, a quién creer y a quién evitar. La cuestión de la lealtad surge a diario: ¿quién va a traicionarme y quién me será fiel? Tener buen criterio en estos asuntos, tener sentido de la realidad, exige confiar en instintos muy poco científicos sobre la gente.

El sentido de la realidad no es sólo un sentido del mundo tal como es, sino como podría ser. Los grandes políticos, como los grandes artistas, ven posibilidades que otros no ven, y tratan de convertirlas en realidades. Para llevar a cabo algo nuevo, el político necesita tener sentido de la oportunidad, saber cuándo dar el salto y cuándo permanecer quieto. En una frase famosa, Bismarck definió el juicio en política como la capacidad de oír, antes que nadie, el distante ruido de los cascos del caballo de la historia.

Pocos oyen venir a los caballos. En una ocasión preguntaron a un primer ministro británico qué era lo que hacía más difícil su trabajo. »Los acontecimientos, querido amigo», contestó con pesar. Ante un acontecimiento inesperado, el virtuoso de la política debe ser capaz de improvisar y aparecer lo más imperturbable posible.

La improvisación puede no evitar el fracaso. La partida suele acabar en llanto. Muchas carreras políticas acaban mal porque los políticos experimentan una situación humana: la de escoger entre cosas opuestas sin poder recurrir más que a unos instintos corrientes y una información falible. Por supuesto, una mejor información y unos criterios objetivos para tomar decisiones pueden reducir el margen de incertidumbre. Los puntos de referencia para juzgar los progresos en Irak pueden ayudar a decidir cuánto tiempo más debe quedarse Estados Unidos. Sin embargo, a la hora de la verdad, nadie sabe -porque nadie puede saber- qué pueden hacer todavía los estadounidenses para lograr la estabilidad en Irak.

La decisión que tiene que tomar Estados Unidos sobre Irak es paradigmática del tipo más difícil de juicio político. Tanto marcharse como quedarse tienen un costo inmenso. Hay una cosa clara: el precio de quedarse lo pagarán los estadounidenses, mientras que el precio de irse lo pagarán, sobre todo, los iraquíes. Sólo esto ya indica qué decisión es la más probable.

Pero tienen que decidir, y pronto. Los retrasos y vacilaciones son más caros aún en la política que en la vida privada. El letrero que tenía Truman sobre su mesa -»¡La responsabilidad final es mía!»- nos recuerda que los que toman buenas decisiones en política suelen ser los que no rehúyen la responsabilidad de hacerlo. En el caso de Irak, decidir qué rumbo emprender ahora exige reconocer que todos los planes hasta ahora han fracasado.

En política, aprender de los fracasos es tan importante como explotar los éxitos. La frase de Samuel Beckett »Fracasa otra vez. Fracasa mejor» expresa la tenacidad necesaria para practicar el arte de la política.

En la vida privada, el precio de nuestros errores lo pagamos nosotros mismos. En la vida pública, los primeros que pagan los errores de un político son otros. El buen juicio significa saber ser responsable ante quienes pagan el precio de nuestras decisiones. Cuando Edmund Burke fue elegido por primera vez para la Cámara de los Comunes, aseguró a los electores de Bristol que nunca sacrificaría su propio criterio a las presiones que ejercieran ellos para imponer su opinión. No estoy seguro de que a mis votantes les gustara oír eso. A veces, sacrificar mi criterio en favor del de ellos es la esencia misma de mi trabajo. Siempre, claro está, que no sacrifique mis principios.

Quienes de verdad mostraron buen juicio sobre Irak fueron los que predijeron las consecuencias que luego hemos visto, pero también valoraron acertadamente los motivos que había detrás de la acción. No es que supieran más cosas que nosotros. Reflexionaron, como todos, a partir de las mismas informaciones equivocadas y el mismo desconocimiento de la historia de Irak, partidista y llena de fisuras. Sin embargo, lo que no hicieron fue confundir los deseos con la realidad. No supusieron que era posible construir un Estado libre sobre los cimientos de 35 años de terror policial.

Yo cometí este error y alguno más. La lección que he aprendido es que debo dejarme influir menos por las pasiones de personas a las que admiro -los exiliados iraquíes, por ejemplo- y dejarme llevar menos por mis emociones. En 1992 visité el norte de Irak. Vi lo que Saddam Hussein había hecho a los kurdos y no me cupo duda de que tenía que irse. Mis convicciones tenían toda la autoridad de la experiencia personal, pero, precisamente por eso, dejé que la emoción me impidiera hacerme las preguntas fundamentales.

(*) Politologo (Universidad de Harvard), vicepresidente Partido Liberal de Canadá