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¿PORTUGAL EN IBERIA?

Ago 20 2007

Por Mário Soares (*)

LISBOA, Ago (IPS) Hace poco más de cuatro siglos que España y Portugal son los dos únicos Estados de la península Ibérica, con historias paralelas pero, a menudo, con alianzas y designios contradictorios; pero quizá más de cinco naciones, con lenguas, tradiciones y culturas distintas: Castilla, Portugal, País Vasco, Cataluña y Galicia, e incluso quizá otras en gestación.

España es una creación plural (un Estado de varias naciones) formada a finales del siglo XV. El matrimonio de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, en 1469, supuso la unificación de sus respectivos Estados -Castilla y Aragón- para formar España, y posteriormente, con la conquista del Reino de Granada en 1492, la expulsión de la Península de los musulmanes y (por diferentes motivos) de los judíos.

Portugal, como Estado independiente, se remonta a tres siglos antes (1140). Afonso Henriques se separó del Reino de León y, tras arrebatar Lisboa a los moros, con ayuda de los cruzados, fue reconocido como rey por el papa Alejandro III (1179).

A finales del siglo XVI (1580), después de que muriera (o desapareciera) el rey don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, sin dejar descendientes, Felipe II de España, un monarca prudente, taciturno y persistente, se designó a sí mismo rey de Portugal.

Porque, como acostumbraba a decir, «lo heredó, lo conquistó y lo compró». Y así fue, verdaderamente. Unió los dos reinos en su persona.

Pero el hecho fue que Portugal perdió su independencia durante los siguientes 60 años. La recuperó en 1640, porque la España de Felipe IV, enzarzada en la guerra de Cataluña, al otro lado de la Península, no tenía fuerza suficiente para imponer su voluntad en dos frentes peninsulares, y Portugal supo aprovechar la coyuntura favorable.

Todo esto viene a propósito de la entrevista concedida hace unas semanas a un periódico portugués por el premio Nobel de Literatura José Saramago, que provocó cierta discusión tanto en Portugal como en España. Entre otras afirmaciones, Saramago dijo: «No vale la pena que me haga el profeta, pero creo que acabaremos por integrarnos» (se refería a Portugal y España). Y más adelante: «No vamos a ser gobernados por españoles (…), seríamos lo que los catalanes quieren ser y son ya en Cataluña», para añadir: «Probablemente (España)
tendría que cambiar de nombre y pasar a llamarse Iberia».

La entrevista, en sí, no tenía nada de condenable ni cosas que pudieran escandalizar. Pero suscitó cierta polémica y confusión, sobre todo en las mentes de los nacionalistas portugueses, todavía sensibilizadas por la pérdida del imperio -y la inevitable descolonización-, 30 años después.

La verdad es que las ideas iberistas (el reconocimiento de la unidad en la diversidad) no son cosa nueva. Existe una corriente de este tipo en el pensamiento portugués que viene de lejos -desde luego, del siglo XIX (con Antero y Oliveira Martins) y del XX, con Miguel Torga, Natália Correia y el historiador Oliveira Marques-, que ha tenido más o menos importancia de acuerdo con las circunstancias político-económicas e internacionales, y que ha evolucionado en los dos Estados ibéricos y en la Península en su conjunto.

Paradójicamente, no tuvo mucha fuerza durante las dictaduras de Franco y Salazar, porque los dos dictadores ibéricos, unidos por la ideología fascista, nunca tuvieron buenas relaciones entre sí y siempre desconfiaron enormemente uno de otro.

Los tiempos han cambiado. España y Portugal son dos democracias consolidadas, integradas hace 20 años en la Comunidad Económica Europea y, desde 1992, en la Unión Europea. La internacionalización de nuestras respectivas economías produjo, como era natural, su integración actual.

Y eso es algo que no lamento en absoluto. Hoy, más que nunca, el capital no
tiene patria, como decía Marx. La integración económica es un proceso al que están sujetos todos los Estados europeos. La única alternativa posible a esa tendencia sería retroceder al «orgullosamente solos» de Salazar, principal responsable del atraso en el que todavía nos encontramos respecto a los países más ricos de Europa.

Otra cosa es la integración política. En el ámbito europeo, estamos construyéndola lentamente, con las concesiones necesarias en el plano de nuestra soberanía. Si no avanzamos más -como sería preferible para todos-, es porque la Unión no parece capaz de deshacer el nudo gordiano que le ha impuesto, sobre todo, el Reino Unido.

Portugal es un país con una fuerte identidad cultural y lingüística, miembro desde hace 10 años de la Comunidad de los Países de Lengua Portuguesa -que incluye desde Brasil hasta Timor, pasando por los países africanos que hablan portugués- y con una sólida cohesión nacional, que fue puesta a prueba cuando se produjo la descolonización y Portugal tuvo que recibir, in extremis, a cerca de un millón de «regresados», personas llegadas en el mayor desamparo desde las
antiguas colonias, a las que supo integrar a toda velocidad en el conjunto nacional, sin grandes problemas.

La integración política peninsular, desde el punto de vista portugués, no está próxima, y ni siquiera es deseable para ninguna de las dos partes. Somos todos hispanos, se titula un libro muy interesante de la poeta nostálgica Natália Correia. Es indiscutible. Somos atlánticos, mediterráneos y peninsulares, con intereses comunes, fuertes lazos culturales y objetivos convergentes en la Unión Europea, Latinoamérica y otras áreas. Por eso, en el estado actual del mundo, nuestra independencia es -y debe ser- un factor de unidad, más que de
separación. Del mismo modo que el reconocimiento de las identidades
hispánicas es, para España, un factor de unidad mucho más sólido que
la afirmación del centralismo madrileño.

Todo evoluciona, quizá con excesiva rapidez, en el mundo globalizado de hoy. Los conceptos, las verdades, las identidades. En tiempos como el que vivimos, nada une más a los pueblos -y a las personas- que las convergencias estratégicas, la solidaridad y la libertad. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal.