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El Renacer de la Conquista

Sep 24 2007

William Ospina

En los últimos tiempos los habitantes del globo hemos visto desaparecer ante nuestros ojos un mundo. No me refiero sólo a la desaparición de las torres gemelas de Nueva York, ni a la desaparición del régimen de los talibanes en Afganistán, ni a la reciente caída del régimen de Sadam Hussein en Irak. No me refiero solamente a la destrucción de los antiguos budas de piedra, ni a la desaparición de las burkas en los desiertos afganos, ni a la destrucción de los palacios de Hussein en Tikrit y en Basora, ni al saqueo de los tesoros milenarios del Museo de Bagdad, aunque todas esas son ciertamente desapariciones históricas. Me refiero a la desaparición del rostro civilizado de una cultura, a la caída de ciertas máscaras, al modo como pierden sentido ante nuestros ojos ciertas palabras. Me refiero al derrumbamiento del orden mental en que crecimos todos, a la crisis de los discursos que fundaron la edad moderna, a la temible decisión de imponer ciertos valores en el mundo a sangre y fuego, por la vía de una fuerza bélica desmesurada.

Con la misma rapidez imprevisible con que se desplomaron las torres gemelas en Nueva York habíamos visto doce años atrás el derrumbamiento de la Unión Soviética y, después, de los regímenes que gravitaban en torno suyo en la Europa Oriental. De un modo más gradual, desaparecieron las tensiones de la guerra fría, y avanzaron por el planeta de una manera entusiasta, celebradas por los políticos y hasta cantadas por súbitos filósofos, las oleadas triunfales de la economía de mercado. Viendo a Boris Yeltsin sobre un tanque dirigiendo la liberalización de Rusia y a los devotos de la Virgen María reinstaurando la democracia europea en Polonia, un prosélito del nuevo modelo hasta se animó a predicar «El fin de la historia», declaró muertas todas las viejas contradicciones y llegada la humanidad a una fase nueva, de progreso indudable y de previsible unanimidad en el orden social.

Una palabra se apoderó del mundo, la palabra globalización. El mercado global, la información global, la cultura global se convirtieron en fórmulas de los gobiernos, de los medios, de las escuelas. Era el capitalismo mundial lo que se abría camino, la lógica de la sociedad de consumo, el poder de las grandes corporaciones, y no estaban en duda sus progresos, sus conquistas, sus ventajas, pero se ofrecía como el triunfo irrestricto del progreso, de la prosperidad, la muerte gradual de las naciones, la transformación del globo en una alegre morada común. Su filosofía, pregonada a través de la publicidad planetaria, propuso una sociedad de la opulencia, de la tecnificación, de la salud asegurada, de la abundante provisión de bienes materiales, un mundo inagotable para los itinerarios del turismo, una comunidad ultrainformada, un cosmos que parece diseñado por los más ingeniosos cerebros de Leo Burnett y de McCann-Erickson Corporation. Se diría que iba a cumplirse en el mundo la predicción de Baudelaire:

«La tout n’est qu’ordre et beauté,
luxe, calme et volupté».
(Allí no hay más que orden y belleza,/ lujo, calma y voluptuosidad)

Y todo el pasado, y todo el mundo periférico apartado de las grandes metrópolis planetarias revelaba de pronto su retraso, su demora en supersticiones premodernas, en indumentarias locales, en economías aldeanas, en comidas típicas. No hace diez años un escritor español urgía al mundo para que apresurara la disolución de las culturas locales. ¿Para qué persistir en esos prejuicios gentilicios, en tantas formas rudimentarias y arcaicas, si el clarín ya anunciaba con claridad suficiente el comienzo del reino global, donde sólo echaríamos mano de lo que se probara confortable y antiséptico, limpio y nuevo, como les gusta a los hijos del norte de América?

Hasta las religiones de esas zonas ulteriores del mundo volvieron a ser vistas con sospecha. Mucho se habían predicado la convivencia y la tolerancia. Pero ahora llegaba otro discurso: los pueblos que se demoran en economías premodernas también se atrincheran en ideas bárbaras, en religiones absurdas, en costumbres irracionales. Por algo ocultan sus cabezas con turbantes, sus rostros con velos, sus cuerpos con pinturas y tatuajes, sus ideas con metáforas, sus oraciones con mantras interminables. La sociedad de consumo estaba bastante segura de sus ventajas y bastante orgullosa de sus conquistas, para dudar de que tarde o temprano hasta los más renuentes comprenderían la indiscutible superioridad de su modelo y aceptarían participar de sus intercambios.

Pero en los diez años que transcurrieron entre la caída del muro de Berlín y la caída de las torres gemelas, ese delirante optimismo se vio contrariado por evidencias curiosas. El discurso de las grandes metrópolis industriales del planeta y de sus socios en todas las regiones no cesó de predicar como fórmulas ideales para el mundo el modelo económico de libre mercado, el modelo político de la democracia representativa, un mundo saciado por la información de las grandes cadenas y embriagado por exquisitos espectáculos uncidos al carro del mercado. Pero tal vez el resto de la humanidad no pareció sumarse con la debida rapidez, con la esperada amplitud y con arrobada admiración al ideal que le predicaban. Muchos iban quedando por fuera por su propia inercia. En África, salvo por el admirable esfuerzo de los surafricanos para construir una sociedad de convivencia y de perdón, lo único que progresaba por aquellos años era el sida. Los publicistas del modelo global podían argumentar que era precisamente por la ineptitud para adherir al modelo por lo que se cebaban sobre aquellas naciones las peores desgracias. Pero aunque la gran sociedad industrial tenía en sus manos recursos suficientes para atenuar esa tragedia histórica, y demostrarle a África con hechos la generosidad y la humanidad del modelo, hubo que librar arduas batallas, y aún no se han ganado, para conseguir que los precios de las patentes de la sociedad opulenta no dejen para siempre por fuera de toda esperanza a decenas de millones de africanos afectados por el virus.

Aunque los países árabes están inscritos de muchas maneras distintas en los parámetros de consumo de la sociedad industrial, hay muchas cosas en las que piensan y sienten distinto. En vano se esfuerzan algunos antropólogos por demostrar que la tentadora desnudez de las chicas occidentales en las playas de Cannes o de la Florida no es más válida culturalmente que la tendencia de las musulmanas a cubrir sus cuerpos con velos y burkas. No: para la mentalidad imperante los bikinis son progreso y las burkas son atraso, así como para los conquistadores españoles era irracional el modo como los indígenas veneraban al sol y a la luna en discos de oro y en arcos de plata cuando lo verdaderamente racional era adorar dos leños cruzados.

Pero incluso los países periféricos que adhirieron con entusiasmo al modelo muy pronto descubrieron que no era tan fácil borrar las diferencias. Al cabo de una década de experimentos la Argentina se hundió en la indigencia y el caos. Venezuela optó por un disidente del modelo. Brasil escogió un gobernante poco adicto a la globalización y al confort y mucho más interesado en la prioridad de acabar con el hambre de sus conciudadanos. El modelo de la opulencia y del consumo suntuario no está diseñado por gentes que sepan de esa extraña enfermedad, el hambre. Y los críticos de la sociedad de la opulencia no han tenido que hacer mucho esfuerzo para demostrar que las ventajas del tipo de globalización que se predica sólo existen, como en el viejo mundo colonial, para las metrópolis, y para pequeñas élites ostentosas en los países que se lanzan a la conquista del modelo.

Pero además el mundo modelado por el gran capital venía siendo contrariado crecientemente en las últimas décadas por una serie de objeciones que no hubo cómo acallar. La sociedad industrial individualista, consumista y esclava del lucro fue seriamente cuestionada por quienes denunciaron el calentamiento global como efecto de las emisiones de gases industriales; por quienes lanzaron advertencias ante los avances suicidas de la deforestación planetaria; por quienes advirtieron la amenaza creciente de la escasez de agua; por quienes denunciaron los avances de la contaminación del agua y del aire; por quienes lanzaron su grito de alarma ante la extinción innatural de muchas especies animales y vegetales; por quienes advirtieron el auge escandaloso de la industria bélica, la proliferación de sus tráficos legales e ilegales, y hasta el mercado callejero de energía nuclear; por quienes advirtieron que es precisamente la economía de libre mercado sin la intervención del Estado el escenario ideal para el advenimiento y el auge de las mafias, sobre todo de las violentas mafias de las drogas; por quienes señalaron el tremendo peligro que entraña cambiar alimentos con cinco mil años de seguro, en manos de la tradición, por impredecibles alimentos modificados en su estructura genética obedeciendo a los imperativos de lucro, enmascarados en nobles intenciones y en dulces palabras; por quienes vieron el crecimiento urbano desenfrenado, el ideal de la gran industria, ya que concentra a los consumidores, como el gran depredador del planeta, el gran depravador de los entornos naturales, un incontrolable generador de desperdicios, y un escenario ideal para el avance de pestes aniquiladoras; por quienes vieron en la profusión de vehículos privados que surte y publicita la industria uno de los ejes de contaminación, de derroche energético, de congestión urbana y de agitación neurótica; y, finalmente, por quienes vieron en el sedentario modelo de la sociedad de consumo la melancólica transformación del hombre homérico en Homero Simpson.

Implantado el modelo en numerosos países, los resultados fueron harto tristes. Basta leer los libros que publica cada año la casi difunta Organización de las Naciones Unidas para ver cómo de año en año se envilecen las condiciones de las grandes mayorías en el mundo, cómo van siendo postrados por el capital financiero, por la banca mundial, por la lógica perversa de los empréstitos y de la deuda externa la gran mayoría de los países; cómo se acaba la pequeña producción de los países para que todos tengan que comprar los excedentes de las economías poderosas; cómo retrocede el mundo a medida que crece la población y de qué modo, siguiendo el más nítido de los principios del capital, crecen como hermanas siamesas la concentración de la riqueza y la difusión de la miseria en el mundo, con sus secuelas de ignorancia, criminalidad y terrorismo.

Personalmente creí que el delirante modelo de la sociedad opulenta, predicado de un modo irreal a una humanidad que mayoritariamente se hunde en la pobreza y en la incertidumbre, iba a persistir en su esfuerzo por seducir a la especie, por halagarla con señuelos publicitarios, por embelesarla con espectáculos, por convencerla de que la sociedad de consumo es la gran heredera del humanismo clásico, de los inventos de Leonardo da Vinci, de las elegancias de Baudelaire y de Oscar Wilde, de las ideas de Rousseau y de Montesquieu, de la inteligencia de Franklin y del patriotismo de Lincoln, de la heroicidad de los guerreros de la Ilíada y de las astucias de los marinos de la Odisea, de la sabiduría arqueológica y estética de Winckelman, del universalismo de Voltaire y de Frazier, de los mil labios de Shakespeare y de los mil rostros de Whitman, de las conquistas del pensamiento moderno y de las conquistas del derecho clásico, del ecumenismo, del cosmopolitismo, de la tolerancia, de la democracia, del respeto a la autodeterminación de los pueblos, de la coexistencia pacífica, de todas esas palabras hermosas y esas ideas nobles que fueron el fundamento de la edad moderna y con las cuales, hasta hace poco, parecía aureolarse la sociedad industrial.

De repente, hemos pasado todos por un curso abreviado de realidad. La negativa de los grandes poderes bélicos del planeta a escuchar los argumentos del derecho, las advertencias de las Naciones Unidas, los suspiros impotentes del Consejo de Seguridad; el modo como las bombas y los misiles han acallado el clamor de las multitudes sensibles del planeta; la manera como se nos ha demostrado cuánto vale el derecho frente a la fuerza, cuánto vale la idea de patria cuando el imperio quiere otra cosa, nos han enseñado de un modo claro, metódico, mediático, qué es hoy el derecho, qué es la justicia, qué es la libertad, qué es la democracia. Pero con la reciente guerra de Irak, que al parecer no es más que el comienzo del nuevo orden mundial, no sólo hemos asistido a un acto de violencia contra los hombres y las cosas sino a un ostentoso acto de violencia contra la inteligencia y contra el lenguaje. Cuando hace un mes los iraquíes comenzaron a tomar prisioneros entre los soldados de la coalición que invadía a Irak se oyó la voz severa del secretario Rumsfeld exigiendo que se respetaran los acuerdos de Ginebra con respecto a los prisioneros de guerra. Y no hacía un año que todos habíamos visto el trato que les dieron los estadounidenses a los prisioneros talibanes en la base de Guantánamo. Los talibanes que pagaron en especie las consecuencias del atentado de septiembre perdiendo ante sus vencedores incluso la condición humana. Pero también es una ofensa a la inteligencia que en el trono de la mayor potencia planetaria no estén ya ni el tramposo Nixon ni el rapaz Theodore Roosevelt sino el fanático y obtuso hijo de un petrolero.

En su enumeración de las frases célebres del actual presidente de los Estados Unidos, el escritor Umberto Eco incluyó una muy significativa. Al parecer, en algún encuentro de gobernantes, George Bush, hablando con el entonces presidente Cardoso, del Brasil, le preguntó con curiosidad: «¿Ustedes también tienen negros?». Son tantos los comentarios que podrían hacerse sobre esa frase que más vale dejarla flotar como una lección de política contemporánea y como una muestra de las luces con que cuenta el hombre que tiene en sus manos el destino del mundo. Esto bastaría para refutar la idea de que la humanidad progresa, como basta para ello comparar a muchos mandatarios de hoy con los que gobernaban los mismos países hace cincuenta años, o comparar los periódicos de hoy con los de entonces. Pero tal vez sea suficiente con ver los noticieros de televisión.

Pero sobre todo, después de unas décadas de ilusionismo, no sólo hemos visto desplomarse el orden mental en que habíamos crecido, sino que hemos visto resurgir, más arrogante, más cínico, más desdeñoso de la opinión mundial, más brutal, más codicioso, el espíritu del colonialismo que parecía haber muerto con la retirada de las tropas norteamericanas de Vietnam. Todo parece indicar que la guerra de Irak ha sido una maniobra comercial de una sociedad de negociantes de armas, hábilmente vendida como una campaña purificadora a un pueblo asustado por un asalto terrorista y dispuesto a creer en cualquier cosa que le garantice el retorno de la seguridad perdida. Pero no a todo el mundo le conviene reconocerlo. Este resurgimiento del colonialismo es algo particularmente odioso para nosotros, porque la América Latina es de algún modo un símbolo de la lucha contra los poderes coloniales. Cuando apenas comenzaba la colonización moderna de Asia y de África, ya nuestros patriotas estaban expulsando a los virreyes y fundando las primeras repúblicas de América. América Latina es la región pionera en el mundo de la lucha contra el colonialismo, y a nadie le duelen tanto las cosas como a quien las ha padecido. Como decía Shakespeare: «Se ríe de las cicatrices el que nunca ha tenido una herida».

Uno de los hechos que más provocan rechazo del colonialismo es que no todas sus manifestaciones son visibles y exteriores. Colombia es un buen ejemplo de que no basta con expulsar a los invasores para recuperar el orgullo perdido. Viendo el poder aplastante que se ha utilizado contra Irak, uno no puede dejar de recordar el poder avasallador que se utilizó contra los pueblos nativos de América, con el mismo discurso supuestamente civilizador y con la misma acusación de barbarie que ahora esgrimen los mismos negociantes de siempre. Uno recuerda, además, que lo primero que queda desarmado con los abusos de un poder descomunal contra pueblos que tienen la desgracia de poseer alguna riqueza codiciable, que lo primero que queda anulado en ellos es el autoaprecio. La confianza en sí mismos.

Todavía el elemento principal que define a nuestro país es la persistencia de sus traumas coloniales. Después de la ocupación militar de la Conquista, y de la subordinación administrativa y política de la Colonia, fuimos subyugados por los discursos de las metrópolis en nuestra primera edad republicana, y uncidos al cortejo de sus economías. A partir de cierto momento ese resabio colonial ya no se debió a la presión exterior sino que empezó a movernos hacia una actitud imitativa y subordinada. Siempre sintiéndonos rezagados ante los avances de la modernidad, y periféricos con respecto a los centros de gravedad de cada época, creciendo en la negación del mundo al que pertenecíamos, en la incapacidad de advertir nuestras originalidades frente a la historia contemporánea.

Las consecuencias de los crímenes de los individuos duran décadas, pero las consecuencias de los crímenes de las naciones duran siglos. Hay personas que piensan que intentar explicar lo que pasa en estas tierras por lo que empezó a ocurrir hace cinco siglos es una necedad y un mero artificio mental. Pero lo anacrónico entre nosotros no es la explicación, es la realidad. La verdad es que lo que empezó hace cinco siglos, un genocidio acorazado con todo el monstruoso aparato militar y retórico de la Conquista, siguió siendo la realidad entre nosotros durante siglos, a pesar de los ropajes distintos de la elocuencia y de la guerra, y hoy podemos ver en tierras de Colombia escenas idénticas a las que se presentaron en el comienzo de nuestra incorporación a Occidente. Colombia está hoy llena de guerreros, de Pizarros, de Almagros, de Heredias, de Ursúas y de Aguirres.

Mucho de lo que nos ocurre es resultado de esa historia cruel y clamorosa, y no encontraremos soluciones a nuestros problemas por fuera de una interrogación profunda de nuestra memoria y de nuestro territorio. Sólo de una mirada nueva sobre el pasado podremos derivar la posibilidad de otro futuro y sólo de una mirada original sobre nuestro mundo podremos entrever el orden de nuevo tipo que tenemos el deber de construir.

Por eso es una lección tan grave la que nos han ofrecido los noticieros. Hemos visto volver la lógica de la conquista de América. Grandes poderes en el mundo vuelven a afirmar que se puede imponer la civilización con bombas, la libertad con el aplastamiento de los pueblos, la cultura abrumando a una ciudad llena de reliquias con misiles y disparando contra unos pobres seres que esgrimen en vano su banderita blanca.

Vamos a tener que aprender a ver en nuestros defectos el oscuro espejo de nuestras virtudes, a encontrar fortaleza en muchas debilidades, a encontrar tal vez la posibilidad de un futuro justamente en esa dificultad para incorporarnos al futuro que se nos ha prescrito. Nos va a tocar invocar no la ayuda filantrópica de los que creen tener más, sino la amistad de quienes comparten nuestras circunstancias y nuestra tragedia, y pueden por tanto entendernos. Recuerdo unos versos de Barba Jacob, que no recomiendan la caridad ni la asistencia de los compasivos a los dignos de compasión, sino que dice:

«Apoya tu fatiga en mi fatiga
que yo mi pena apoyaré en tu pena»

¿Por qué no creer en la posibilidad de inventarnos un orden social que se nos parezca, y un modelo de asociación entre humanos que verdaderamente nos interprete?

Buena parte de América Latina ha vivido siempre su destino en la forma de un texto ilustre que flota sobre ella pero que no dialoga con su realidad. El contrato social supone la sujeción de todos a una ley, pero la condición es que sea una ley válida para todos, y entre nosotros la relación con la ley está larvada por una suerte de escepticismo central. La sospecha de que la ley que impera sobre nuestras cabezas es una ley tramposa, que siempre obró con excepciones frente a ciertos poderes, que no sancionó con la misma severidad a las distintas clases sociales, a las distintas etnias, a las distintas comunidades humanas.

Nuestras leyes no nacieron de nosotros. Siempre existió aquí una discordia entre la realidad y el lenguaje. Para un español la identidad entre la palabra y la cosa es algo indudable. Para un latinoamericano, como para un filósofo, entre las palabras y las cosas no hay una correspondencia plena, hay una zona de vacío, un desajuste, una demora. La lengua nació lejos y no llegó a dialogar con este mundo sino a sobreimponerse a él como se impone el sello sobre el papel oficial, con un golpe y dejando una mancha. Así las cosas no quedan bautizadas sino designadas, nombradas apenas. Y aquí vivimos siempre la fiebre de los nombramientos. Cuando se dice que fulanito ha sido nombrado, tenemos la sensación de que ha comenzado a existir. Ese nombramiento siempre supone no una confirmación de lo que ese alguien intrínsecamente es, sino una dignidad que le viene de otra parte. Es duro cargar con siglos de sujeción a unos poderes que nos nombran, nos designan, nos reparten, nos trazan nuestro destino, y que no han venido nunca a conocernos. Aquí a la gente le dolía que esos reyes que derivaron tanto poder y tanto lustre de sus territorios de ultramar no vinieran a verlos jamás. Todavía en la víspera de la emancipación, en el umbral de las rebeliones históricas, en el paladar del grito de independencia, muchos exclamaban, «Viva el rey y muera el mal gobierno». Lo que quería mucha gente no era tanto dejar de ser subordinada, ni dejar de ser súbdita, sino dejar esa condición fantasmal. Que por un instante siquiera el cuerpo y el alma del imperio coincidieran en suelo americano, como para su fortuna les ocurrió a los brasileros.

América Latina ha sido siempre una réplica de Europa. Pero eso es algo que también podría decirse de los Estados Unidos. La diferencia consiste en que los elementos que exagera la réplica norteamericana no son los mismos que exagera la réplica latina. Los Estados Unidos son los herederos de la industriosidad europea, de la planificación europea, del espíritu imperial europeo. La América Latina es heredera de los escrúpulos de Europa, de las fantasías de Europa, de las discordias íntimas que han sacudido el alma de Europa. Y sería un error pensar que ello es necesariamente negativo. Han salido más cosas provechosas de las contradicciones de Europa que de su unanimismo. La contradicción es dialogadora y teatral, es capaz de duda y de filosofía, es un manantial de artes y de preguntas. La contradicción es un modelo de convivencia.

Se diría que es una ironía imperdonable decir que precisamente Latinoamérica ha demostrado ser más capaz de convivencia que Norteamérica. Una ironía porque es aquí donde nos peleamos como perros y gatos, donde nos precipitamos en la delincuencia, en la miseria, en la exclusión, en la pauperización. Pero yo me veo en la obligación de afirmar que aquí vivimos como perros y gatos, porque aquí hay perros y gatos. En tanto que en Norteamérica hubo siempre la vocación de que sólo hubiera perros, y siempre se exigió que los gatos, para ser aceptados, se comportaran como perros. Ustedes me perdonarán esta analogía pecadoramente zoológica, pero la prédica de democracia de la sociedad norteamericana, tan pregonada y defendida por Walt Whitman, fue siempre, ya en la práctica, falaz. Allí, como dice el dicho, todos eran iguales, pero había unos más iguales que otros. A Louis Armstrong, cuando ya era el mejor jazzista de los Estados Unidos, todavía le tocaba comer en la cocina. Si todos los ciudadanos eran ilustres descendientes de europeos, la democracia era indiscutible.

Pero a partir del momento en que había que aceptar como parte de esa democracia también a los hijos de los esclavos, también a los inmigrantes de tierras menos homogéneas, la capacidad de convivencia de esos blancos demócratas se fue haciendo más dudosa.

Yo siento que nuestros países están a punto de vivir sus mayores desafíos. El mundo moderno vive por todas partes una doble situación de envanecimiento y de crisis. Las conquistas de la técnica, de la ciencia y de la industria parecen agotar las expectativas de vastos sectores de las sociedades planetarias, y no parece haber espacio en el mundo para soñar con otro orden material y mental y moral. Pero aunque la sociedad norteamericana vive su modelo de trabajo y consumo, de pasividad y espectáculo, como una suerte de Iglesia fuera de la cual no hay salvación, como la expresión inapelable e indiscutible del progreso, creo que algo ha comenzado a agrietarse en esa fe. Antes que ser los pobres los que se lanzan a la venganza, son los ricos los que están sucumbiendo a la prepotencia y al terror. Y causa escozor ver a los muchachos bien alimentados de las sociedades opulentas del planeta, avanzando con armas sofisticadas y con arsenales mortíferos contra los pueblos de la orilla.

Cuando los prosélitos de un orden cualquiera empiezan a renunciar a la convicción de que la justeza de ese orden lo hará deseable para todos, cuando empiezan a desesperar por el hecho de que la gente no parezca tan entusiasta con esas promesas, cuando empiezan a gritar que hay que imponer el modelo a sangre y fuego, es porque están perdiendo su fe en él. Lo que no puede compartirse con la humanidad por los caminos de la persuasión y de la paz, lo que tiene que imponerse por la violencia, está perdiendo su fuerza civilizadora, está confesando su impotencia.

Tal vez todas esas objeciones que han ido creciendo frente a las fuerzas destructivas del gran capital le están haciendo perder su confianza en sí mismo. Y ya no quiere seducirnos sino obligarnos. Pero sólo logrará que sea cada vez más urgente inventarse otra cosa. Una sociedad más natural, más sencilla, más austera, más preocupada por la creatividad que por el consumo, por el afecto que por el poder, por las canciones que por las metralletas, por la poesía que por la publicidad, por la inagotable magia de la naturaleza que por tantas cosas inútiles que produce la basura industrial. Tal vez nada nos ayude más a buscar ese camino que ver cómo se enloquece la codicia, armada hasta los dientes, hasta poner en peligro al mundo entero.
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Trasfondo