El síndrome Gore

Paul Krugman*

El día que Al Gore compartió el Premio Nobel de la Paz, los editores de The Wall Street Journal no podían siquiera mencionar su nombre.

En cambio, dedicaron su editorial a una larga lista de personas que, pensaban ellos, merecían más el premio. Y en el National Review, Iain Murray sugirió que el premio debió compartirlo con “ese bien conocido promotor de la paz: Osama bin Laden, que implícitamente apoya la posición de Gore”. Bin Laden alguna vez dijo algo sobre cambio climático y, por tanto, cualquiera que hable de cambio climático es amigo de los terroristas.

¿Qué tiene Gore que enloquece a la derecha? En parte, es una reacción a lo que sucedió en el año 2000, cuando el pueblo estadounidense escogió a Gore, pero su oponente terminó en la Casa Blanca. Y ahora que Bush ha demostrado en forma inequívoca que era el hombre equivocado para el cargo –de hecho, el mejor Presidente que hubiera podido esperar Al-Qaeda–, los síntomas del síndrome Gore de trastorno mental se han vuelto aún más extremos.

“Siempre hemos sabido que el interés propio irresponsable es una mala moral”, dijo Franklin Delano Roosevelt. “Ahora sabemos que es mala economía”. Estas palabras se aplican perfectamente al cambio climático. Es del interés de la mayoría (y en especial de sus descendientes) que alguien haga algo para reducir las emisiones del bióxido de carbono y otros gases invernadero, pero a cada individuo le gustaría que ese alguien fuera otro. Hay que dejárselo al libre mercado, y en unas cuantas generaciones Florida estará bajo el agua.

La solución a tales conflictos entre el interés propio y el bien común es proporcionar incentivos. En este caso, se le tiene que dar una razón a la gente para reducir las emisiones de gases invernadero, ya sea que pague un impuesto sobre las emisiones o que compre permisos de emisiones. Sabemos que dichas políticas funcionan: el sistema ‘mercado de derechos de emisiones’ de permisos para bióxido de sulfuro ha tenido muchísimo éxito en la reducción de la lluvia ácida.

No obstante, es más difícil lidiar con el cambio climático que con la lluvia ácida, porque las causas son mundiales. Así es que tratar el cambio climático no sólo requiere impuestos nuevos o su equivalente. También necesita negociaciones internacionales en las cuales Estados Unidos tendrá que ceder tanto como obtener.

Todo lo que acabo de decir debería ser incuestionable, pero imaginen la recepción que un candidato republicano a la Presidencia recibiría si reconociera estas verdades en el próximo debate electoral. Hoy en día, ser un buen republicano significa creer que siempre se deben reducir los impuestos, nunca aumentarse. También significa creer que deberíamos bombardear e intimidar extranjeros, no negociar con ellos.

Así es que si la ciencia dice que tenemos un gran problema que no se puede solucionar con reducciones fiscales o bombas, se debe rechazar la ciencia y enlodar a los científicos. Lo que nos lleva a la mayor razón por la cual la derecha odia a Gore: en su caso ha fallado la campaña de calumnias. Ha aguantado todo lo que pudieron lanzarle y ha surgido más respetado, con mayor credibilidad que nunca. Eso los enloquece.

* Columnista del New York Times, profesor de Princeton University.c. 2007 – The New York Times News Service

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