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ETANOL DE MAÍZ: ¿COMBUSTIBLE PARA RICOS O ALIMENTO PARA HAMBRIENTOS?

Por Mark Sommer (*)

ARCATA, California, Nov (IPS) Como un estudiante holgazán ante la inminencia
de un examen final, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, afronta
la crisis de los hidrocarburos estableciendo ambiciosas metas para producir
anualmente 35 mil millones de galones de agrocombustibles para 2017.

El gobierno de Bush aprieta el acelerador en la producción de etanol,
alarmado por el aumento del precio del petróleo, la inestabilidad en
regiones ricas en hidrocarburos y la creciente competencia por esos recursos
de potencias como China e India.

Pero, empujado por poderosos intereses, el presidente eligió el maíz para
destilar etanol, una opción cara, ineficiente y destructiva.

El etanol no es intrínsecamente un mal negocio. Aunque ha estado en el
tapete desde que Henry Ford lo consideró como un combustible potencial para
su modelo Ford T, la única nación que ha explotado su potencial práctico es
Brasil.

Un amplio sector del transporte de ese país utiliza etanol refinado de la
caña de azúcar, que llena los tanques de vehículos adaptados al uso de ese
biocombustible, fabricados en el propio Brasil.

Con una eficacia energética ocho veces superior a la del alcohol carburante
de maíz, el etanol brasileño habría conquistado por completo el mercado
estadounidense si Washington no le hubiera aplicado un arancel aduanero de
54 centavos de dólar por galón (3,78 litros) para favorecer los intereses de
los maiceros estadounidenses.

En los últimos años, grandes empresas distribuidoras de alimentos como
Cargill y Archer Daniels Midland han presionado a la Casa Blanca y al
Congreso legislativo para obtener generosas subvenciones a la producción de
maíz, que se suman a la barrera arancelaria de 54 centavos por galón.

El etanol de maíz resulta un mal negocio en muchos aspectos. Como antídoto
al cambio climático su aporte es insignificante, dado que emite solamente 13
por ciento menos de gases de efecto invernadero que la gasolina.

Sus costos elevados son ya evidentes para 800 millones de personas que no
tienen suficientes alimentos en el mundo. La presión ejercida por la demanda
de etanol de maíz causó el año pasado en México un aumento de 50 por ciento
en el precio de las tortillas, la base de la alimentación de los mexicanos.

China e India están comenzando a sufrir la inflación provocada por el
encarecimiento del maíz y de la soja. Las existencias mundiales de alimentos
se reducen a niveles en los cuales no será posible contrarrestar una gran
hambruna como las que las sequías, las inundaciones y otros disturbios
climáticos provocan cada vez con más frecuencia.

Pero el etanol de fuentes no alimentarias podría proporcionar significativos
beneficios ambientales y económicos y evitar la oposición, éticamente
detestable, entre combustible para los ricos o alimento para los hambrientos.

Por ejemplo, el etanol de celulosa, a su vez obtenida de desechos de madera
y de pasturas, ofrece una alternativa potencial.

Considerado inicialmente hace una década, ha sido lento en desarrollarse por
la escasez de capitales e investigaciones y por un obstáculo tecnológico
sustancial para obtener de modo eficaz y económico la descomposición
enzimática de la compleja cadena química de la celulosa a gran escala. Hasta
hoy no se ha construido ninguna gran planta de etanol de celulosa y ese
proceso enzimático sigue siendo más caro que el del maíz.

La clave para reducir los impactos económicos y ambientales del etanol
consiste en usar desechos alimenticios y cultivos explícitamente dedicados a
la producción de combustibles en tierras desgastadas o no apropiadas para
otras formas de agricultura.

Hay una especie de justicia poética en replantar las Grandes Planicies de
América del Norte con las resistentes pasturas originarias que alguna vez
alimentaron a millones de búfalos. Pese a que este tipo de producción está
muy atrás en subsidios y en inversiones respecto del maíz, el etanol de
celulosa está comenzando a ganar impulso.

No hubo nada en las últimas décadas que haya generado en el sector privado
tanto entusiasmo ni inversiones como esta producción, dice Keith Collins,
economista jefe del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

Sin embargo, aunque el maíz sea finalmente reemplazado por la celulosa,
seguiremos enfrentando el desafío de poner a los intermediarios del
agronegocio, una de las fuerzas más potentes en el mundo, a tono con las
necesidades humanas que están lejos de ser su prioridad.

Irónicamente, los altos precios de los alimentos no ayudan a los
agricultores ni a los consumidores. Como decía una balada popular en tiempos
de la Depresión en Estados Unidos, el intermediario es el que se lleva todo.

El alimento debe estar sobre todo al servicio de un derecho humano, y no ser
una simple materia prima que se comercia a expensas de aquellos que no
pueden permitírsela. Debemos tomar conciencia de esto y estructurar un
sistema de producción de combustibles y de alimentos más inspirado en
valores humanos que en el interés de los accionistas. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) El periodista estadounidense Mark Sommer dirige el programa radial
internacional A World of Possibilities ( www.aworldofpossibilities.com).
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