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68 + 89 = Nuevo capitalismo

May 19 2008

Por Timothy Garton Ash (*)

A cuarenta años del Mayo francés y a casi veinte de la caída del Muro de Berlín, prevalece el modelo político y económico que fue capaz de procesar revoluciones tan distintas y salir fortalecido de semejante laboratorio.
Durante la «revolución de terciopelo» de 1989 vi un cartel improvisado en un escaparate de Praga. Mostraba el número 68 invertido y convertido en 89, con unas flechas que indicaban la rotación. Dos años, 1968 y 1989: la historia de dos revoluciones. O, al menos, dos oleadas de lo que muchos llamaron en su día «revolución». Un cuadragésimo aniversario este año, un vigésimo aniversario el año que viene. ¿Cuál de los dos se recordará más? ¿Y cuál cambió verdaderamente más cosas?

Desde el punto de vista político, el 89 cambió mucho más. Las primaveras del 68 en Varsovia y Praga acabaron en derrota; las de París, Roma y Berlín acabaron en restauraciones parciales o cambios muy graduales. La manifestación más grande en París fue la del 30 de mayo de 1968, una manifestación de la derecha, a la que el electorado reinstauró en el poder a continuación durante otros 10 años. En Alemania Federal, parte del espíritu del 68 logró introducirse en la socialdemocracia reformista de Willy Brandt.

En todos los países de Occidente, el capitalismo sobrevivió, se reformó y prosperó. Las revoluciones de 1989, en cambio, acabaron con el comunismo en Europa, el imperio soviético, la división de Alemania y una lucha ideológica y geopolítica -la Guerra Fría- que había determinado toda la política mundial durante medio siglo. Fue, en términos geopolíticos, tan importante como 1945 y 1914. En comparación, el 68 fue insignificante.

Vista desde hoy, gran parte de la retórica marxista, trotskista, maoísta y anarco-liberal del 68 parece ridícula, infantil e irresponsable. En la London School of Economics gritaban: «¿Qué queremos? Todo. ¿Cuándo lo queremos? Ya». Narcisos de bandera roja.

Los que en 1968 se mostraron tan duros respecto a la generación de sus padres (los del 39) por haber sido compañeros de ruta de los terrores del fascismo y del estalinismo podrían querer en este aniversario hacer un pequeño examen de conciencia sobre su propia ligereza al comportarse como compañeros de ruta del terror en países remotos de los que sabían poca cosa.

Pero en ese examen de conciencia hay que tener en cuenta también que muchos representantes destacados de la generación del 68 sí aprendieron de aquellos errores y frivolidades. En los mejores casos, se dedicaron durante los decenios posteriores a una política más seria de tipo liberal, socialdemócrata o de»nuevo evolucionismo» verde, que incluyó el fin de un montón de regímenes autoritarios europeos, desde Portugal hasta Polonia, y la promoción de los derechos humanos y la democracia en países lejanos de los que aprendieron a saber más.

Un balance que califique el 68 como algo frívolo e inconsecuente, a diferencia de un 89 serio y lleno de consecuencias, es demasiado simplista. El arquetípico miembro del 68 Daniel Cohn-Bendit destaca un elemento crucial: «Vencimos en lo cultural y lo social y afortunadamente perdimos en lo político».

La revolución de 1989 produjo, con una asombrosa falta de violencia, una transformación trascendental de las estructuras políticas y económicas, tanto nacionales como internacionales. Desde el punto de vista cultural y social, fue más una restauración o, al menos, la reproducción o imitación de las sociedades de consumo occidentales.

La revolución de 1968 no engendró ninguna transformación equiparable de las estructuras políticas y económicas, pero sí fue el catalizador de un profundo cambio cultural y social, tanto en Europa occidental como en la oriental. En realidad, 1968 representa un fenómeno más amplio, los sesenta, en los que la difusión de la píldora fue más importante que cualquier manifestación y barricada.

Un cambio de estas dimensiones no es nunca sólo positivo, y en nuestras sociedades actuales podemos ver algunas consecuencias negativas; no obstante, fue un paso adelante hacia la emancipación humana. En la mayoría de nuestras sociedades, las posibilidades de vida de las mujeres y los homosexuales, de todo tipo de minorías y clases sociales que hasta el 68 se habían visto impedidas por una jerarquización rígida, son mucho mejores hoy que nunca. Incluso los críticos del 68 como Nicolas Sarkozy se han beneficiado de esa transformación (¿podría haber llegado a presidente un divorciado hijo de inmigrantes en el mundo idílico que, según él, existía antes del 68?).

A pesar de los enormes contrastes entre los dos movimientos, el resultado combinado del utópico 68 y el antiutópico 89 fue, en la mayor parte de Europa y gran parte del mundo, una versión globalizada de un capitalismo reformado, social y culturalmente progresista y políticamente socialdemócrata.

(*) HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE OXFORD