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El Cáucaso y las apuestas geopolíticas de las grandes potencias

Ago 21 2008

Por Johan Galtung (*)

ALFAZ, ESPAÑA, Ago (IPS) En junio de 1997 fui invitado por los embajadores de Georgia, Armenia y Azerbaiyán en Washington a visitar sus respectivos países y a explorar posibles soluciones a los conflictos en el sur del Cáucaso, de nuevo hoy en plena ebullición.

Mi recomendación entonces fue la de formar una comunidad caucasiana con Georgia, Armenia, Azerbaiyán y las 28 nacionalidades del área, así como de establecer una zona común donde los tres países pudieran reunirse en una administración conjunta, con un aeropuerto internacional conectado por tren con las tres capitales.

La geografía ha situado al Cáucaso circundado por Rusia al norte, Turquía al oeste e Irán al sur, pero ahora tiene también a Estados Unidos por todos lados en la región. Estados Unidos llegó finalmente, luego de una impaciente espera, a Georgia y Azerbaiyán, mientras que Rusia ha llegado a Abjasia y Armenia.

El Cáucaso es actualmente el principal teatro de la naciente Guerra Fría II, que implica el establecimiento de un cerco alrededor de Rusia-India-China (que abarcan el 40% de la humanidad) a fin de controlar a Eurasia (una «Isla Mundo», según la geopolítica de MacKinder de un siglo atrás) a través de la expansión hacia el Este de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y de la expansión hacia el Oeste del sistema de seguridad estadounidense-japonés AMPO (con Corea del Sur y Taiwán como miembros de facto).

Además, Estados Unidos está presionando para que se incluya a Georgia y Ucrania como miembros de la OTAN para acercarse cada vez más al corazón de Rusia. Esta idea fue rechazada en la última reunión de la OTAN en un arranque de sentido común, pero no por cuestión de principios, por otros miembros de la organización. Sucedió que, simplemente, la situación no estaba madura aún para ceder a la presión norteamericana.

El cambio de régimen en China es el número 7 de los 10 objetivos geopolíticos contenidos en el «Proyecto para un nuevo siglo estadounidense», que sigue siendo un elemento clave subyacente en la política exterior norteamericana. Washington, además de a Ucrania y Georgia, también les ha impartido funciones militares a Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Kirguistán, Kazajistán y Tayikistán, en conexión, según se aduce oficialmente, con la situación en Afganistán y, genéricamente, con la «guerra al terrorismo». Estos objetivos a corto plazo han sido aceptados por dirigentes mediocres a riesgo de convertir a la región en una zona de guerra en la lucha por el poder en Asia Central.

En síntesis, el Cáucaso podría convertirse en una importante zona de guerra si se intensificara la Guerra Fría II, no con un enfrentamiento directo entre Washington y Moscú sino con varias guerras locales «por apoderado», como ocurrió durante la Guerra Fría I. Para movilizar a las dos partes, el conflicto territorial de Nagorno-Karabaj (NK) debe ser mantenido vivo como un caso no resuelto. Una posibilidad para ello es que Azerbaiyán invada NK cuando el petróleo lo haya hecho suficientemente rico como para hacer caso omiso del resultado de la última guerra por ese mismo territorio. De ese modo se alimentará una interminable cadena de venganzas y represalias.

Georgia, ahora en plena erupción, es un caso puntual. El Ejército Rojo funcionó antes como la tapa de la caldera que era la Unión Soviética. Cuando esa tapa fue quitada, la caldera se desbordó. Ahora ocurre lo mismo con Georgia. Al quitarle la tapa también a las calderas de Abjasia y Osetia del Sur (y a la de la musulmana Ajar) se impusieron allí los movimientos secesionistas y el rechazo a la invasión cultural y económica de parte de Georgia, así como a la dependencia política del gobierno georgiano. En cambio, ambas regiones están muy cercanas a Moscú, lo que no significa necesariamente que quieran convertirse en parte de Rusia.

¿Cuáles son las soluciones posibles? Georgia como estado unitario no tiene posibilidades, excepto en la propaganda nacionalista georgiana. Como federación las perspectivas serían mejores, pero la opción más viable podría ser la creación de una comunidad caucasiana integrada por las cuatro entidades. Algo similar puede aplicarse al todavía más difícil conflicto de Nagorno-Karabaj: cualquier tipo de paz deber respetar los derechos armenios a la autodeterminación y la igualdad de las partes. Intercambiar los derechos humanos de los armenios de NK por el flujo de petróleo puede parecer una solución inteligente para los dos Estados, pero la paz a ese costo sería una bomba de tiempo pronta para explotar en cualquier momento. Asimismo, preservar el statu quo es injusto para los correspondientes pueblos y dividir a NK haría que las dos partes no fueran viables ni sostenibles.

Las acciones viables podrían incluir lo siguiente:

-NK como un estado independiente obligado a proteger a sus minorías;

-NK gobernado conjuntamente por Azerbaiyán y Armenia;

-Una confederación, o incluso una federación, Azerbaiyán-NK-Armenia;

-El Cáucaso en su totalidad como una confederación o incluso una federación y NK como una parte de ella;

-La integración de todas las partes a la Unión Europea como una federación de facto.

La paz en el Cáucaso implica el apartamiento de la esfera de influencia de las grandes potencias y el compromiso con políticas caucasianas integradoras. Las políticas actuales no conducen a la paz. Un gobierno georgiano que trata de ganar apoyo popular al reclamar «territorios perdidos», esperando al mismo tiempo obtener el apoyo de Estados Unidos, no ha hecho sino agravar la situación y posiblemente puede conducir a una confrontación mayor aún. Son imprescindibles, en cambio, comportamientos dignos de estadistas. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Johan Galtung, profesor de Estudios sobre la Paz y fundador de TRANSCEND, organización dedicada a la pacificación y el desarrollo (www.transcend.org/tup).