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La revolución en Villa García

Ago 15 2008

Por Esteban Valenti (*)

El miércoles 13 de agosto se entregó en la escuela de Villa García la computadora número 100.000 del Plan Ceibal. Se la entregó el Presidente de la República al niño más pequeño de toda la escuela, Matías Reyes. Había muchas autoridades nacionales y municipales, mucha, mucha prensa, maestros y ex maestros, padres y vecinos y estaban los niños, que con sus túnicas y sus moñas dominaban el gran salón improvisado bajo una carpa. Hacía un frío cruel. Pero nadie quería perderse un detalle.

Estábamos asistiendo en vivo y en directo – como corresponde a esta época – a un momento simbólico de una gran revolución educativa en nuestro país: el Plan Ceibal. Lo mejor que ha hecho este gobierno, el cambio más importante que se ha producido en la educación desde Varela. Aunque suene muy grande. Lo es.

Con esas maquinitas verdes los niños reciben además de la posibilidad de conectarse a Internet, de introducirse personal y familiarmente en la gran revolución de las nuevas tecnologías y de la información, muchos mensajes. El más importante: que en el Uruguay el Estado, en representación de toda la sociedad, les brinda una atención especial, única. Y el valor de ese mensaje es que es universal, no hay selección, son todos, los niños y maestros de la escuela pública. Es un gran mensaje de confianza en ellos y en el propio país.

Es un mensaje de modernidad. Los cambios, la reforma deben partir de valores que ha construido toda la Nación, en su diversidad y pluralidad, tienen historia, tienen un rico pasado de elaboración conceptual y moral sobre la educación y la pedagogía; pero sobre todo, tienen futuro; aceptan mirar el mundo de la tecnología y sumarse a él, sin complejos, sin pedirle perdón a nuestro tamaño, a nuestra posición en el mundo. El futuro es una palabra esquiva, que a veces sirve para evadirnos de la realidad, para huir de las tenazas más severas de nuestra cotidianidad. En esa escuela presenciamos futuro con los pies en la tierra y en la actualidad. Fue otro mensaje de confianza.

Fue un mensaje de justicia. No hay ni habrá sociedades de iguales, no somos termitas, ni queremos serlo, pero queremos construir un país de igualdad de oportunidades, sobre todo a partir de la escuela. Y no tenemos tiempo, se nos escurre entre los dedos, por eso hay que buscar y construir cosas y hechos que impacten rápido, fuerte y que nos obliguen a correr detrás de los cambios, perseguirlos, arriesgarnos. Fue también un mensaje de audacia.

Reciben un desafío para entrar en el mundo nuevo de la educación permanente y el conocimiento, cruzando la brecha digital que se ha sumado a otras brechas sociales y culturales que dividen el mundo y también a nuestro país. El que queda del otro lado de la sociedad de la información, difícilmente logre recuperarse. Los uruguayos no nos quejamos, no analizamos solamente, no nos lamentamos, tomamos el reto y la oportunidad y cruzamos la brecha digital y social con cientos de miles de puentecitos color verde.

Fue un acto corto, más cantado que hablado. Se dijeron pocos y breves discursos, incluso el presidente – que ha sido el sostén fundamental de este Plan – ni siquiera hizo uso de la palabra. Cantamos el himno y los niños cantaron una hermosa canción a su escuela, un poco casa, un poco hermano, un poco plaza. A muchos grandes nos brillaban los ojos. Y en eso de emocionarse no hay ni protocolos ni jerarquías.

La mítica escuela de Villa García, la de Martínez Matonte, la de la cooperación y la solidaridad, la del liceo popular y la más poblada de Montevideo cumplió cien años. Hace poco. De esas raíces profundas surge toda su fuerza, su energía. Estaba en el aire, se respiraba. Partes de esa escuela, de sus paredes de bloques y ladrillos fueron construidas por los padres y abuelos de los alumnos actuales. Hay un sentido de pertenencia que va mucho más allá de ser un centro educativo.

Mucho ha cambiado su entorno. De aquella escuela alejada de Montevideo por interminables 21 kilómetros, rodeada de chacras y quintas, a la actual en medio de once asentamientos, a pocos kilómetros de Zonamerica y de la perimetral que entroncará con el aeropuerto nuevo no hay sólo 40 años de diferencia, hay una larga historia llena de cicatrices sociales, culturales y humanas. La escuela de Villa García es hoy más necesaria que nunca, que antes, que cuando Martinez Matonte la imaginó y la peleó como una forja de trabajo, valores y ciudadanos cultos.

Sin esa escuela, sin nuestras escuelas públicas no hay posibilidad de políticas sociales profundas, no hay la más remota posibilidad de derrotar la desintegración social y en particular de combatir la infantilización de la pobreza, que en nuestro país sigue siendo el mayor problema que afrontamos. Que afrontan naturalmente esas familias, esos niños pobres, pero que es un problema para toda la sociedad.

Con estos niveles de pobreza no hay posibilidad de construir un proyecto nacional, de asegurar un ritmo sostenible de desarrollo. Hemos salido del infierno de la crisis, hemos reconstruido y fortalecido los cimientos del país; sobre ellos podemos y sobre todo debemos construir más justicia, más libertad, más cultura y ciudadanía. Y eso es en primer lugar, la escuela.

El encuentro más noble, más fecundo entre la gente y el Estado es a través de la educación y en particular de la escuela pública. No sólo de los niños, sino de las familias, porque las involucra y les da participación. Y otro mensaje concreto y palpable del Plan Ceibal, otro de sus rasgos distintivos es que los niños se llevan la computadora a la casa, no llevan sólo una máquina, llevan una parte de la escuela, de sus mensajes y sus enseñanzas, de sus posibilidades y sus apetitos por aprender cosas nuevas. Obligan a los padres a involucrarse más directamente en una parte importante de la educación de sus hijos.

El Plan Ceibal recién comienza. Su impacto será inmediato – ya lo es – pero en realidad, los cambios que introducirá en nuestra educación y por lo tanto en nuestra sociedad se irán viendo con los años y serán muy profundos. Su valor no depende de las máquinas, ni de la conectividad, depende de la gente, de los maestros, de los pedagogos, de los que se atrevan a producir nuevas formas de conocimiento de calidad accesibles por la red, de las redes que a nivel nacional y local se creen.

La relación de la educación y el mundo del trabajo, no simplemente como un modo de subsistencia, sino como una identidad y una cultura esencial para los países, tiene posibilidades impensables a través de la red.

Las formas de participación democrática en la vida de las escuelas y de la enseñanza en general también son nuevas, creativas y sin límites a la vista. Sólo los de nuestra imaginación.

El Plan Ceibal es un proyecto del gobierno, pero ha movilizado e involucrado a cientos de personas en todo el país. Trabajo voluntario, esfuerzo, pasión, sin lo cual nada es posible. El entusiasmo y la pasión no cotizan en el mercado.

Un ex maestro mencionó a Guttemberg y su imprenta de tipos móviles como antecedente de esta nueva era. Es cierto. También en aquellos años de la edad media algunos consideraron que con la vulgarización de la lectura y la cultura se ponían en peligro sistemas de dominación y de monopolio del saber y su difusión. Y sobre todo, se ponían en discusión algunas verdades indiscutibles.

Otro mensaje muy importante – lanzado por este camino comenzado hace tan poco tiempo en la escuelita de Cardal -, es que la sociedad del conocimiento, de la inteligencia, – la que pone a prueba más que nunca el principal instrumento de los seres humanos: su cerebro – ha llegado como una tromba al Uruguay y ahora sacude y recorre los soportes principales de nuestra sociedad: sus escuelas, convocándonos a todos al cambio, a la innovación y a compartir, no por piedad, sino por igualdad y solidaridad.

(*) Periodista Coordinador de Bitácora