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Los juegos chinos y los fuegos rusos

Ago 19 2008

Por Mário Soares (*)

LISBOA, Ago (IPS) Los vientos veraniegos siempre nos deparan alguna sorpresa. Cuando los europeos salen de vacaciones y no quieren sentir hablar de otra cosa que de la delicia de las playas o de los refugios en las montañas surgen invariablemente acontecimientos que distraen nuestra atención.

Esta vez, después del comienzo de las vacaciones, la actualidad se concentró en Rusia y China.

Primero en Pekn, donde se escogió el número de la suerte para los chinos -el 8- para iniciar los Juegos Olímpicos, el día 8 del octavo mes de 2008 a las 8 horas, 8 minutos y 8 segundos.

Se trata de un gran acontecimiento. China, procura abrirse al mundo -obviamente con reservas- y para ello cuenta simbólicamente con más de cuatro mil años de historia transitada con ingenio, creatividad y buen gusto.

El Presidente de China, Hu Jintao, declaró que «el gobierno y el pueblo chino respetarán con seriedad los compromisos que hemos asumido ante la comunidad internacional». Se hizo un esfuerzo -es evidente- pero no olvidemos, en materia de derechos humanos y singularmente en el caso de Tibet y de otras minorías, la violencia y la brutalidad con que fueron contenidos los reclamos de estas poblaciones.

Por otro lado, precisamente en Pekín y en las proximidades del estadio olímpico -que es una joya arquitectónica de excepcional belleza y originalidad- fueron demolidas centenas de viviendas de pobres, dejando a sus ocupantes sin habitación. Vemos en esto una de las inevitables contradicciones de los regímenes totalitarios.

Sin embargo, los Juegos Olímpicos de Pekín no se pueden -ni se deben- comparar a los Juegos Olímpicos de Berlín, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. En este último caso había un país totalitario dominado por un dictador, Adolf Hitler, que se preparaba activamente para dominar al continente europeo. En cambio, hoy en China no se está por declarar guerra alguna. Es un país emergente que quiere ser reconocido y respetado como tal, pese a sus numerosos problemas internos y a las contradicciones que no ha logrado superar y que requieren tiempo, prudencia y paz.

Por ello, el Presidente francés Nicholas Sarkozy actuó con ligereza -más notable por estar ejerciendo la presidencia de la Unión Europea- al afirmar que no estaría presente en la apertura de los Juegos de Pekín por causa del Tibet y de otros atentados a los derechos humanos, para luego presentarse. A Sarkozy, esta contradicción entre lo dicho y lo hecho, comienza a sucederle con demasiada frecuencia.

Rusia, otro país emergente y con una población relativamente poco numerosa dada su inmensa extensión, sus riquezas naturales (petróleo, gas, minerales, cereales, bosques y potencialidades de diverso tipo) perdió, con el colapso del comunismo, su puesto de segunda potencia mundial. Desde entonces ha sido sistemáticamente humillada por el Occidente Un error fatal.

El ex Presidente y ahora Primer Ministro Vladimir Putin, con su estilo enigmático y reservado, no se dejó amilanar. En pocos años sacó a su país del pantano en que se hallaba, recuperó el orgullo nacional y mostró al mundo que Rusia no puede ser menospreciada y, mucho menos, humillada.

Pero Rusia tiene problemas étnicos, culturales e históricos derivados del complicado ajedrez de sus poblaciones que no es fácil encarar con la fuerza, como en los tiempos pasados de Stalin y Breznev. El caso más conocido es el de Chechenia, que ha causado innumerables preocupaciones y está lejos de haber sido resuelto. Y ahora Rusia y Georgia se han enfrentado en una guerra abierta, extremadamente peligrosa para los dos países y para el Occidente,
incluyendo a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que George W. Bush trata de empujar hacia esta aventura. El gobierno de Tiblis, tierra de nacimiento de Stalin y capital de Georgia embistió contra el enclave de Osetia del Sur. Y Rusia ha replicado enviando sus poderosas fuerzas armadas.

Si tomamos en consideración las dificultades que han suscitado las proyectadas bases de misiles dirigidas contra Rusia y la penetración de la OTAN en países como Azerbaiján, Moldavia, Kazaquistán, Ucrania (que ha sido altamente prudente, para no alarmar a Rusia) y ahora Georgia, parece estarse llenando un barril de pólvora en el Cáucaso, zona rica en hidrocarburos. La Unión Europea asiste aparentemente impávida -o impotente- a estas operaciones, por donde pasan importantes oleoductos (norteamericanos y rusos) como si un conflicto de esta magnitud no afectase sus intereses. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal.