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Una cola de dos orillas

Ago 11 2008

Por Leonardo Padura Fuentes (*)

LA HABANA, Ago (IPS) Quizás la institución más sostenida y urticante establecida en la Cuba de las últimas cinco décadas ha sido la cola. Desde los primeros años del triunfo revolucionario, cuando la escasez comenzó a convertirse en una presencia cotidiana, la cola fue creando su filosofía, y casi ningún cubano de los que ha vivido la realidad del país en estas cinco décadas ha podido estar ajeno a preguntas como «¿Quién es el último?», para buscar su lugar en la fila del pan, del ómnibus o del médico, ni a temblar ante la posibilidad de escuchar la frase más temida por los cubanos en este medio siglo: «Se acabó,caballeros» -refiriéndose a lo que se compraba o se obtenía al final de la cola.

Las colas, sin embargo, tienen una lógica. Perversa pero estricta. Los primeros tienen más posibilidades de alcanzar el producto o el servicio al que aspiran, los últimos casi nunca acceden a él, sea lo que sea.

Pero hay una cola en Cuba que escapa de todas las lógicas, de las artimañas de los «coleros» más entrenados y hasta de las intervenciones del más allá en que se empeñan santeros y espiritistas. Es la cola más dramática y frustrante (o gratificante) que se realiza en la isla y tiene como fin algo tan volátil y concreto como un visado.

En los finales de la década de los setenta del pasado siglo, el gobierno de Jimmy Carter dio importantes pasos hacia un entendimiento entre Washington y La Habana, distanciados desde la ruptura de relaciones decretada por Estados Unidos en 1961. Uno de los resultados de aquellas conversaciones fue el establecimiento de oficinas de intereses en una y otra capital. Desde entonces la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana se ha encargado de realizar los trámites migratorios de los cubanos que aspiran a viajar temporal o definitivamente a aquel país.

Demasiado extenso sería establecer el más sintético panorama de las etapas por las que, a lo largo de estos cincuenta años, ha pasado la cuestión migratoria cubana hacia los Estados Unidos. Pero algo se ha mantenido inalterado y ha sido la utilización con fines políticos de la separación de las familias, de la posibilidad de viajar de un país al otro y de emigrar legal o ilegalmente.

La cola de la Oficina de Intereses representa, mejor que ningún documento o política expresa, la temperatura de unas relaciones traumáticas entre dos países con tantos nexos históricos, culturales y familiares. En esa cola se han manifestado todas las políticas sostenidas por los diversos gobiernos norteamericanos respecto a la isla y todas las razones de los cubanos que han soñado con saltar al otro lado del Estrecho de la Florida.

Cuando alguien se lanza a buscar un turno en esa cola, sabe que cae de inmediato en el circuito de la sinrazón, de la manipulación de la lógica y de la imposibilidad de aplicar ningún principio estadístico. Es una cola donde nunca se sabe qué ley es la que rige, ni se conoce cuál es la prioridad favorable y en la que ni siquiera los «polvos» mágicos de los más renombrados santeros cubanos han logrado una efectividad atendible. El sueño de viajar y del reencuentro familiar demasiadas veces sufre allí descalabros por razones que pueden cambiar de un día para otro, incluso de una persona para otra y hasta con la misma persona: una vez alguien puede ser posible emigrante y la otra no gracias a la consideración personal de un funcionario que le permite (o no) a esa persona acceder al visado.

El absurdo cotidiano que se vive en esta cola ha sido, en el fondo -y en la superficie- el absurdo de la política hacia el sistema cubano que han mantenido los diversos gobiernos norteamericanos durante estos años. El hecho de que el derrocamiento del gobierno socialista cubano se haya convertido incluso en un rubro de la política doméstica norteamericana y en una importante carta electoral, ha alterado el necesario realismo con el que se debían ver las relaciones bilaterales. La política del embargo comercial, establecido en 1962 por el gobierno de John Kennedy, ha vivido momentos de laxitud -los menos- y de endurecimiento -como los actuales- sin que unos ni otros hayan conseguido su objetivo mayor.

El gobierno cubano, mientras tanto, ha tenido en el embargo y en las diversas agresiones norteamericanas a Cuba un valioso aliado para procurar la fortificación política e ideológica del país y castrar las posibles disidencias.

Hace un año, cuando el todavía presidente provisional Raúl Castro envío un gesto de entendimiento al gobierno norteamericano, la respuesta fue hostil y fundamentalista y la contrarrespuesta resulto ser la esperada. Y es que después de cincuenta años, la hostilidad de Washington (cuyo mayor resultado ha sido el sufrimiento de las personas individuales) no mueve al gobierno cubano.

Hoy, cuando están a la vista las elecciones en Estados Unidos, los cubanos nos preguntamos qué podrá cambiar en unas relaciones enquistadas y que tanto nos afectan. La posibilidad que anuncia McCain es más de lo mismo y ya todos sabemos que el gobierno cubano responderá con más de lo mismo: unidad, intransigencia, rechazo al cambio, no importa el precio. Obama, por su parte, promete algunos movimientos -en los viajes y las ayudas económicas familiares- sin tocar la esencia. Y aunque cada vez más personas, incluso más políticos, reconocen que la táctica empleada hasta hoy no ha obligado ni obligará a La Habana a introducir modificaciones -más bien lo contrario- el tema cubano, siempre en juego durante los períodos electorales, no promete cambios de fondo que, quizás, sí moverían las fichas del dominó.

¿O es que el estancamiento, en uno y otro sentido, es precisamente lo que necesitan los políticos?, se preguntan los cubanos. Mientras, los que tejen su ansiedad en la cola de la Oficina de Intereses miran hacia ese edificio gris y frío, más enigmático y voluntarioso que el viejo oráculo de Delfos: allí puede estar la respuesta a su destino. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Padura Fuentes, escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a una decena de idiomas y su más reciente obra, La neblina del ayer, ha ganado el Premio Hammett a la mejor novela policial en español de 2005.
Por Leonardo Padura Fuentes (*)