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A grandes crisis, grandes cambios

Oct 23 2008

Por Mark Sommer (*)

ARCATA, CALIFORNIA, Oct (IPS) La rapidez y severidad del actual colapso del mercado financiero ha sorprendido incluso a los analistas más avezados. Los políticos y los economistas no saben explicar como un edificio económico que ellos siempre habían creído inexpugnable repentinamente se derrumbó. Quizás no querían reconocer la más elemental verdad del mercado: lo que sube también baja.

El mercado de valores indudablemente continuará a girar mientras los inversores vanamente buscan un terreno firme. Pero, no obstante lo que dice George W. Bush, los cimientos no son sólidos. No se trata de una crisis cualquiera sino de una crisis de confianza sin precedentes acerca del liderazgo económico de Estados Unidos y, hasta cierto punto, de la entera economía global.

La deuda acumulativa de Estados Unidos (gubernamental, empresarial e individual), los déficit comercial y presupuestario, la cada vez más amplia brecha entre ricos y pobres y la destrucción de una estabilizante clase media, así como la falta de inversiones en educación, salud e infraestructura en la principal economía del mundo contribuyen a asegurar que las presiones hacia abajo no se revertirán a breve plazo.

Habrá dos elecciones realmente importantes en las próximas semanas y sus resultados se producirán en tándem. En la elección del presidente de Estados Unidos el resultado dependerá de si los votantes piensan que las actuales políticas son favorables para su futuro o si creen que deben cambiar fundamentalmente. Y los inversores en la economía global, influidos en parte por el resultado de estas elecciones, votarán con sus inversiones en dólares estadounidenses según crean que la economía esdounidense puede seguir siendo la superpotencia económica mundial o si, como piensa el columnista del New York Times David Leonhart, «2008 será visto como el primer año de un siglo claramente no estadounidense.»

Al mismo tiempo, esta crisis representa una oportunidad para reestructurar un modelo de capitalismo estadounidense que en recientes décadas se ha expandido por todo el mundo y se ha convertido en cada vez más insostenible e injusto. En los «buenos tiempos» de ese modelo pocos cuestionaban la validez de un sistema que explota tanto el trabajo como los recursos naturales. Pero ahora que ese sistema está haciendo implosión muchos están cuestionando sus ideas básicas y mirando hacia caminos más justos y sostenibles.

Historiadores de la Gran Depresión dicen que, pese a todas las penurias de esa época, también hubo entonces lugar para una innovación sin paralelo. Producto de la necesidad, experimentos de todo tipo proliferaron, puesto que los individuos y las instituciones buscaban nuevas soluciones. Y ahora, como nunca antes, necesitamos ideas y enfoques frescos, nuevos caminos para organizar nuestros modo de trabajo, de producción, de generación de energía y nuestros modelos de consumo.

A medida que la economía global reduce su velocidad, junto con la ineludible penuria vendrán cambios largamente postergados que necesitamos desesperadamente concretar. Ahora, por ejemplo, con el calentamiento global la reducción de nuestro consumo de energía se ha hecho imperativa.

Una prolongada depresión reducirá drásticamente el comercio y los viajes a escala mundial, moderando los daños que le causamos al clima y estimulando las innovaciones e inversiones en tecnologías más limpias y eficientes para la producción de energía.

Un segundo resquicio de esperanza es el retorno al localismo. Puesto que resulta cada vez más caro el traslado de mercancías a lugares lejanos, el creciente movimiento en procura de cultivar y comprar los alimentos localmente ganará impulso. Veremos entonces mercados de granjeros y un renacimiento de huertas y comercios locales. Sin embargo, al reducir los crónicos déficits comerciales se atenuaría un problema pero se crearía otro, dado que China y otras naciones exportadoras dependen de las importaciones de Estados Unidos para sostener sus economías. En este caso, hallar el justo equilibrio no será fácil.

El caso es que estamos por experimentar una transformación sistémica tanto de la economía como de la cultura global. Que el resultado de esta transformación se demuestre positivo o negativo dependerá fundamentalmente de si enfocamos el futuro con miedo o con confianza. Si, atrapados por el pánico, peleamos por tener más de nuestra cuota de recursos finitos y menguantes, la economía que crearemos se verá desgarrada por inestabilidades, inequidades y conflictos crónicos. Si, en cambio, tomamos este momento definitorio como un desafío, podremos transformarlo en una oportunidad singular para reafirmar el equilibrio, la equidad y la sostenibilidad como los principios para la organización de una nueva economía global.

Tanto la estabilidad social como la vitalidad económica requieren una amplia distribución de recursos. Sólo dando a todas las personas poder adquisitivo y una participación en el sistema se podrán poner los cimientos para el crecimiento sostenible. La sostenibilidad requiere apoyo para todo aquello en lo que la naturaleza y los esfuerzos individuales contribuyen al bien común. Crear un sistema económico que preserve nuestra riqueza común y evite que ésta sea robada para beneficio de unos pocos es el cometido de estos tiempos. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mark Sommer, periodista y columnista estadounidense, dirige el programa radial internacional A World of Possibilities (www.aworldofpossibilities.com).