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Colombia: Lloviendo sobre… Macondo

Oct 29 2008

Alberto Pinzón Sánchez (especial para ARGENPRESS.info)

Por allá en el 67 recién editado cien años de soledad, fue tal la desmesura causada en nuestro medio, que el profesor de la materia antropología de la familia en la Universidad Nacional, nos puso como trabajo de investigación elaborar el geno-grama de la relaciones de parentesco de clan exogámico de los Buendía.

No teníamos porqué saber que los Buendía no era una gens Engelsiana, sino una estirpe incestuosa de seres imaginarios repetidos en espejo, rondando sus vidas iguales con nombres distintos dentro de un tiempo congelado y circular. Que eran una ficción

Sin embargo, simultáneamente el filósofo canadiense Mc Luhan a su vez publicaba su teoría de la Aldea Global, anunciando premonitoriamente la interconexión informática de globalización capitalista y en medio de aquel sobresalto, la muy colombiana aldea fantástica de Macondo se globalizó como un equivalente de Colombia. Una postal de ficción bella y preciosamente narrada de nuestra centenaria y sangrienta realidad como país, poco después apostillada para la posteridad con el galardón sueco del Sr Nóbel.

Macondo, entre otras, congeló en el tiempo y el espacio como si fuera un pasmoso delirio, una de las características más sobresalientes de la calamitosa y cíclica historia colombiana: La eterna guerra civil bipartidista entre liberales y conservadores “por el poder”, como lo firmó en el pacto de Neerlandia el propio coronel de civil, Aureliano Buendía.

Pero después de los vagones de tren amarillo de Macondo, llenos con los tres mil cadáveres de los trabajadores fusilados por orden de Mr Brown (el gringo come guineo) en la espantosa masacre oficial ocurrida en 1928 en el enclave Norteamericano de la zona bananera de la Cienaga grande; el tiempo real siguió transcurriendo en Colombia. Nuestro capitalismo en campos y ciudades mediante la perpetua y sangrienta guerra liberal- conservadora, continuó expandiendo la acumulación de capitales dependiendo de los EEUU. La buena literatura en castellano tampoco se detuvo y hubo quien, teniendo en mente al emblemático tío del pato Donal rico McPato, dijera críticamente que el Macondo colombiano con los detectives salvajes del servicio de inteligencia colombiano (sic), bien podía llamarse McOndo.

Poco tiempo después, en 1957, vino del pacto nacional de paz también “por el poder” entre liberales y conservadores; pero la eterna e inmutable guerra civil de Colombia continuó desenvolviéndose con otras características: A partir del modelo Norteamericano de la Seguridad Nacional, probado eficientemente por los Estados del cono Sur, se construyó un nuevo enemigo el interno y a la sombra de este pacto, los narcotraficantes amalgamados con latifundistas, industriales y financistas dominantes, finalmente internacionalizaron al país y fueron apoderándose lenta pero seguramente de todas las estructuras del Estado colombiano. La guerra inmemorial continuó su sangriento avance DESHUMANIZANDO a los colombianos con pavorosos e inenarrables crímenes de Estado, la mayoría impunes, y bajo la forma de guerra contrainsurgente sin reglas, al lado del ejército oficial surgieron como una monstruosa prolongación suya, los narco-paramilitares. Hubo entonces quien dijera y sin ofender a nadie, que el McOndo colombiano bien pudiera llamarse Narcondo.

La vieja discusión dogmática y pseudo literaria del stalinismo que confundió la obra literaria con la vida o la posición política del escritor, hace muchos años fue superada. Hoy día nadie cree el cuento chino de no leer la maravillosa obra del gran Borges porque era “reaccionario”. La fiesta del chivo o la guerra del fin del mundo, porque su autor es en la realidad un detestable neoliberal peruano. O a Juan Rulfo porque era un “opaco burócrata” mejicano, ect. Para no tener que llegar con los ejemplos hasta el aristócrata y noble ruso autor de la guerra y la paz, que inspiraba a Lenin.

Para mi García Márquez, seguirá siendo sin zalemas y sin dudas, un incomparable clásico literario del castellano, a pesar por ejemplo de haber ejercido su derecho legitimo de apoyar políticamente y en público para la presidencia de Colombia, los logros de las convivir en la gobernación de Antioquia exhibidos sin pudor, por el máximo exponente de ese bloque de clases dominante en Colombia don Alvaro Uribe Vélez.

He releído ahora en el gélido exilio septentrional sin la presión del profesor de antropología, cien años de soledad y de verdad 40 años después, no logro describir “la nostalgia del insoportable olor de los recuerdos podridos” que me ha producido. Pienso por ejemplo en el olor expelido por los rudimentarios hornos criollos para hacer pan, utilizados por el paramilitar “Iguano” para carbonizar y desaparecer a cientos de sus victimas acusadas de ser guerrilleros tan eficientemente como en los hornos industrializados nazis de Auschwitz. O en la cara de los jóvenes reclutados por el glorioso ejército oficial de Colombia hace unos meses en las barriadas miserables de las grandes ciudades, vestidos aceleradamente de camuflado militar y “enfrentados poco tiempo después al pelotón de fusilamiento” en un victorioso y fiero combate simulado.

¿Que problema habría, pongamos por caso, si a alguien se le ocurriría cambiar el nombre original de Macondo por el de Macauschwitz?.