General

El hombre tranquilo

Oct 20 2008

Iñigo Sáenz de Ugarte

OPINIÓN – Público, España

«En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario» (George Orwell)

En sus 161 años de historia, el diario conservador Chicago Tribune nunca ha recomendado el voto a un candidato demócrata en unas elecciones presidenciales. No es extraño en un periódico que apoyó a Abraham Lincoln, se movilizó por la abolición de la esclavitud, ayudó a fundar el Partido Republicano, siempre tuvo un alma aislacionista y mantuvo entre sus ídolos casi hasta el final al tenebroso senador McCarthy.

Hasta hoy. Sus lectores se han desayunado con la noticia, adelantada por su página web el viernes, de que el periódico cree que Barack Obama debería ser el próximo presidente de EEUU. “Tenemos una confianza tremenda en su rigor intelectual, su estatura moral y su capacidad para tomar decisiones claras, meditadas y cuidadosas. Está preparado”, dice el editorial.

Esos elogios nunca se hubieran producido sin la pavorosa experiencia que han supuesto los ocho años de presidencia de Bush. No es que necesitaran más ejemplos –de hecho rezaban para que no se produjeran más– pero el hundimiento del sistema financiero norteamericano ha evidenciado hasta a los conservadores la necesidad de un cambio inmediato. Cualquier cosa antes de engrosar la lista de los imperios que terminaron mordiendo el polvo.

Quedan poco más de dos semanas para las elecciones del 4 de noviembre y por tanto nadie puede estar completamente seguro de lo que sucederá. Lo malo para John McCain es que tampoco nadie sabe qué puede ocurrir –más allá de la explosión de una bomba nuclear o, ya puestos, el fin del mundo– que pueda evitar la victoria del senador de Illinois.

Evidentemente, no siempre ha sido así. Hubo que esperar a la bancarrota de Lehman Brothers para que las opciones de McCain comenzaran a desmoronarse. Hasta entonces, las elecciones tenían la apariencia de un duelo que, al igual que en 2000 y 2004, no se desequilibraría hasta el final.Olvidada la guerra de Irak por la opinión pública, la crisis de Wall Street se convirtió en lo más parecido a un conflicto bélico. El votante descubrió que la guerra iba a ser cruenta y que las entidades financieras y autoridades políticas que debían defenderle eran sólo ejércitos de papel.

La crisis era la oportunidad perfecta para que McCain demostrara la diferencia de experiencia entre los dos candidatos. En vez de apostar por la serena firmeza de Roosevelt, apretó el botón del pánico y suspendió su campaña. En vez de prometer tiempos duros con la seca sinceridad de un Churchill, empezó a hacer promesas irrealizables. ¿Sacrificios? De eso nada, esto lo solucionamos pagando menos impuestos.

Los norteamericanos odian pagar impuestos. También odian que sus líderes pierdan el control.

Obama mantuvo la frialdad y la compostura. Se rodeó de expertos económicos de la época de Clinton, incluidos algunos que son tan responsables de esta crisis como los asesores de Bush, para dar la sensación de que escucharía a los que saben antes de tomar una decisión, y que luego la pondría en práctica sin titubear.

Tuvo mucho de teatro, pero era coherente con un tipo de campaña que a lo largo de dos años se ha movido como un reloj, desafiando a veces las opiniones del establishment político y sin cambiar de rumbo de forma alocada cuando las cosas iban mal. Ahora, a posteriori, se puede ver con claridad. Obama tenía un plan y le ha funcionado.

En las primarias demócratas, los expertos decían que Hillary Clinton era la favorita y que nadie recaudaría tanto dinero como ella. Los asesores de Obama trazaron una estrategia que pasaba por ir sumando delegados en los caucus y las pequeñas primarias, y convirtieron Internet en una caja registradora.

En el combate ante McCain, todos dijeron que la estrategia de buscar la victoria en los 50 estados era suicida. Obama abrió oficinas en estados donde los demócratas no han ganado desde los años 60 y ahora está en condiciones de vencer en algunos de ellos.

Por encima de todo, la fortaleza de su campaña era lo que parecía una debilidad: el propio candidato. Frente a un McCain errático e irascible, Obama se presentó como un tipo tranquilo, sin muchas ideas nuevas, pero sí con convicciones profundas. Un político que sabe comunicar e inspirar, como lo hizo Ronald Reagan en los ochenta. Hasta empieza a resultar obvio que decepcionará a algunos de sus votantes en sus primeros cien días en la Casa Blanca, porque Obama es de los que no tienen prisa, de los que se toman su tiempo para reflexionar antes de marcar el camino.

Esa impresión que ha dejado en el electorado es su principal aval. Los norteamericanos que se arriesgan a perder su casa o su empleo en los próximos cuatro años no quieren ya a alguien que les prometa una victoria fácil. Necesitan a un presidente que no les engañe y que no pierda los nervios en una crisis. Obama les ha demostrado que es ese hombre.