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El viejo modelo de desarrollo no es apto para el siglo XXI

Nov 25 2008

Por Cecilia Alemany y Anne Schoenstein (*)

MONTEVIDEO, Nov (IPS) Entre el 29 de este mes y el 2 de diciembre, en Doha, Qatar, será reexaminado el Consenso de Monterrey sobre la Financiación para el Desarrollo, firmado en 2002 por líderes internacionales bajo el patrocinio de las Naciones Unidas. Debería ser una buena oportunidad para sentar las bases de un sistema financiero internacional más completo y democrático que sirva más a las mayorías que han sido históricamente marginadas, muchas de ellas integradas por mujeres, que a los especuladores e inversores.

Hace seis años, los dirigentes políticos de todo el mundo firmaron el Consenso de Monterrey en la primera conferencia internacional sobre Financiación para el Desarrollo (FID) organizada por la ONU. Esa fue la primera vez en la que la ONU entró en el campo del financiamiento, que hasta entonces era básicamente un territorio exclusivo del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI). En ese período comenzaba a emerger un “nuevo” escenario internacional. Estábamos en los primeros días de la era del 11 de Septiembre.

En términos históricos eso fue ayer, pero aparentemente el siglo XXI es más dinámico (e incierto) que cualquier otro período previo. Actualmente estamos de frente a un mundo nuevo, aunque las guerras conducidas por Estados Unidos no se acabaron todavía. Por otra parte, las reacciones de la mayor parte de los gobiernos de los países desarrollados ante la crisis contradicen todas sus teorías sobre el libre mercado y la intervención mínima del estado ampliamente impuestas a las naciones en desarrollo en las últimas décadas. Y en este nuevo escenario, en el medio de la decadencia de legitimidad de Estados Unidos como potencia internacional, ganó Barack Obama.

Los objetivos principales del Consenso de Monterrey siguen siendo pertinentes, pero las políticas y los medios necesarios para alcanzarlos están todavía en el terreno de las promesas. El alto número de personas, muchas de ellas mujeres, que vive en la pobreza, es sólo un signo de los fracasos estructurales del sistema financiero internacional.

La actual crisis financiera es una crisis del sistema internacional concebido después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el paradigma promovido por el Banco Mundial y el FMI todavía sobrevive y aparecerá en la revisión del Consenso de Monterrey. Las corporaciones transnacionales, los especuladores, los intereses de los grandes actores, el Banco Mundial y el FMI han estado estableciendo las reglas relacionadas con el financiamiento durante las últimas décadas. Su falta de responsabilidad, transparencia y legitimidad es evidente en el actual escenario de crisis.

En Doha, se realizará el “Seguimiento de la Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo a fin de Revisar la Implementación del Consenso de Monterrey”. No habrá una declaración sino solamente un documento con el resultado del encuentro porque Estados Unidos, entre otros actores, ha estado frenando toda obligación vinculante sobre el desarrollo (tratando
también de reducir la relevancia política de la ONU).

Incluso con el más progresista nuevo presidente de Estados Unidos, los mecanismos subyacentes del “negocio del desarrollo” se basan aún en una serie de conceptos que socavan el derecho al desarrollo y a la autodeterminación. Esos mecanismos no cambiarán automáticamente y se requiere una verdadera voluntad política para cambiar las actuales estructuras de poder.

Durante el proceso de preparación y negociación para lograr la aprobación el Documento de Resultados de Doha, grupos de mujeres expresaron su decepción por el hecho de que, aunque la mayoría de los actores políticos entiende que la vía para reducir la pobreza pasa por la reducción de desigualdades, no actúa en consecuencia. Sin embargo, ello es imperativo, especialmente para
muchas mujeres y otras personas marginadas, puesto que ellas se ven particularmente afectadas por la pobreza y la desigualdad debido al papel y posición sociales que se les atribuye en la mayoría de las sociedades (incluyendo todas las áreas, ya sean la política, la comercial, la comunitaria y la familiar).

Por el contrario, la mayoría de los actores políticos suprime fácilmente las referencias a la importancia de la igualdad de género o a la necesidad de darle una atención total a los Objetivos de Desarrollo del Milenio cuando se diseñan las estrategias del desarrollo. Hasta ahora, las negociaciones en Doha son sobre la visión del desarrollo de los burócratas y de los dirigentes políticos.

Para las organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres, el Consenso de Monterrey no va suficientemente lejos y experimentarán la misma decepción con la Conferencia de Revisión de Doha si en ésta no se hace referencia al cumplimiento de los compromisos sobre la igualdad de género.

El modelo de desarrollo está en crisis y no es fácil construir un sistema internacional más inclusivo y democrático. Necesitamos un nuevo tipo de liderazgo que incluya a aquellos grupos que han sido históricamente marginados, incluyendo a las mujeres. El nuevo escenario que se ha abierto en Estados Unidos es una oportunidad y un síntoma optimista en este sentido. La inclusión de los sectores marginados en el liderazgo mundial no es sólo “políticamente correcta” sino también ahora realpolitik. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Cecilia Alemany es directora de la Asociación para los Derechos de la Mujer y el Desarrollo (AWID) y Anne Schoenstein es consultora de AWID.