General

La obamamanía, vista desde Europa

Nov 25 2008

Por Jean Bricmont (*)

Dos son los factores que hay que tomar en cuenta para juzgar unas elecciones: lo que los votantes expresan con su voto y lo que el candidato elegido estará en condiciones de hacer. En el caso de las elecciones presidenciales estadounidenses, habría resultado muy deprimente que la población norteamericana eligiera a McCain tras ocho años de Bush. En realidad, es hasta cierto punto sorprendente que el candidato republicano aún lograra un 48% del sufragio popular y que le fuera tan bien en estados como Luisiana (¿se acuerdan de Katrina?).

En este sentido, la izquierda debería alegrarse de la victoria de Obama, no tanto porque sea un “afroamericano”, como porque la gente que le votó probablemente expresaba un deseo de cambio, y en general, de cambio progresista: menos guerra, una política económica más equilibrada y una actitud menos hostil hacia el medio ambiente.

Cuestión harto distinta es qué hará el candidato. Eso depende de lo que quiera hacer y de lo que pueda hacer. Un presidente norteamericano tiene un montón de poder, pero no es un dictador, y hasta un dictador tendría que tener en cuenta las relaciones de fuerza. Lo que Obama quiera hacer no está totalmente claro, pero lo cierto es que no se opondrá a los poderes existentes (Wall Street, las grandes corporaciones empresariales, el lobby proisraelí, etc.) que le permitieron ganar. O al menos, no manifestó tal deseo en campaña.

Es obvio que Obama tendrá que tomar en cuenta la presión desde abajo. Pero aquí es donde surge el problema capital: ¿qué presión? Si algunos norteamericanos están ya irritados con la obamamanía en los EEUU, más lo estarían si atendieran a lo que pasa en otras partes del mundo, especialmente en Europa. Nada me resulta a mí tan deprimente como ver a la juventud de los suburbios franceses “movilizarse” por Obama en compañía de toda la socialdemocracia, del negocio del espectáculo y de los sionistas (ilustrados). Hasta he oído a algunos de esos jóvenes decir que enviarían un chaleco antibalas a Obama porque están convencidos de que Norteamérica nunca tolerará a un presidente afroamericano, como si alguien apoyado por Warren Buffett y, en realidad, por el grueso del establishment constituyera para los EEUU una amenaza, ella misma precisada de ayuda.

En otras palabras: el problema de Obama es su extrema popularidad en Europa, fundada tanto en el color de su piel como en su “imagen”. Puesto que la gente no acaba de entender hasta qué punto han cambiado realmente las relaciones raciales en EEUU, ven la elección de Obama como una suerte de milagro absoluto. Y puesto que los medios de comunicación lo presentan como una vigorosa alternativa a Bush –pasando prácticamente por alto sus planes para enviar más tropas a Afganistán—, creen que es mucho más progresista de lo que en realidad es.

Ni que decir tiene que, dado el desastroso estado de la izquierda en todo el mundo, la gente desea desesperadamente creer que algo positivo ocurre en algún sitio, lo que no hace sino reforzar las ilusiones con Obama.

Por lo demás, resulta bastante difícil encontrar en Europa una derecha que sea anti-Obama. Lo cierto es que la derecha y el grueso de la socialdemocracia convencional aman a Obama porque les da la oportunidad de ser otra vez abiertamente pro-norteamericanos. Puesto que los EEUU son menos igualitarios (en el sentido económico) que Europa, y tienen un salario social menor, sindicatos más débiles y menores derechos laborales, las elites europeas ven a los EEUU como una especie de paraíso capitalista. El problema con Bush es que es tan brutal, arrogante, ineficiente y estúpido, que se les hizo cada más difícil expresar abiertamente su admiración por los EEUU.

Sin embargo, todo cambia ahora: desplazando el foco de atención a la “raza”, pueden cambiar su posición en el tablero y presentar a los EEUU como el país progresista de Occidente. El diario francés, exponente donde los haya de una “nueva izquierda” hiperbólicamente pronorteamericana, ya ha sugerido que la elección de Obama es una lección de democracia para Francia. Curiosamente, invocan como prueba las largas colas formadas ante los colegios electorales; si las hubieran observado en cualquier país no occidental, de lo que hablarían es de ineficacia, o peor aún, de las torvas intenciones gubernamentales de disuadir a la gente de su intención de emitir el sufragio.

Un último problema que presentará Obama a sus posibles críticos es que les convertirá automáticamente en sospechosos de racismo. Ya el ser “antinorteamericano” es identificado por los sionistas con ser antisemita, de modo que con el presidente afroamericano podemos temernos lo peor de los dos mundos.

La cuestión, pues, es la siguiente: ¿hasta qué punto será capaz Obama de componérselas, si y cuando su política exterior choque con las expectativas de sus admiradores europeos de izquierda? Las ilusiones son tan intensas, que es obviamente muy difícil combatirlas antes que Obama haya tomado alguna decisión. Lo único que cabe esperar es que la gente lo juzgue, no por lo que haya dicho –porque la verdad es que el hombre no ha prometido nada de nada—, sino conforme a lo que ellos creen que ha dicho, y que reaccionen con furia cuando Obama traicione sus (infundadas) esperanzas. Sólo eso puede llegar a ser un estorbo para los EEUU en su escalada de guerra en Iraq, Afganistán o cualquier otro sitio.

Pero el problema más profundo es que, sesenta años después del fin de la II Guerra Mundial, los europeos siguen todavía viéndose a sí mismos, de una u otra forma, como dependientes de los EEUU. En lo que hace a sus elites, las razones son claras y comprensibles, pero lo cierto es que los demás, incluida una gran parte de la izquierda, seguimos poniendo demasiadas esperanzas en la expectativa de que la población norteamericana elija a un “buen príncipe”, como acaba de hacer ahora con Obama.

Lo que deberíamos hacer, en cambio, es determinar nuestra propia política exterior y nuestro modelo social con independencia de las opciones preferidas de los norteamericanos, y no deberíamos temer el diálogo con otros países, como Rusia, China o Irán, piense lo que quiera el Tío Sam de tal diálogo. Los europeos tienden a ver a los EEUU como un modelo de democracia, pero no puede haber nada menos democrático para nosotros mismos que determinar nuestras políticas en dependencia de unas elecciones en las que no participamos.

La población norteamericana elige a su presidente, no al Amo del Universo. Cosa que ahora parece entenderse en Rusia, en Asia, en América Latina y en el mundo musulmán. Sólo en Europa seguimos precisando descolonizar nuestras mentes.

(*) Jean Bricmont, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO,es profesor de física en la Universidad de Louvain la Neuve, Bélgica. Es miembro del Tribunal de Bruselas. Su último libro acaba de publicarse en Monthly Review Press: Humanitarian Imperialism (traducción castellana en prensa en la Editorial Viejo Topo, Barcelona). Es sobre todo conocido en el mundo hispano por su libro –coescrito con el físico norteamericano Alan Sokal— Imposturas intelectuales (Paidós, 1999), un brillante y demoledor alegato contra la sedicente izquierda académica relativista francesa y norteamericana en boga en los últimos lustros del siglo pasado. Una larga entrevista político-filosófica a Bircmont puede verse en el Número 3 de la Revista SINPERMISO en papel (mayo de 2008).