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LOS NEOLIBERALES HACEN MUTIS POR EL FORO

Nov 4 2008

Por Mário Soares (*)

LISBOA, Nov (IPS) ¿Dónde están, hoy, los neoliberales, que nadie los escucha? Hace meses clamaban incesantemente por «menos Estado» y «más privatizaciones». Nada de intervenciones de los gobiernos, nada de reglas éticas y menos servicio público. Lo importante era reducir los impuestos y dejar que el mercado funcione, sin interferencias de ningún tipo. Porque la autorregulación del mercado, guiada por una «mano invisible», es lo que se debe asegurar.

En cuanto a las privatizaciones, deben abrazar casi todo: hasta los servicios de salud (una invención «socialista»), la seguridad social, el agua, los cementerios, los correos, los transportes, la seguridad (aún en situaciones de guerra como en Iraq, donde empresas privadas han asumido funciones de seguridad).

Los políticos que no se alineaban con la ideología neoliberal pasaban a ser considerados como una plaga, como una curiosidad arqueológica venida de otros tiempos. Se exigía libertad absoluta para obtener ganancias, cuantas más mejor aún cuando se tratase de especulación o de conflicto de intereses -«los políticos en los negocios y los negocios en la política- y para los paraísos fiscales. De esta manera hacer negocios, ganar dinero, se convirtió en el valor supremo de las sociedades llamadas libres y el mercado fue teologizado como el Deus ex maquina del progreso. Y la misma democracia liberal se fue deslizando, poco a poco, hacia la plutocracia.

¿Y los pobres? ¿Y los obreros, los campesinos, los empleados y las antiguamente llamadas clases medias? Se los deja librados a su suerte, sujetos a las reglas de la selección natural, en verdad una suerte de ley de la selva en la que los fuertes (los ricos) devoran a los débiles (los pobres). En este marco, los espíritus sensibles pueden consagrarse al ejercicio de la caridad para paliar las desigualdades, un recurso que no perjudica el sistema y hace bien a las almas.

Y fue así que el capitalismo norteamericano en su fase financiera-especulativa guiada por la ideología neoliberal y
fortalecido por el colapso de los regímenes comunistas, condujo a los Estados Unidos a las puertas del descalabro financiero y a la recesión económica. Desde allí sus efectos negativos se propagaron sobre el Viejo Continente y están comenzando a contaminar al resto del planeta.

En pocas semanas toda la teoría y la práctica de la ideología neoliberal se desplomaron. Ante la realidad que ellos no supieron prevenir porque la consideraban imposible, los economistas se han llamado a silencio, o aconsejan cautela, o que al enfermo grave se le apliquen paños tibios.

El resultado está a la vista: los bancos y las instituciones financieras al borde la la quiebra reclaman el socorro del Estado (lo que debería ser considerado por los neoliberales como una herejía) como si se tratara de catástrofes naturales como, por ejemplo, la del huracán Katrina. ¿Y quién paga, cuando los privados huyen o miran hacia otra parte? El Estado, por supuesto. Tal es el sentido del Plan del Secretario del Tesoro estadounidense Henry Paulson que prevé la movilización de 700.000 millones de dólares. ¿Pero, podrá el Plan Paulson normalizar la economía de la superpotencia o sólo podrá paliar a corto plazo los efectos de la crisis?

Las medidas adoptadas por los diferentes países y las consiguientes reacciones de los actores económicos han dado hasta ahora como resultado altibajos e inestabilidad y por lo tanto no es posible responder a ese gran interrogante. Pero es indudable que para una solución a largo plazo habrá que ir más lejos, concebir y ejecutar la reforma del sistema financiero-especulativo, someterlo a reglas y controles, acabar con los paraísos fiscales, introducir normas éticas estrictas, indicar objetivos sociales y ambientales y, como dijo el presidente francés Nicolas Sarkozy, que hoy debe parecerles a los neoliberales un extremista, «meter en la cárcel a los grandes responsables de las quiebras fraudulentas» (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal.