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Actualidad y vigencia de la declaración universal de los DDHH

Dic 12 2008

Por Irene Khan (*)

LONDRES, Dic (IPS) Terroristas insensatos perpetran una masacre en Mumbai. Exhaustos y aterrorizados, millares de civiles se refugian en Uganda para escapar al conflicto armado en la República Democrática del Congo. Diez personas son sometidas a la pena capital en Irán. La guerra civil desplaza a trescientas mil personas en el norte de Sri Lanka. La recesión se propaga y deprime las economías en todo el mundo. No es este el marco más auspicioso
para celebrar el 60 º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Los aniversarios inducen a la reflexión y al análisis. Es cierto que en numerosos aspectos, la situación de los derechos humanos es hoy mucho mejor que en 1948. La igualdad de la mujer, los derechos del niño, la libertad de prensa y un poder judicial independiente son conceptos universalmente consagrados que muchos países han logrado y a los cuales otros aspiran. Pero es igualmente cierto que la injusticia, la impunidad y la desigualdad, siguen siendo los sellos distintivos de nuestro tiempo.

Una lección que nos imparte la tragedia de Mumbai es que nuestras libertades no están exentas de amenazas y exigen vigilancia y defensa constantes.

Los gobiernos tienen la obligación de proteger a la ciudadanía del terrorismo, y están sometidos a intensa presión -como ocurre desde el 11 de septiembre- para garantizar la seguridad. Pero en este proceso no se deben repetir los errores de la «guerra contra el terror” emprendida por los Estados Unidos.

El encarcelamiento de personas por tiempo indefinido, manteniéndolas en un limbo legal en centros de detención como el de Guantánamo, consentir o cometer actos de tortura, la no observancia de la vía judicial y el debilitamiento del estado de derecho no son los caminos a seguir. Las sociedades libres son atacadas por terroristas precisamente porque son libres. Erosionar nuestras libertades en nombre de la seguridad es darle la victoria a los terroristas.

No basta, sin embargo, con defender nuestros propios derechos. Debemos extender los beneficios de los derechos humanos a todos los desposeídos, discriminados y excluidos. La crisis financiera mundial ha demostrado la falseded de la suposición de que el crecimiento incontrolado conduciría inevitablemente a la prosperidad, y que la marea creciente levantaría todos los barcos. La marea se ha convertido en un tsunami que se ha engullido, no sólo grandes instituciones financieras, sino también las casas y las esperanzas de innumerables pobres en todo el planeta. Millones de personas están siendo arrojadas a la miseria pese a que miles de millones de dólares están siendo invertidos para salvar las mismas instituciones que han causado la crisis.

Las naciones ricas cuentan con recursos y con redes de seguridad social que ayudarán a sus ciudadanos afectados por la recesión. Los pobres, en las economías menos desarrolladas y en las emergentes tienen que valerse por sí mismos. Aquellos con menor margen de supervivencia son los que más pagarán por la codicia de los financieros de Wall Street y la Bolsa de Londres. Las mujeres que trabajan en una fábrica de ropa en la ciudad de Ho Chi Minh, los mineros que extraen minerales del río Mano en África Occidental, los obreros de una zona industrial en el delta del río Pearl en China y los telefonistas de un call center en Gurgaon, India, cargarán con el mayor peso de la declinación económica. Si la reducción de las remesas de los trabajadores expatriados y de los fondos de ayuda internacional obligan a los gobiernos de aquellos países a recortar programas sociales y de combate a la pobreza, las consecuencias serán desastrosas.

En términos económicos, el crecimiento se está extinguiendo. En términos de derechos humanos, los derechos a la alimentación, la educación, la vivienda, el trabajo decente y la salud están asediados. Nos enfrentamos a un doble reto: proteger los derechos humanos mediante la erradicación de la pobreza y preservar los derechos humanos de las amenazas del terrorismo.

Los derechos humanos son universales. Todos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos. Los derechos humanos son indivisibles ya que todos ellos -económicos, sociales, civiles, políticos o culturales- son igualmente importantes. No existe una jerarquía de derechos. La libertad de expresión es tan esencial como el derecho a la educación. El derecho a la salud es tan valioso como el derecho a un juicio justo.

Las placas tectónicas del poder mundial se están desplazando, y los líderes mundiales advierten que deben trabajar juntos para hacer frente al desastre económico. La invitación extendida recientemente por el gobierno estadounidense a los presidentes de las veinte mayores economías del mundo -entre ellas China, Arabia Saudita, India y Brasil- para articular una respuesta global a la crisis recesiva es un signo concreto de un nuevo enfoque incluyente.

Ser incluyente no significa solamente agregar más sillas alrededor de la mesa existente. También significa comprometerse con valores universales. Estos valores están esculpidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En 1948, frente a enormes desafíos, los líderes mundiales se reconocieron en la Declaración Universal, expresión de una humanidad común y firme plataforma para la seguridad colectiva. Los líderes del mundo actual deben hacer lo mismo. (FIN/COPYRIGHT IPS

(*) Irene Khan es la Secretaria General de Amnistía Internacional