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Europa sin rumbo a la vista

Dic 8 2008

Por Mário Soares (*)

LISBOA, Dic (IPS) La gran crisis económica se extiende y se ahonda en todos los rincones del planeta, sin que nadie pueda decir, con certeza, donde nos está llevando y como y cuando será posible dominarla. Como otras crisis, esta se presenta con variantes y contornos diferentes de región a región. Y aún en el marco de Occidente se advierten diferencias notables entre los Estados Unidos, el epicentro de la crisis, y los países de la Unión Europea.

Mientras los Estados Unidos se han convertido, después de la victoria presidencial de Barack Obama y del Partido Demócrata, en «la tierra donde todo puede volver a suceder», el Viejo Continente continúa paralizado y sin rumbo a la vista.

Cuando falta menos de un mes para el fin del actual semestre de presidencia de la Unión Europea, ejercida por Nicolas Sarkozy, que no es exagerado decir que produjo mucho ruido y pocas nueces, y en vísperas del pasaje de la presidencia comunitaria a la República Checa, que nutre dudas y preconceptos sobre el futuro de la Unión, no
parece probable que el Tratado de Lisboa vaya a ser ratificado por sus 27 Estados miembros, tal como estaba previsto hasta hace algunos meses. Lástima, porque la denominada estrategia de Lisboa, aprobada en marzo del 2000, postula un modelo social y ambiental y afirma, por lo tanto, que es posible compatibilizar políticas sociales avanzadas y de defensa de los trabajadores con políticas ambientales estrictas, con competitividad económica, con rigor financiero y con innovación científica y tecnológica.

Pero es indudable que el Tratado de Lisboa ha perdido importancia y significado debido al desastre causado por el neo-liberalismo y a la iniciación de un nuevo ciclo político-económico. Todo está cambiando aceleradamente. Ahora, las soluciones para enfrentar la gran crisis pasan, obviamente, por nuevos caminos. Pero las medidas adoptadas
hasta ahora en Europa no han sido mejores de las de Estados Unidos, con el agravante de ser menos transparentes.

Es inquietante que muchos dirigentes europeos parezcan no haber aún advertido la dimensión de los desafíos que se están sucediendo y de la necesidad de unir fuerzas para enfrentarlos.

Es cierto que algunos países que formaron parte del bloque comunista de Europa Oriental y que se incorporaron a la Unión Europea durante los últimos ingresos (precipitados) nunca se manifestaron -salvo honrosas excepciones- muy europeístas. Han estado sobre todo interesados en el plano de la seguridad (bastante teórica) que les brinda la pertenencia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a la vez que conciben prevalentemente a la comunidad europea como una organización de libre comercio que abolió las barreras aduaneras, olvidando que no es ese su objetivo primario, sino el de instituir una paz perdurable en este continente y encaminarlo hacia una unión política.

Hoy en día algunos de esos países, en razón de las contingencias económicas, advierten que la pertenencia a la eurozona les puede asegurar protección ante la crisis… Pero no perciben a la Unión Europea como una verdadera comunidad política.

Por su lado, los partidos de extrema izquierda, que siempre desconfiaron de la que consideraban la «Europa de los trusts», nunca comprendieron la importancia de la integración europea para la realización de las grandes transformaciones políticas.

A su vez, los partidos socialistas y social demócratas se dejaron influenciar -casi diría colonizar- por la moda neoliberal que propalaban la administración de George W. Bush y la llamada Tercera Vía del laborismo británico. Ahora, después del fracaso de Bush y del Partido Republicano y ante la expectativa del viraje que impondrá el
Presidente electo Barack Obama, la ideología neoliberal y del mercado libre y sin reglas parecen vestigios de un remoto pasado.

Sin embargo, para que la izquierda europea pueda ofrecer una válida alternativa al ocaso neoliberal todas sus compontes -social demócratas, laboristas, verdes y aún las de izquerda radical emancipadas de las viejas utopías totalitarias- deben demostrarse responsables y capaces de un nuevo dinamismo para superar la crisis económica.

En ese sentido, ha dado un pésimo ejemplo el Partido Socialista francés -el partido de Léon Blum y de Francois Mitterrand- durante su reciente congreso de Reims, donde los líderes se trabaron en luchas personales, incapaces de debatir sobre ideas y estrategias, haciendo oídos sordos a las demandas de los militantes.

Esto no es bueno para Europa y menos aún para la izquierda. Reconocer los errores debe ser el primer paso para poder emprender los cambios necesarios. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal.