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A grandes males, grandes remedios

Feb 24 2009

Por Mário Soares (*)

LISBOA, Feb (IPS) La crisis ecónomica en la que el mundo se está sumergiendo se agrava de día en día y alcanza a todos los continentes. Es verdaderamente una crisis global cuyo remedio nadie tiene claro.

Durante los años de esperanza de las décadas «gloriosas» sucesivas a la II Guerra Mundial los comunistas no se cansaban de anunciar la cercana crisis general del capitalismo que ocurriría fatalmente, según los análisis marxistas. Aunque hubo algunas pequeñas crisis ninguna fue comparable con la depresión de 1929, que parecía ser la máxima referencia maligna.

El capitalismo se reformó. Surgieron las sociedades de bienestar con el seguro social universal, el new deal de Roosevelt , el laborismo británico y las nacionalizaciones de posguerra, el socialismo democrático de los países nórdicos y, poco a poco y con matices, la asistencia y la armonía social de extendieron al resto de Europa Occidental, con las negras excepciones de la península ibérica y Grecia.

A su vez el comunismo soviético se consolidó y se propagó a Europa Oriental, a China -que en breve adoptaría un comunismo rival de la URSS- a Corea del Norte, a Vietnam y a Cuba.

Pero el capitalismo occidental no sólo se mantuvo sino que prosperó, superó las «crisis del petróleo» y tuvo la satisfacción, totalmente inesperada, de contemplar la implosión pacífica del bloque comunista con el desplome del Muro de Berlín (1989) y de la URSS, mientras desde 1978 la China, con Deng Xiao Ping, intentaba conciliar
el régimen comunista de partido único con el capitalismo más salvaje.

El llamado Occidente y Estados Unidos en especial, exultantes con la derrota del comunismo, cometieron el error fatal de considerarse los dueños del mundo. Washington, bajos los mandatos de George W. Bush hizo todo lo que pudo para marginar a las Naciones Unidas, para generalizar la democracia liberal, la globalización desprovista de reglas éticas y un «capitalismo de casino». La soberbia del vencedor lo indujo a empantanarse en las guerras de Afganistán e Iraq y a otros dos errores imperdonables, dar luz verde a Israel para atacar El Líbano y la franja de Gaza.

Sobrevino, finalmente, la crisis económica global. El sistema financiero edificado por el neoliberalismo se derrumbó tan rápidamente como el universo comunista casi veinte años antes. Y todos se preguntan con angustia: ¿y ahora?

El Presidente Obama dice que es necesario cambiar el modelo económico. Es evidente. Sin embargo, la mentalidad de los políticos, los economistas, los empresarios y los especuladores, en la mayor parte de los casos, no se ha
modificado. Sus ideas y sus comportamientos persisten. Esto me hace pensar que para obtener cambios reales hace falta hallar gente joven, nuevos rostros de políticos, economistas y empresarios respetuosos de los valores éticos,
sociales y ambientales y de una estricta moralidad pública.

Algunos han postulado un pasaje del capitalismo al socialismo. ¿Es posible retomar en nuestros días las viejas utopías del silo XX en las que tantas personas excelentes persisten en creer en este turbulento inicio del siglo XXI? Hay que excluir, desde luego, el socialismo autoritario tanto del tipo soviético como del tipo maoista, para no hablar del cubano de Fidel Castro, todos ellos fallidos. Sin mercado no hay ciudadanos libres, sólo hay funcionarios y siervos.

¿Entonces, qué nos queda? Una economía de mercado pero con reglas éticas y políticas estrictas. Estados de Derecho capaces de controlar a los mercados y de asegurar sociedades de ciudadanos libres, pluralistas y
participantes, democracias no oligárquicas como las que bien conocemos sino orientadas al bienestar de todos los ciudadanos, con medios de comunicación independientes y rigurosas defensoras del ambiente.

En grandes líneas se trata de lo que durante décadas se ha denominado en Europa socialismo democrático o socialdemocracia. Si se prefiere, también se lo puede definir como un capitalismo avanzado y progresista en el que los valores superiores son las personas, no la especulación financiera.

No creo que en esta circunstancia se pueda inventar nada mejor para que nos ayude a salir de esta crisis y conceder a la humanidad unos años de paz y de bienestar.

Esta alternativa exige que se someta la globalización a una regulación sin la cual no se podrá vencer la crisis. Así como la globalización económica es un hecho irreversible y universal, es indispensable establecer una regulación
política global mediante la reforma de las instituciones financieras internacionales (en primer término el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial) y su integración en el marco de las Naciones Unidas, reformuladas de acuerdo con los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Este designio implica nada menos que un Nuevo Orden Mundial dotado de un esquema de gobernanza internacional inclusivo, es decir, no ya un directorio de los países ricos sino consecuente con la realidad multilateral y democrática del mundo de hoy y por lo tanto representativo de los bloques regionales y los países emergentes de todos los continentes. No será fácil pero no veo otro camino para construir un mundo mejor y más humano. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal.