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La amenaza imaginaria de Venezuela

Feb 25 2009

Mark Weisbrot – The Guardian –

Las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina llegaron a un mínimo histórico durante los años de George Bush, y había esperanzas -tanto al norte como al sur de la frontera- de que el presidente Barack Obama introdujera un nuevo enfoque. Hasta el momento, empero, las señales apuntan más a la continuidad que al cambio.

Sin mediar provocación, comenzó Obama con un ataque verbal contra Venezuela. En una entrevista difundida por la emisora de lengua española Univisión el domingo previo a su toma de posesión, acusó a Hugo Chávez de «haber impedido el progreso en la región» y «exportar actividades terroristas».

Estos comentarios resultaban inusitadamente hostiles, aún para lo que nos tenía acostumbrados la anterior administración. Además, son falsos y diametralmente opuestos a cómo se contempla a Venezuela en el resto de la región. La acusación de que Venezuela «exporta terrorismo» no pasaría la prueba de la risa en casi ningún gobierno de América Latina.

José Miguel Insulza, presidente chileno de la Organización de Estados Americanos, hablaba en nombre de casi todos los países del hemisferio cuando dijo que «no hay evidencias» y que ningún país miembro ha ofrecido «ninguna prueba semejante» de que Venezuela apoyara a grupos terroristas.

Tampoco consideran las demás democracias latinoamericanas que sea Venezuela un obstáculo al progreso de la región. Por el contrario, el presidente brasileño, Lula, ha defendido repetidas veces a Chávez, al igual que su papel en la zona. Sólo unos días después de que Obama denunciara a Venezuela, Lula visitó el estado meridional venezolano de Zulia, donde puso de relieve su asociación estratégica con Chávez y sus esfuerzos comunes de integración económica regional.

La declaración de Obama no fue accidental. Quien quiera que le suministrase esas declaraciones intentaba muy probablemente enviar un mensaje al electorado venezolano antes del referendum del pasado domingo de que Venezuela no podrá mantener una relación decente con los Estados Unidos mientras Chávez siga siendo el presidente elegido. Recuérdese que los votantes decidieron eliminar la limitación de mandatos, haciendo posible que Chávez vuelva a presentarse en 2013.

Hay decididamente una facción en el gobierno de Obama que desea continuar la política de Bush. James Steinberg, número dos de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, lanzó una pulla gratuita a Bolivia y Venezuela durante su proceso de confirmacíón, al afirmar que los Estados Unidos proporcionarían un «contrapeso a los gobiernos actualmente en el poder en Venezuela y Bolivia, que mantienen políticas que no sirven a los interses de su pueblo en la región».

Otra señal de continuidad es que Obama no ha substituido todavía al más alto funcionario de Bush para el hemisferio occidental en el Departamente de Estado, Thomas Shannon.

Los medios de información norteamericanos desempeñan el papel de cómplices en esta situación. Por ejemplo, la Associated Press ignora los ataques de Washington, presentando la respuesta de Chávez como si no fuera más que un ardid electoral por su parte. En realidad, Chávez se había mostrado insólitamente moderado. No respondió a los ataques que se le lanzaron a lo largo de la dilatada campaña presidencial norteamericana, ni siquiera cuando Hillary Clinton y Joe Biden le llamaron «dictador» y Obama le describió como «déspota», etiquetas que no aceptaría ningún profesional serio de la ciencia política en ningún lado para el presidente democráticamente elegido de un país en el que la oposición domina los medios de comunicación. Las desechó considerándolas como influencia del sur de Florida en las elecciones presidenciales norteamericanas.

Pero pocos, si es que hay algún presidente en el mundo, encajarían sin responder repetidas agresiones verbales. Los asesores de Obama saben que, sin que importe lo que su administración haga con Venezuela, la prensa presentará a Chávez como agresor. De manera que resulta un cálculo político fácil, si bien cínico, envenenar las relaciones desde un principio. De lo que no se han dado cuenta todavía es de que se están ganando la antipatía de la mayoría de los países de la región.

Aún hay esperanza de que cambie la política exterior norteamericana respecto a América Latina, que ha quedado completamente desacreditada, de la guerra de la droga al embargo contra Cuba o la política comercial. Pero como sucedió durante los años de Bush, necesitaremos la incesante presión del sur. El año pasado, la Unión de Naciones Sudamericanas respaldó con fuerza al gobierno de Bolivia frente a la violencia y desestabilización de la oposición. Tuvo gran éxito a la hora de contrarrestar el apoyo tácito de Washington a los elementos más extremistas de la oosición de Bolivia. Dejó claro a la administración Bush que la región no toleraría ningún intento de legitimar a una oposición fuera de la legalidad boliviana ni de concederle derechos especiales fuera del proceso político democrático.

Diversos presidentes, entre ellos Lula, han pedido a Obama que levante el embargo contra Cuba al felicitarle por su triunfo. Lula pidió también a Obama que se reuniese con Chávez. Con suerte, estos gobiernos seguirán afirmando -de manera repetida, públicamente y con una sola voz- que los problemas de Washington con Cuba, Bolivia y Venezuela son problemas de Washington y no resultado de algo que hayan hecho estos gobiernos. Cuando el equipo de Obama se convenza de que la táctica del «divide y vencerás» fracasará tan lamentablemente en el caso de esta administración como en la anterior, puede que entonces asistamos al nacimiento de una nueva política hacia América Latina.

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Mark Weisbrot es co-director del prestigioso Centro de Investigación Económica y de Políticas, en Washington, D.C., en cuyo Consejo Asesor figuran destacados economistas, como el Premio Nóbel Jospeh Stiglitz.