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El indiscreto desencanto de la burguesía

Mar 31 2009

Por Esteban Valenti (*)

¡Qué lejos y qué bajo ha caído! Desde aquellos lejanos tiempos de los burgos disputando con el atraso y la arbitrariedad feudal, hasta la gran revolución francesa combatida y pagada con la vida de los “sans culotes” pero enarbolando las banderas y sobre todos las ideas liberales de los burgueses, hasta tu expansión explosiva como la propietaria y conductora del poder económico y político del capitalismo hasta sentirse la dueña eterna del poder y de la historia pasando por aquel memorable embajador de Miranda creado por Buñuel, hasta nuestros días de vergüenza y derrumbe.

La cumbre de su poder en el siglo XX fue sin duda forjada en el nuevo mundo, en esa fragua del capital y el trabajo construida en los Estados Unidos con un soporte ideológico y religioso protestante y austero – al menos en las palabras – y este presente de “Titanic” en la que el gran transatlántico se hunde luego de chocar contra el gigantesco y helado témpano de la codicia y la especulación y la orquesta suena alegremente distribuyendo dividendos entre los directivos de las empresas fundidas. Que pozo tan profundo.

En el choque de ideas que debería seguir ante el fracaso, ante las cifras trillonarias que se ha devorado la crisis y la especulación, el viejo espíritu, la vieja matriz liberal es irreconocible. Bastó agregarle la pequeña partícula de “neo” para transformarla en la ideología y la práctica del más despiadado mercantilismo, del saqueo de las naciones y de los pueblos. Incluso los propios, que ahora se despiertan de una borrachera que duró muchos años. Que oscuro.

Los ladrillos del enorme muro de la calle de la bolsa de los Estados Unidos todavía no terminaron de arrastrar en su caída las economías del mundo rico, del mundo pobre y del mundo miserable y ya se elevan los escudos de la defensa irrestricta del sistema y de sus valores supremos. El capitalismo es eterno y por lo tanto inmortal.

Hay que reconocer que la burguesía, como concepto sociológico pero sobre todo cultural ha logrado el milagro de imponer en el planeta, por encima de religiones, de culturas, de tradiciones e historias el sentido imperecedero de la propiedad privada y de la dependencia y la explotación de los seres humanos y de las naciones. Que genios.

Y además de soldar estos conceptos con la democracia y con la libertad, incluso se atribuyen su paternidad. Que encanto tan indiscreto.

En el Uruguay vivimos horas de pasión y tensión política, se aproximan las elecciones, los ciudadanos harán sentir su voz y todos nos inclinaremos ante ella. Al menos así rezan las normas. Hay debates, discusiones, plataformas y programas, todos satinados naturalmente por la suprema tarea de convocar a los fieles, a los devotos o a los prestatarios de sus votos. ¿Cómo encaja el derrumbe universal con nuestra pequeña disputa aldeana?

La burguesía local asumió la cátedra y sus pro hombres, sus voces y sus líderes nos señalan con dedo implacable el sendero que debemos seguir, las faltas que hemos cometido y los pecados que debemos espiar. Que olvidadizos.

Los burgueses políticos y sociales tradicionales, lograron un milagro: terminaron con la leyenda de que en Uruguay todo llega más tarde y nos depositaron en el año 2002 en medio de un vendaval nunca visto, nos hundieron en la peor pérdida de riqueza y de bienestar que recuerden los orientales vivos, cortos de toda memoria ahora acarician la cuerda en la casa de los ahorcados. Ellos que fueron precursores con sus bancos de asalto y que dilapidaron no sólo miles de millones sino cualquier honra empresarial y banquera, ahora nos dan lecciones. Que paradójicos.

Su visión provincial del neoliberalismo anti liberal, su voracidad financiera y bancaria, su desprecio por el Estado, su culto devoto por el mercado perfecto y justo, llevado al extremo global es la base del desastre que sacude las bolsas, las conciencias y las seguridades. Que visionarios.

Llenan páginas de discursos, de programas, de declaraciones, de promesas y no le dedican un solo renglón, una frase a sus culpas, a las causas de nuestro desastre nacional, de nuestra bancarrota de hace tan pocos años. Que metálicos.

Convocan al ahorro, siempre a costa de la gente, de los que no tienen que ahorrar porque casi nada les sobra. ¿Por qué no pusieron la misma pasión convocando a sus banqueros, a sus deudores impenitentes y pesados, a sus evasores fiscales, a sus engordadores del estado y todas sus adyacencias a que ahorraran antes del desastre del 2002? Que poco previsores.

La crisis mundial ellos y sus calificadoras de riesgo que sólo controlan el riesgo ajeno, la miden en billones, en porcentajes, en utilidades perdidas, en cifras. No se atreven a establecer una unidad de medida de la codicia, de la inmoralidad, del despilfarro obsceno. Que bien barricados.

Cuando se vive en un mundo de gráficas, de rascacielos, de bits que transportan riquezas siderales, de títulos universitarios que se venden al tanto por ciento de las stocks options las legiones exterminadas de seres humanos hambrientos, desocupados, sin agua ni sal, sin pan ni condón, son invisibles a lo sumo merecen un gesto de filantropía y compasión. Que ciegos.

Hay otra burguesía nacional que descubrió a la izquierda, que además de decidir con sus prejuicios y con sus reflejos condicionados siente, percibe que la izquierda ha sido capaz de darle un fuerte impulso al país. Crece la economía, el consumo, las exportaciones, las inversiones y se acabaron los bancos generosos y selectos olvidadizos de algunas deudas. Vive la paradoja de que es la izquierda la que impulsa la competencia leal, que cobra los impuestos y pone a todos en igualdad de condiciones y que le da más certezas, muchas certezas. Incluso en las relaciones laborales modernizadas. Que sorprendidos.

Nosotros cargamos también con nuestras culpas. Nuestras derrotas y nuestros derrumbes nos han bloqueado las audacias, las irreverencias, levantaron otros muros infranqueables para las ideas de la izquierda. No nos atrevemos a superar ciertos límites con nuestras ideas. También porque del otro lado de los escombros se han quedado los guardianes de la pureza, los inmaculados invocadores del verbo, los que proponen un mundo justo pero paralizado y por lo tanto insufrible. Un mundo puro pero pobre de todo rescate, de toda ambición. Un mundo imposible. Que funcionales.

Le hemos puesto límites a la rebelión de la granja, porque temblamos ante nuestras propias rebeliones y flaquezas. No nos atrevemos a preguntarnos ¿Y después del capitalismo, qué? Que confundidos.

Si, confundimos velocidad con tocino, revolución con griterío, audacia con retórica, filosofía con ligereza, profundidad con haberse venido abajo. Y los burgueses otean, huelen el horizonte con la sagacidad de sus apetitos y la voracidad de sus alforjas. Ellos no necesitan estrategia, su destino, su ruta esta en su ADN, en la implacable disputa por el puchero y su gordura. Que tenaces.

De todas maneras no es una batalla perdida. Nos queda la perseverancia, la inquebrantable voluntad de combatir, de aprender, de seguir mirando la historia como un gran parto permanente, incesante, donde nada está definido. Un nacimiento cotidiano y sin predestinados, construido y destruido por los seres humanos y sus ideas.

Estar combatiendo, levantando la voz y la bandera ya es un triunfo. Porque navegar sigue siendo necesario. Imprescindible.

Nos queda disputarles la batalla por porciones del poder y derrotarlos, nos queda vencer la resignación que nos quieren imponer, sus mensajes de fatalidad y de hastío, seguir pensando, dudando, asaltando las Bastillas de sus verdades. La burguesía ya ha demostrado que de determinismos históricos ni siquiera se enferma, pero cuidado, las cenizas son tenaces, y así como los franceses adoraban al rey y un día le cortaron la cabeza, el fantasma de Robespierre puede volver a recorrer el mundo.

(*) Periodista, escritor, coordinador de Bitácora. Uruguay.