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CUBA A DEBATE

Sep 28 2009

Por Leonardo Padura Fuentes (*)

LA HABANA, Sep (IPS) La noticia, publicada hace unos días en el periódico más oficial de Cuba –el órgano del Partido Comunista- conmovió a los cubanos: en un país donde la escasez de alimentos se ha convertido en endémica y donde la carestía de los mismos enloquece los bolsillos de los ciudadanos, sucedía que en los territorios aledaños a la ciudad de La Habana se descomponían toneladas de productos agrícolas por falta de transporte, envases, coordinación. El desastre, esta vez (pues también los desastres organizativos parecen endémicos en este país de economía centralizada y planificada), se debía a la falla de los mecanismos que, con el cambio de entidades responsables de la recogida y distribución de los productos, no funcionaron como alguien había previsto. La realidad se imponía a los proyectos.

Mientras, los índices de crecimiento económico del país se ajustan a descensos drásticos (de un festivo estimado inicial para este año del 6%, bajó a 2,5 y ahora a un optimista 1,7), en parte achacables a la baja de los precios de productos exportables y servicios (níquel, tabaco, turismo), a las secuelas de los huracanes del año anterior, a los efectos de la crisis económica mundial y a las complejidades comerciales que impone el viejo y persistente embargo norteamericano. Para resistir el embate, las autoridades reclaman ahorro y productividad, y buscando conseguirlas anuncian recortes importantes en programas de beneficio social y en las llamadas “gratuidades”. Incluso se planea el fin de la añeja libreta de racionamiento que, curiosamente, se ha convertido en lo contrario de lo que pretendió ser (un mecanismo de equidad en la pobreza) y hoy, aún con sus pocos e insuficientes productos a precios subsidiados (su oferta cubre unos doce días del mes), resulta una carga casi insostenible para un Estado y una economía que, precisamente en el sector de la alimentación, debe importar más del 70% de lo que se consume en un país agrícola, fértil y tropical…

La economía cubana y la misma organización de la sociedad evidentemente claman por cambios de “concepto” y “estructura” que se han venido anunciando en los últimos tres años y que solo han ido llegando en pequeñas dosis, y sobre todo, en forma de recortes más que en nuevas propuestas que agilicen o diversifiquen la economía.

Ahora la dirección del país ha convocado a la población –por segunda vez en tres años- a debatir los problemas, las carencias, ineficiencias, disfunciones de la sociedad, la política y la economía desde la perspectiva de cada cual y, otra vez se insiste, sin temor a las disensiones –algo realmente novedoso en un país que en su discurso oficial se preció de la unanimidad más compacta y se caracteriza por la decisión vertical de los asuntos nacionales.

Hace dos años, a raíz de un discurso pronunciado por el actual presidente Raúl Castro, se realizó un sondeo similar y se contabilizaron más de un millón de planteamientos de la población, referidos muy diversos aspectos de la realidad insular. Hoy, con la acumulación de necesidades no resueltas y con la presión de una economía asediada por los vientos de la crisis y por sus propias insuficiencias, sin la esperanza de que el gobierno de Barack Obama introduzca algún cambio esencial en el diferendo ancestral con La Habana, y luego de asistir a la defenestración de una parte del equipo dirigente (los casos del vicepresidente Carlos Lage y del canciller Felipe Pérez Roque son los más sonados) o de sentir en carne propia la lentitud de los cambios y la pérdida de algunos beneficios, seguramente las sugerencias e inconformidades se multiplicarán, con la ilusión de encontrar oídos para los reclamos.

La necesidad de hacer corresponder salarios reales y costo de la vida, la dramática y galopante falta de viviendas, la escasez de productividad y eficiencia económica, las grandes extensiones de tierra sin cultivar, el alto precio de los alimentos en los mercados libres y de divisas, la irracionalidad de una doble moneda que obliga a vivir en divisas (pesos convertibles, CUC) a un país cuyo Estado paga en pesos cubanos (un CUC es igual a 24 pesos, y el salario promedio anda por los 400 pesos, o sea, 17 CUC, y un litro de aceite de soya se vende a 2,15 CUC, el equivalente a 52 pesos: ¡la octava parte de ese salario solo por un litro de aceite de soya!, mientras una bolsa de cemento cuesta 6,60 CUC y un galón de pintura se vende a más de 20…), a lo que se suman problemas sociales como el incremento de la marginalidad y la violencia, el deterioro del sistema de salud (sobre todo a nivel primario), la persistencia del permiso de salida para quienes desean viajar, la fuga de jóvenes talentos (científicos, artísticos, deportivos), el deterioro físico de una ciudad como La Habana, entre otros, crean un lista de necesidades y soluciones pendientes de la que depende no solo el presente, sino también el futuro de la nación.

Debatir la realidad cubana es una urgencia. Pero solo si el debate es real y, sobre todo, si ese análisis crítico se convierte en algo más que un termómetro político o una catarsis colectiva y de él se desprende el impulso para esa necesaria implementación de cambios de estructura y concepto que permitan no solo que se produzcan más plátanos y hortalizas, sino, y sobre todo, que no se pierdan en el campo y que su precio sea asequible a la gran masa del país: entre otras soluciones. La constante y desgastante tensión económica en que viven los cubanos desde los albores de la década de 1990, cuando desapareció la protectora Unión Soviética, han marcado ya la vida de tres generaciones de habitantes de la isla que han vivido y hasta crecido entre carencias y luchas cotidianas por la supervivencia. Soñar con una vida mejor y tener derecho a expresar ese sueño y las causas que los frustran parece ser un premio a la resistencia. Por lo pronto, que se abra pues el debate: el verdadero. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Padura Fuentes, escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a una decena de idiomas y su más reciente obra, La neblina del ayer, ha ganado el Premio Hammett a la mejor novela policial en español del 2005.