General

Respuestas para este siglo, no para el anterior

Sep 16 2009

Por Ricardo Lagos (*)

Antes del encuentro de Unasur en Bariloche -cuyos alcances aún están muy próximos para tener una evaluación adecuada-, las miradas del continente se colocaron en Quito.

Aquella cita de la entidad regional tuvo lugar el 10 de agosto, en un aniversario cuya trascendencia debió hacernos meditar si estamos entendiendo los tiempos que vive el mundo y el papel de América latina en ellos.

Ese día se cumplieron 200 años del llamado Primer Grito de Independencia Hispanoamericana. Una gesta de autonomía que, más allá de su derrota inicial, fue una alerta a los demás países del continente. Otros lo siguieron y ahora se aprestan también a tener su conmemoración bicentenaria.

Ese Bicentenario en Quito no estuvo marcado, precisamente, por signos claros de integración, de proyectos comunes y de afán por construir una plataforma compartida para entrar al escenario internacional del momento. Por el contrario, se hizo una reunión de Unasur cargada de ruidos subyacentes. Las visiones enfrentadas en la región frente a diversos temas, en especial la discusión sobre las bases norteamericanas en Colombia, hicieron densa la atmósfera. Y ahí estamos y esa agenda nos traba, nos impide ver por dónde va el siglo XXI.

¿Qué entendemos hoy por independencia en este continente? ¿Qué sienten nuestros ciudadanos cuando escuchan la palabra independencia y ven cómo su realidad se cruza con una globalización ineludible? ¿Hemos asumido que el mundo vive en una creciente interdependencia y que debemos prepararnos para ello?

Independencia e interdependencia no son términos contrapuestos. Son complementarios, donde el primero tiene una historia larga en nuestros países, pero el segundo aún no terminamos de entender. La independencia fue y será siempre una tarea nacional, de metas y luchas por lograr, con un horizonte de identidad cultural como corazón para ser país. Un espacio de soberanía clara, para el desarrollo de sus pueblos.

Pero con ello está la ineludible relación con los otros. Ahora, en el siglo XXI, esa relación nos lleva a una interdependencia donde crisis económica, carencia de alimentos, planeta amenazado por el cambio climático, pandemias, nuevas demandas ciudadanas, valores universales configuran una agenda que se instala en el escenario nacional. A ratos se siente que nos estamos quedando atrás, enredados en retóricas y sin levantar la vista ante los nuevos desafíos. Hace 20 años fue un grito de independencia mirar el mapa latinoamericano y ver cómo la democracia se imponía. Veinte años después, las transformaciones son tan inmensas que la democracia no basta para la satisfacción de los ciudadanos.

Con razón, las aspiraciones van más allá. Es necesario comprender esa interdependencia, que se manifiesta en dos dimensiones. Una es la interdependencia entre latinoamericanos -hoy tan compleja-, para definir entre todos una propuesta común frente a tantos temas de carácter global. La segunda es cómo desde Latinoamérica, si tenemos esa necesaria visión común, actuamos para lograr que ella sea considerada por las otras grandes regiones del planeta.

La primera tarea se ubica entre nosotros. Nuestra independencia real se basará en la capacidad que tengamos -ejerciendo cada cual la plenitud de sus derechos- para asumir aquellas formas de interdependencia que nos permitan alcanzar un consenso regional ante los nuevos desafíos. Es la única forma de acercarnos con seriedad a estos temas y dejar de lado esos enfrentamientos que, a ratos, tienen mucho de retórica y poca sustancia.

Así, con esa primera interdependencia, podremos iniciar un diálogo con potencias emergentes como China, que hacen definiciones respecto de su relación con América latina y cuya respuesta por parte nuestra aún está pendiente. Aprendamos de los otros. Ahí está el diálogo China-Estados Unidos, demostrando cuánta importancia le dan ambos países a configurar sus estrategias en el mundo que emerge en este siglo. ¿Cuándo habrá un diálogo entre América latina y China? ¿O cuándo entre América latina y Estados Unidos sobre estos grandes temas?¿Dónde estamos hablando, en serio, sobre lo que diremos en Copenhague cuando se discuta el cambio climático y sus efectos? ¿O acaso no sabemos que las mayores reservas de agua del mundo están por estos lados? ¿Con qué aporte llegaremos como región para pedir a otros que también hagan lo suyo?

Nuestros ciudadanos ven que esas dimensiones del mundo están ahí. La televisión y otros medios se los dice cada día. Y también lo saben porque viven su interdependencia comunicándose con otros, más allá de las fronteras, unidos en un ciberespacio donde comparten preguntas, soluciones, compromisos, visiones sobre el mundo que quieren. Sólo en América del Sur los usuarios de Internet, en diciembre de 2008, eran más de 95 millones. Y la mayoría articulados en redes sociales.

La independencia en el siglo XXI reclama tener los ojos muy abiertos a los desafíos de hoy. Bien por nuestros héroes, bien por sus sueños. Tenemos un desafío similar al de 200 años atrás. Ayer, fuimos todos, desde el Virreinato de México al del Río de la Plata, los que enfrentamos el tema desconocido de darnos gobiernos.

Después de 200 años, construyendo nuestras identidades nacionales y delimitando fronteras -con no pocos conflictos-, hoy, para reforzar nuestra independencia, debemos hablar con un solo discurso si queremos una globalización con rostro humano y justo. Cuando se acerca el Bicentenario de la independencia en varios de nuestros países, el mejor homenaje estará en demostrar que sabemos poner la mirada en el Tricentenario que se inicia. Demostrar que tenemos respuestas para los ciudadanos de este siglo y no del que quedó atrás.

(*) Ex presidente de Chile. Artículo publicado en «Bitácora» de Montevideo.