General

Sobre fundamentalismos

Oct 5 2009

ÓSCAR CELADOR * – «Público» de Madrid

05 Oct 2009 .La propuesta que en 2004 realizó el presidente Rodríguez Zapatero con ocasión de la 59ª Asamblea General de la ONU para crear una Alianza de Civilizaciones, y a la que en su día se adhirieron numerosos países como Estados Unidos, no fue novedosa. Baste señalar que ya en 1998 Muhammad Jatami, en aquel momento presidente de Irán, propuso a la ONU desarrollar un Diálogo entre Civilizaciones. Este tipo de iniciativas pretenden generar coaliciones entre Occidente y los países musulmanes para combatir el terrorismo y propiciar el diálogo intercultural.

En este contexto deben interpretarse las recientes declaraciones de Zapatero a la cadena CNN, en las que defendió la necesidad de crear una “gran alianza” con el islamismo moderado para derrotar a los radicales violentos. La intervención de Zapatero plantea numerosos interrogantes: ¿cuál es la frontera entre el islamismo moderado y el radical?, ¿quiénes son los radicales? ¿Sólo los terroristas?, ¿o también los que promueven, cooperan y financian al terrorismo? y, mucho más importante, ¿de qué estamos hablando? ¿De países, culturas o grupos?

La respuesta a los interrogantes planteados es muy compleja, y mucho me temo que se realizará en clave política, de forma que los países islámicos ricos sean clasificados como moderados y el resto atendiendo a los intereses estratégicos que tengan los promotores de la iniciativa. Un ejemplo de este doble rasero lo encontramos en el estatus internacional del que disfrutan algunos países del Golfo Pérsico, y en especial Arabia Saudí o los Emiratos Árabes, pues, por una parte, se trata de países con sistemas de gobierno feudales, carentes de sistemas electorales, y donde los derechos y libertades fundamentales –y en especial los de la mujeres– brillan por su ausencia; pero por la otra, y pese a que varios de los terroristas implicados en el 11-S eran saudíes, y a que se trata de la cuna de la ideología wahabí (la concepción del islam que propugna la aplicación de la sharia), son considerados por Occidente como aliados.

El principal culpable, y al mismo tiempo el gran beneficiario del fundamentalismo islámico, es el propio poder político, ya que, gracias a un pacto tácito entre los gobernantes y los religiosos, las teocracias islámicas perpetúan un sistema de vasallaje que sirve para que unos sean dioses o señores y los otros esclavos. En Europa sabemos mucho de esto, no en vano la conformación política y el radicalismo católico de las monarquías confesionales hasta la Edad Contemporánea no difiere mucho de las teocracias islámicas actuales.

La única receta que puede servir para derrocar a los fundamentalismos religiosos es que se produzca un cambio en las estructuras políticas de poder, que permita a los siervos convertirse en ciudadanos titulares de derechos y desarrollarse en un contexto plural. Esa es la lección que nos han legado las revoluciones ilustradas. Hasta que ese momento llegue podemos hablar de Alianzas de Civilizaciones o de proyectos similares, que sirven para justificar los intereses geoestratégicos de las grandes potencias, pero que no atajan la raíz del problema.

*Óscar Celador Angón es Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas.