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Chile: qué golpazo

Ene 25 2010

Por Esteban Valenti (*)

Un amigo chileno me decía que Chile es un país con pocos matices…

Pasar de un gobierno de centro izquierda, con una presidenta mujer y socialista, hija de un general asesinado por Pinochet, que tiene un 80% de aprobación de su gestión, al triunfo de la derecha encabezada por el mayor empresario de Chile, con un pasado vinculado a la dictadura y con la UDI (directamente emparentada con el pinochetismo) como fuerza parlamentaria principal del futuro gobierno, parecería confirmar que del otro lado de los Andes, los tonos son más bien netos.

Desde 1958, con Jorge Alessandri que la derecha no ganaba las elecciones en Chile. Luego del triunfo de Piñera aparecieron los matices. Desde la propia Concentración y el gobierno bajaron el tono y se felicitaron por las ejemplares elecciones. Algunos analistas insisten en que esta alternancia completa el ciclo de consolidación democrática. Como si el gobierno de la Concertación no hubiera surgido de la libre competencia electoral, con una Constitución garantista de los resabios del viejo régimen militar.

Luego de las derrotas – y de eso se trata – hay dos formas de encarar la realidad: mirarla de frente, en toda su crudeza y asumir sus lecciones y mensajes o amasarla, manosearla hasta darle un tinte grisáceo y poco reconocible. Como por ejemplo comenzar a manejar el término: “centro derecha” para definir al gobierno de Sebastián Piñera. No se consuela el que no quiere o el que se orienta hacia ciertos rumbos…

En la campaña electoral, incluso desde aquí, desde la distancia, la propia Concertación jugó fuerte y definió el pleito electoral entre las fuerzas democráticas y los otros. A buen entendedor. Es cierto que las campañas exaltan los ánimos, pero comparando no hay duda que en Chile la derecha es derecha por historia, por complicidades, por formas de entender la política y la sociedad y por sus personajes.

Los últimos discursos de Piñera en la campaña., su descalificación permanente de los partidos de la Concertación y de las organizaciones sociales, son definiciones profundamente de derecha aunque sin duda el actual presidente electo logró en su campaña separarse del pinochetismo y presentarse con una imagen liberal. Aunque mirando los números con atención está claro que las elecciones las ganó Piñera pero sobre todo las perdió la Concertación.

No hay en Uruguay ninguna fuerza política parlamentaria con el pasado y las relaciones antidemocráticas de derecha que existen en Chile. Es otra derecha. Y que las hay, las hay.

Todos nos auguramos que las conquistas sociales, las leyes y proyectos avanzados y más en general lo que logró la Concertación en sus cinco gobiernos sucesivos no sea devastado por una ola de derecha. Y eso tiene que ver con muchos elementos sociales, culturales y naturalmente políticos, pero lo cierto es que en Chile la izquierda sufrió una importante derrota. Y que eso influye en toda la región, pues revierte una tendencia. Esta tendencia además fue analizada y discutida en diversos foros por las fuerzas de derecha. Panamá fue el primer eslabón. Y lo proclamaron.

Si alguien en lugar de llamarla derrota, la quiere llamar centro derecha. Es su problema.

¿Cómo fue posible esta derrota? Obviamente leeremos atentamente y respetuosamente los balances y análisis realizados por los diversos actores políticos chilenos. Los nuestros y los otros. Y por “nuestros” entiendo los de izquierda.

Todos hemos seguido con mucha atención el proceso chileno y no por interés cultural, sino porque impacta en nuestra propia realidad. Por ello vamos a atrevernos a opinar.

La relación con nuestra realidad no es sólo afectiva, de ideas entre izquierdistas, por historia y por la fraternidad que compartimos con muchos compañeros chilenos, es porque nosotros también estamos en el gobierno, tenemos por delante nuestro segundo periodo y tenemos que aprender, tenemos que preguntarnos y tenemos que afrontar respuestas incómodas.

¿Cómo se pueden perder las elecciones con una presidenta que tiene el 80% de apoyo a su gestión, con el anterior presidente, Ricardo Lagos que se retiró con el 70% de apoyo y con éxitos innegables a nivel económico, social, educativo y de proyecto? ¿Y perder con la derecha? La Concertación recibió el país hace 20 años con 40% de los chilenos viviendo en la pobreza y lo entregará con el 11%. Nunca en toda su historia Chile tuvo un periodo de progreso tan importante y marcado.

Las causas de la derrota no son económicas, no son sociales en lo fundamental, hoy los chilenos están mucho mejor que hace 20 años, las causas son políticas, esencialmente políticas. La Concertación fracasó en la construcción política de la continuidad, no generó expectativas suficientes, entusiasmos y se replegó sobre el poder. Y además se dividió.

Lo que parecían errores menores – internos – dinamitaron la fortaleza de los partidos principales de la Concertación, el Partido Socialista y la Democracia Cristiana. Falta de renovación, uso y abuso de una Constitución que fractura los legisladores y los propios partidos de la vida ciudadana, negociaciones de palacio permanentes y el poder como autoreferente central, fueron los ingredientes de un cocktail muy indigesto.

Los partidos que no se renovaron y que tampoco aceptaron definir las candidaturas a través de la opinión de los electores, sino de las cúpulas reiteradas y repetidas. La derrota no fue un Waterloo pero puede serlo, porque la Concertación se enfrentará a tensiones muy fuertes.

Por un lado tensiones en la sociedad. La fractura expuesta de la candidatura de Marco Enriquez Ominami no ha terminado. El cargará con sus responsabilidades, pero es notorio que expresaba con su 20% de los votos un fuerte malhumor en el electorado histórico de la Concertación y sobre todo del Partido Socialista. A lo que hay que sumar el cisma de Jorge Arrarte.

Tensiones en la propia Concertación, porque los cantos de sirena de la derecha hacia partes importantes de la propia coalición actual de gobierno para fracturarla, para desprender porciones y sumarlas al actual gobierno no esperaron un solo día. Ver El Mercurio del 18 de enero, al otro día de las elecciones. No hay que ser por cierto un lince para prever los apetitos divisionistas de la derecha chilena hacia la Concertación.

Renovar es difícil, no es connatural al poder, es una forma de generosidad política poco común. Los seres humanos tenemos la tendencia a sentirnos insustituibles y los políticos en particular. Si la danza de nombres en la izquierda chilena sigue siendo siempre la misma, proponiendo poco más que la continuidad de lo hecho, los resultados están a la vista.

Si difícil es renovarse en líderes e ideas, en la victoria y en la perspectiva de seguir en el poder, más complejo y tenso es hacerlo desde el llano. La izquierda chilena post dictadura – con excepción del Partido Comunista – no conoce el llano y ahora tendrá que hacer un aprendizaje rápido y profundo. No en el discurso, también en las acciones, en las formas de relacionarse con la sociedad, de construir participación ciudadana, de innovar en su discurso y superar sus propios límites.

Otro dato importante además de la división en la Concertación y sus altos costos fue el candidato. Frei ya no es el mismo, corresponde a otro momento y no superó la prueba. Los candidatos son también un elemento esencial de una disputa y no heredan los méritos del anterior gobierno.

La Concertación tiene mayoría en el Senado y Piñera ni siquiera tiene mayoría propia en la Cámara de diputados. Se abre un periodo intenso y lleno de nuevos problemas para las fuerzas progresistas en Chile.

Obviamente lo seguiremos con mucha atención, tratando de entender, de aprender sobre el difícil tránsito de gobernar, de hacer política, de mantener viva la llama de los partidos y de la ideas y sobre todo de seguir cambiando profundamente: economía, sociedad y cultura. Desde la izquierda.

(*) Periodista, escritor, coordinador de Bitácora. Uruguay