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La década empieza mal

Ene 19 2010

Por Boaventura de Sousa Santos (*)

Cualquier ciudadano del mundo que tenga el privilegio de no estar preocupado por la supervivencia de mañana y escuche, lea o vea las noticias todo un privilegio, pues pertenece a una pequeña minoría de los 6,8 millones de seres humanos tiene razones para estar perplejo y receloso. Y tendría aún más razones si supiera lo que no sale en los grandes medios de comunicación.

El día de Navidad un joven nigeriano estuvo a punto de hacer estallar un avión mientras éste se preparaba para aterrizar en la ciudad norteamericana de Detroit.

Si hubiera tenido éxito, el fallido atentado habría matado a cientos de personas entre pasajeros, tripulantes y residentes de la zona donde el avión hubiese caído. La perplejidad es ésta: ¿cómo es posible que haya sucedido esto en el país que posee las más sofisticadas tecnologías de vigilancia y seguridad, más aún cuando el joven extremista era conocido por los servicios secretos y había sido denunciado por su propio padre a las embajadas occidentales?

¿Cómo es posible que el país más poderoso del mundo haya puesto de manifiesto tal debilidad?

El recelo es el siguiente: ¿cómo va a reaccionar ahora Estados Unidos? ¿Abrirá más frentes de guerra?
Después de Iraq, Afganistán y Pakistán, ¿el siguiente será Irán, del que las noticias dicen que tienen planes para construir una bomba atómica, o Yemen, donde el joven se había entrenado? ¿Qué otros países serán los siguientes? ¿Podrá verse libre algún país de ser blanco de esta guerra?

La perplejidad se doblaría si llegase a la ciudadanía la noticia de dos especulaciones inquietantes: los servicios secretos corrieron el riesgo de dejar entrar al joven en Estados Unidos porque pretendían contratarlo como doble agente, tal y como se especula que ocurrió lo mismo con los servicios secretos daneses, que también conocían bien a quien intentó matar al caricaturista.

Siguiendo el hilo de las especulaciones, la información sobre el joven nigeriano fue deliberadamente bloqueada para que el atentado ocurriera y generara una ola de revuelta que llevase a la opinión pública norteamericana no sólo a justificar más guerras en una región rica en petróleo, sino también a pensar que un presidente negro y de segundo nombre Hussein no les garantiza la seguridad y les está robando un país hecho por y para los blancos. ¿Especulaciones sin sentido? Lo más sorprendente de todo es que nadie piense en esto.

Y el recelo se convertiría en rebelión si el ciudadano común supiera: que, del mismo modo que Iraq no tenía armas de destrucción masiva, Irán no tiene ningún programa de bomba nuclear, hecho demostrado por 16 agencias del gobierno de Estados Unidos, y que, a pesar de ello, Israel y Estados Unidos continúan los preparativos para un ataque contra Irán; que los peligrosos enemigos de hoy fueron financiados ayer para destruir el nacionalismo emergente de izquierdas: Israel financió a Hamás contra el movimiento de liberación palestina y Estados Unidos financió a los talibanes contra el gobierno de izquierdas y sus aliados rusos; que la guerra supuestamente patriótica para defender la democracia está cada vez más obstaculizada por fuerzas mercenarias, para las que la guerra es un puro negocio —en el atentado con bomba del pasado 30 de diciembre en Afganistán, cometido por un doble agente jordano contratado por Estados Unidos para alcanzar el liderazgo de Al Qaeda—, dos de los «agentes» de la CIA muertos eran, de hecho, mercenarios de Blackwater Security, considerado el ejército mercenario más poderoso del mundo; que los mayores costes de la guerra, para quien la sufre, son aquéllos que no se cuentan como tal, del que un ejemplo trágico es la epidemia de cáncer y de bebés nacidos con deformidades que está asolando Iraq, relacionada con el uranio depositado en el suelo por las bombas «aliadas», un problema que, además, también comienza a afectar a los soldados aliados y a sus hijos; que en el centro de las desgracias venideras está uno de los pueblos más indefensos y abandonados del mundo: los palestinos, prisioneros en sus propio país a merced de un Estado ocupante, racista, con armas nucleares que nunca dejó inspeccionar, apoyado por un decadente centro del imperio y por Egipto, uno de sus más serviles lacayos.

(*) Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal). Fuente: gentileza del autor. (Artículo original publicado el 11 de enero de 2010). En «Bitácora» de Montevideo, 17.01.10.