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Damnificados y ciudadanos: lecciones de Haití

Feb 1 2010

Por Alejandro Nadal (*)

El desastre de Haití recuerda un relato de Daisetz Teitaro Suzuki, el filósofo y maestro de budismo Zen. Un anciano japonés daba un paseo por una de las pequeñas colinas que rodeaban su aldea junto al mar. De pronto observó que se aproximaba un tsunami y trató de alertar a los habitantes del poblado. Como no le hacían caso, prendió fuego a los sembradíos comunales que le quedaban más cerca.

El humo atrajo la atención de sus compañeros que presurosos subieron a tierras altas para apagar el incendio y se salvaron así del tsunami.

Es una pequeña historia que servía al viejo filósofo para ilustrar algunas particularidades del budismo Zen, en especial la espontaneidad y el papel de la intuición. Pero el anécdota esconde una enseñanza importante en materia de prevención de desastres.

¿Cuál es el principal recurso para combatir los efectos de un desastre? Normalmente se piensa en cuerpos especializados para rescate o en la ayuda internacional. Pero esa es la respuesta equivocada. El recurso más importante y con un mayor potencial para reducir la vulnerabilidad es precisamente la población afectada.

Hay tres razones. Primero, la población afectada ya está en el lugar de los hechos. Terremoto, volcán, huracán o accidente industrial, la población dañada ya está sobre el terreno y puede iniciar inmediatamente las operaciones de rescate y de mitigación de daños. Segundo, los habitantes del lugar perturbado conocen mejor que nadie las características del terreno, saben cómo aprovecharlas y cómo enfrentar sus desventajas. Estas dos consideraciones son clave cuando el tiempo apremia.

La tercera razón es que los miembros de una población golpeada por una catástrofe están comprometidos con la seguridad de los suyos y con sus bienes materiales. Los habitantes de Armero nunca hubieran abandonado los monitores que vigilaban el Nevado de Ruiz (noviembre de 1985), hubieran alertado sobre el lahar que se precipitaba sobre el poblado y hubieran salvado 25,000 vidas.

Pero en la historia de los desastres naturales (y aquéllos provocados por el hombre) el poder siempre ha reaccionado de la misma manera: se declara a la población afectada como «damnificada». Esto no es un reflejo súbito dictado por buenos sentimientos y afán de ayudar. Es un síndrome para mantener estructuras de dominación. La terrible tragedia en Haití no es una excepción.

Un ejemplo sobresaliente de todo lo anterior es el de Nueva Orleans y el huracán Katrina. Ese caso también demostró que pobreza y vulnerabilidad van de la mano, pero además reveló que un desastre es como la guerra: las rutinas que definen lo cotidiano no funcionan, las estructuras materiales se derrumban y las comunicaciones pueden ser inexistentes. El pillaje y el saqueo son una consecuencia natural. En Nueva Orleans la población tuvo que esperar semanas para recibir ayuda de algún tipo. La Agencia federal de manejo de emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) no pudo coordinar ni sus propios helicópteros y la idea de que los desastres pueden ser «administrados» quedó en el descrédito más completo.

Pero eso no significa que la noción del «manejo de desastres» ha sido enterrada. Sigue siendo parte del credo oficial sobre protección civil. El drama en Haití nos confirma que el poder seguirá usando y recurriendo a esta figura para siempre encerrar a la población en un rol de sumisión.

La población que sufre los efectos de una catástrofe natural es siempre encajonada en el marco estrecho de la definición de «damnificada» o personas que han sufrido un grave daño colectivo. La consecuencia directa es siempre la misma: estas personas son condenadas a esperar pasivamente a que llegue la ayuda. Cuando ésta por fin arriba, los problemas logísticos se erigen como un formidable obstáculo. Es exactamente lo que ocurre hoy en Puerto Príncipe. Se presenta un cuello de botella: en el terreno hay gente desesperada, mientras que los aviones sobrevuelan en círculos y en el horizonte se perfila la silueta de barcos que no pueden desembarcar su carga.

Ahora bien, para que la población en un lugar expuesto a desastres naturales pueda constituir un recurso para la prevención y mitigación, se necesita dotarle de instrumentos, herramientas y medios de comunicación. También se necesita practicar en simulacros las rutinas que deberán seguirse cuando se desata el infierno de un desastre. Esas rutinas y simulacros deben ser parte de una forma de convivencia que permita, en su momento, recibir ayuda de manera ordenada y eficaz. Esto es algo parecido a la organización de un sistema de defensa civil como existe en los cantones de la Confederación Helvética.

¿Rutinas y simulacros? Ey, un momento, ¿no es ir demasiado lejos? Eso significa que la gente estará organizada, dispuesta a movilizarse, a encargarse de sus propios asuntos sin tener que esperar a que lleguen los funcionarios para presuntamente imprimirle organización a la vida. Y eso no puede ser visto con buenos ojos por las clases dominantes y sus esbirros en el aparato estatal. ¿Preparar a la población para que pueda movilizarse? Vaya, pero si el siguiente paso será que la población tome conciencia de su situación y comience a hacer reclamos políticos. ¡Eso sí que es peligroso!

Para evitar todo esto es preferible hablar de damnificados y no darle herramientas a nadie. Sólo los cuerpos de rescatistas oficiales están habilitados para canalizar la ayuda y asegurarse que todo regrese a la «normalidad». El desastre y el salvamento deben ser materia de especialistas. Y si todo sale mal, siempre queda el recurso de militarizar todo el territorio afectado y recordar a los «damnificados» el camino del orden. Muy rápidamente los damnificados pasan a la categoría de delincuentes potenciales.

Todo esto se repite en Haití. Es la misma lección: la vulnerabilidad va de la mano con la pobreza. Es una enseñanza que debemos tomar en cuenta en México, con más de 60% de la población en la pobreza y con una gran parte del territorio marcado por una alta vulnerabilidad. Nuestra pobreza no tiene nada que envidiar a la de Haití. Nuestra vulnerabilidad tampoco.

(*) Miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, economista y profesor investigador del Centro de Estudios Económicos, El Colegio de México. México.