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Esperanza en la audacia

Jun 25 2010

Cristovãm Buarque*

A veces, los grandes cambios se producen de forma imperceptible. En otras ocasiones es posible percibir que un gesto conllevará necesariamente cambios. El lunes 17 de mayo tuvo lugar uno de estos gestos: el acuerdo firmado por Irán sobre el enriquecimiento de uranio gracias a la intervención del presidente brasileño, Lula da Silva, y del primer ministro turco, Erdogan. Es pronto para saber si ese acuerdo evitará que Irán consiga su propia bomba atómica o el estallido de una guerra entre este país y las potencias occidentales. Pero es perfectamente posible percibir que este ha sido un gesto indicador de dos ondas de cambios en curso: la proliferación de armas de destrucción masiva y la proliferación del poder político entre las naciones.

Estados Unidos, Francia y Reino Unido disponen de 5.638 cabezas declaradas listas para uso. No se sabe de cuántas cabezas disponen Rusia, China, India, Pakistán o Corea del Norte, aparte de Israel. Se sospecha que Sudáfrica y Ucrania tienen ya capacidad para fabricar bombas. Brasil, Argentina, Corea del Sur, México, Japón y cualquier país de Europa occidental no han desarrollado aún sus bombas por decisión política. En Brasil está prohibido por la Constitución, al igual que en Irán está prohibido por una fatua.

La posibilidad de que nuevos países fabriquen la bomba aumenta de año en año. La única forma de evitarlo es el desarme general y la obligatoriedad de las inspecciones internacionales. Lamentablemente, el TNP o Tratado de No Proliferación no muestra tendencia alguna hacia la destrucción de los actuales arsenales, ni tampoco hacia la fiscalización internacional obligatoria de las inspecciones nucleares.

Los países que poseen la bomba no parecen partidarios del desarme, sino de desarmar a los demás. Pero no lo conseguirán por mucho tiempo porque la tecnología tiende a difundirse. Aparte de que esos países toleran las investigaciones realizadas por sus aliados, y ello con el falso argumento de que hay países dignos de confianza y otros que no lo son tanto.

Ningún país es de por sí digno de confianza, porque los países dependen de sus Gobiernos, que cambian. El Irak de Sadam fue digno de confianza hasta la invasión de Kuwait; el Irán del sha era uno de los países más dignos de confianza, amigo de Estados Unidos y Europa hasta que llegó el ayatolá Jomeini. No debemos confiar en que Irán se sienta automáticamente obligado por el acuerdo firmado el 17 de mayo; como tampoco puede garantizarse que algún día Brasil no reforme su Constitución para permitir la fabricación de su bomba.

La importancia del gesto de Brasil y de Turquía no reside en su tentativa de impedir el avance de la insensata proliferación de armas nucleares. Reside en la certeza de avanzar en la proliferación del poder político entre naciones. Brasil y Turquía han demostrado que los países emergentes pueden participar en el escenario global. Allí mismo, en Asia Central, las grandes potencias del «norte» han jugado durante dos siglos el llamado Great Game. Hicieron y deshicieron fronteras, crearon y deconstruyeron países, colocaron y derribaron Gobiernos. De repente, surgen dos voces del «sur» y entran en el Great Game sin pedir permiso.

La desconfianza en relación con el cumplimiento del acuerdo por parte de Irán no dejaría de producirse, aunque fueran otros sus promotores. El recelo de las potencias no tiene que ver con el posible incumplimiento por parte de Irán, pues, si fuera eso, bastaría con pedir garantías y salvaguardas. El recelo es el de que, si se tiene éxito con Irán, Brasil, Turquía y otros países emergentes comiencen a influir en los destinos del mundo. Es eso lo que incomoda a las grandes potencias.

Que Lula y Erdogan consigan que las dos Coreas negocien, que Israel y Palestina retomen las conversaciones, demostrando que la estrategia lateral, sur-sur, llevada a cabo por iguales, puede ser más eficiente que las del norte-sur, impuestas con arrogancia por el poder, el dólar y las armas, con la compra, no mediante el diálogo. Que países marginales y periféricos empiecen a encontrar vías de solución para los problemas mundiales sin necesidad del beneplácito de los países centrales. Y que defiendan sus reservas de minerales, sus manantiales de agua dulce, sus patrimonios culturales; que introduzcan regulaciones en el derecho a las patentes científicas y tecnológicas, y después en sus mercados y hasta acuñen monedas que sustituyan al dólar y al euro. Que sepan construir un nuevo diseño para el mundo global.

Hasta ahora, la onda globalizante ha ido del «norte» al «sur». El acuerdo de Irán demuestra que hay una onda que empieza a esparcirse hacia los «lados». Brasil y Turquía han realizado un gesto que forma parte de este movimiento histórico.

Obama ha escrito La audacia de la Esperanza, un hermoso libro.Lula y Erdogan han hecho un gesto con «esperanza en la audacia» de países que no son potencias. Sin armas nucleares, sin billones de dólares para ayuda exterior, albergaron la esperanza en la osadía de poder influir para construir un mundo mejor. Esperemos que Irán tenga la osadía de mantener el acuerdo y los otros países del mundo puedan agradecer a Brasil y a Turquía lo que ambos conseguirían así para el mundo: la buena proliferación del poder político.

*Cristovam Buarque es catedrático de la Universidad de Brasilia y senador del Partido Democrático de los Trabajadores (PDT). Traducción de Carlos Gumpert. Artículo publicado en Tribuna de El País del 25/06/2010.