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Europa, en la encrucijada

Jun 9 2010

Por Mário Soares (*)

LISBOA, May (IPS) Finalmente los medios de información europeos han comprendido que el ataque contra el euro puede destruir la integración del Viejo Continente y que para evitar esta catástrofe es necesario crear un Fondo Monetario Europeo que pueda ayudar a los Estados en dificultades toda vez que sea necesario.

Además del fondo, se debe crear un gobierno económico -que ya ha sido invocado por la canciller alemana Angela Merkel- de la zona euro (16 de los 27 Estados de la Unión Europea) y un gobierno político con los mismos países. Ello implicará una Europa que marchará a dos velocidades: una para los países que integran la zona euro y adhieren al acuerdo de libre tránsito de Schengen y otra para los restantes once países que no pertenecen a la moneda común ni a Schengen ni a una Europa que avance en sentido federal.

Esto equivale a una revolución, que requiere una revisión seria del Tratado de Lisboa y que quizás podría prescindir, para ser más rápida, de los referendos ratificatorios de los respectivos Estados Nacionales.

En un mundo en que la geoestrategia ha sido modificada profundamente por la presencia de los nuevos Estados emergentes, cada vez más concientes de su fuerza económica y financiera, así como de su poderío demográfico y militar, la Unión Europea se encaminará hacia una completa decadencia a menos que se unifique y se imponga -financiera, económica y políticamente- como un sólo bloque. Esta es una de las ironías de la crisis. Como dijo el conservador Edouard Balladur, ex primer ministro de Francia, en una reciente entrevista al diario «Le Figaro», «la crisis del euro es un episodio de la crisis mundial» pero no se debe perder de vista «que sin la zona euro, Europa se desintegrará y saldrá de la historia».

O sea, que no contará más como uno de los polos del desarrollo mundial y del bienestar social, perderá influencia y capacidad de intervención. Y agrega Balladur, significativamente: «Para preservar el modelo social europeo, que no nos cansamos de elogiar, hace falta tener el coraje político de realizar todas las reformas necesarias para adaptarnos a la globalización».

Estas y otras medidas -como la reducción drástica de los déficit presupuestarios y del endeudamiento externo de los respectivos Estados- son reformas exigidas e incluso anunciadas recientemente. Sin embargo, no podemos estar seguros de que se aplicarán, pues exigen organismos financieros, económicos y políticos de fiscalización y control que no existen o no disponen de poder. El Banco Central Europeo, la Comisión Europea, la Presidencia Europea y el Parlamento Europeo deberían entenderse y coordinarse entre ellos, pero lamentablemente no lo consiguen. Detrás de estas instituciones comunitarias se proyecta la sombra de los grandes Estados regionales, que a su vez distan de pensar en la misma dirección.

En este sentido se destaca la canciller Merkel que habla y actúa en nombre de la Unión, como si fuese la líder de Europa. No lo es -ni podría serlo por su pasado- aunque debemos reconocer que representa el país más rico de la Unión. Aún así, no tiene el derecho de pasar por encima de los principios fundacionales de la Comunidad Económica Europea, antecesora de la Unión Europea: igualdad, unidad y solidaridad entre todos los Estados miembro.

Imponer medidas de austeridad económica y financiera puede resultar fácil aunque resulten muy duras para los sectores menos favorecidos y para las clases medias, para no hablar de los desocupados. Pero aplicar una política de austeridad en un marco de justicia social, teniendo en cuenta las personas más que el dinero y eliminar los gastos superfluos del Estado en todos los sectores, es mucho más difícil.

Por otra parte, si no se penaliza a los grandes especuladores y a los políticos corruptos, las reformas serán impugnadas en las calles y las protestas podrán asumir un carácter violento.

Se configura así una contradicción que los gobiernos deben resolver con pericia: ejecutar las medidas de austeridad necesarias para evitar las bancarrotas que amenazan a algunos Estados europeos y al mismo tiempo impulsar un crecimiento económico que disipe las explosiones sociales. Ardua tarea que la Unión Europea sólo podrá desempeñar si abandona el inmobilismo de los últimos años y se compromete con una política de reformas que la fortalezca, como una verdadera comunidad con reglas éticas propias, con sociedades de bienestar cohesionadas, inclusivas y respetuosas de los derechos humanos y del medio ambiente. Esto sólo se puede conseguir a través de un movimiento de concientización y de participación de la ciudadanía europea. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal.