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Cuba: Estabilidad y seguridad

Sep 2 2010

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Ago (IPS) Mientras reaparecía Fidel y se liberaban prisioneros (gracias a la colaboración de la Iglesia y España), el Presidente Obama anunció que está dispuesto a “suavizar” las restricciones para viajar a Cuba, y ahora para recibir a algunos de los transterrados. No es la primera vez que Cuba abre la espita condicionada, ni será la última que Washington haga un guiño. Pero para equilibrar el gesto, el Departamento de Estado todavía incluye a Cuba en la lista de países que apoyan al terrorismo internacional (en Colombia, a ETA en España). Y Fidel amonesta a Estados Unidos si ataca a Irán.

La decisión de Obama es una nueva modificación de las medidas impuestas por su antecesor para limitar las visitas a la isla de familiares y los intercambios culturales. Se erosionaba así el “turismo” encubierto. Pero la misión primordial de Bush y Obama en el escenario global es garantizar la seguridad de Estados Unidos. Eso se consigue evitando la desestabilización de Cuba.

Bush aclaró entonces su actitud ante los sutiles cambios de Cuba después de la cesión de poder de Fidel a su hermano Raúl en 2006. Insistía en que “la palabra operativa no era la ‘estabilidad’ sino la “libertad’ ”. Pero detrás de la palabra “estabilidad” residía la clave de la “seguridad”. La temida carencia de “estabilidad” de Cuba podía interpretarse como “amenaza para la seguridad de Estados Unidos”. Desde la perspectiva de La Habana, “estabilidad” era la mejor defensa de la “seguridad” de Cuba.

Para Washington, la doble meta de estabilidad y democracia podría ser lo más deseable. Pero no está claro que ambas sean compatibles ni asequibles, por ahora. De ahí que Bush hubiera estado escondiendo la obligada resignación de optar, como mal menor, por la estabilidad de Cuba, en aras de la mejor garantía de la seguridad de Estados Unidos. Obama, por su parte, asiente.

Hoy, el ejército cubano ha dejado de ser una amenaza. Está reducido a ejercer como una fuerza de vigilancia local del territorio y represión interna. En lugar de mantener regimientos “africanos”, hoy Cuba hace uso de un curioso “poder blando” con la exportación de millares de médicos y maestros en Venezuela, Bolivia y otros países.

De ser la posible causa de una guerra nuclear durante la crisis de los misiles en octubre de 1963, Cuba representa hoy un riesgo especial y diferente. Se presenta por una hipotética explosión social interna, generada por el consiguiente descontento ante el deterioro económico, y un éxodo masivo hacia Estados Unidos. Lo más temido es el surgimiento de un “Estado fallido”, incapaz de controlar fuerzas sociales antagónicas. Las fuerzas armadas cubanas están consideradas por el Pentágono como la única garantía para evitarlo.

Esa entente cordiale se rastrea al “periodo especial” de principios del 90 y la retirada del subsidio soviético. Como daño colateral, se acrecentó la presión para emigrar y el propio gobierno cubano abrió de nuevo la espita y dejó (en parte por su propia impotencia) que se desbocara la emigración ilegal. Fue la “crisis de los balseros” del verano de 1994. El fantasma de un remake del Mariel de 1980 convenció al gobierno norteamericano a poner en práctica algunas medidas para evitarlo.

Clinton había aprendido la lección, ya que cuando era gobernador de Arkansas había sufrido en su propio capital político las consecuencias del éxodo indiscriminado. Numerosos criminales liberados de las cárceles cubanas terminaron en las calles de Miami y de allí fueron trasladados a prisiones en otros estados, con el resultado de motines y serios enfrentamientos en lugares históricamente ajenos a las controversias a causa de Cuba. Los incidentes en las cárceles de Arkansas le costaron a Clinton su reelección. Escarmentado, trenzó un acuerdo con Castro concediéndole 20.000 visados al año garantizados (el único país con este privilegio). Al exilio le regaló la llamada política de “pies mojados/pies secos”: los que conseguían pisar tierra americana recibían el estatus de refugiados; pero los aprehendidos en alta mar eran devueltos a Cuba. Este compromiso reforzaba la vigencia de la “Ley de Ajuste Cubano” por la que los refugiados se convierten automáticamente en residentes, trampolín de la ciudadanía.

También es fácil constatar el tácito consenso de los gobiernos del América Latina y el Caribe, centristas o moderadamente de izquierda, incluso los intereses económicos de Estados Unidos, que apuestan por la relativa estabilidad de Cuba. Desde México a Barbados, de Bogotá a Disney World, todos están de acuerdo en que lo mejor es que Cuba siga como está, al menos por un tiempo prudencial. En Cancún, San Juan de Puerto de Rico y Santo Domingo lo último que desean es mayor competencia turística.

Repitamos: en Washington la estabilidad se traduce en seguridad. En el Pentágono ya tienen suficientes problemas en Afganistán (y en Iraq). Es el escenario estratégico detrás de la liberación de los disidentes y a la reaparición de Fidel para calentar (moderadamente) el ambiente. (FIN/COPYRIGHT)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami