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Nueve años del 11 de septiembre. Occidente entre la guerra y la paz.

Sep 8 2010

Por Mário Soares (*)

LISBOA, Sep (IPS) Después de los atentados del 11 de septiembre del 2001 que dejaron al descubierto la vulnerabilidad de Estados Unidos que se consideraba, tras el colapso del universo comunista la hiperpotencia del planeta, el entonces Presidente George W. Bush quedó, en el primer momento, desorientado.

Acto seguido, reaccionó como un tejano agredido, con la máxima:violencia: «ojo por ojo, diente por diente», sin siquiera intentar percibir el fenómeno nuevo que lo desafiaba y que después fue llamado «terrorismo global». Declaró una guerra sin cuartel al terrorismo pasando por alto la opinión de sus aliados de la «vieja Europa», donde Francia y Alemania le opusieron, justamente, resistencia.

No tomó en consideración la solidaridad que el mundo -en todos los continentes- unánimemente manifestó a Estados Unidos y sólo pensó en ejercer las represalias acordes con la superpotencia militar que era y sigue siendo, pero con un sentido de vulnerabilidad y con los errores colosales que desde enrtonces cometió. Sin remedio.

Ha pasado casi una década, la primera del siglo XXI. Y el terrorismo, aunque seguramente debilitado, no ha sido vencido. Lejos de ello, no se sabe donde está Bin Laden y si está vivo. Pero Al Qaeda sigue actuando y está presente en varios continentes, aunque afortunamente disminuida.

Entretanto, el mundo ha cambiado velozmente y la relación de fuerzas se ha modificado. China se ha convertido en la segunda potencia económica mundial,, en competencia (pacífica) con los Estados Unidos. Surgieron los países emergentes, que hoy ejercen gran influencia en las relaciones internacionales. Naciones Unidas ha perdido prestigio, sobre todo en el plano moral, pues no ha tenido la fuerza de hacer cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio. A este cuadro internacional de extrema complejidad se
sumó la crisis económico-fnanciera global que aflige, con diferente intensidad, a todos los Estados del mundo.

La Unión Europea deambula y atraviesa la peor crisis de su historia, que comenzó con el Tratado de Roma de 1957. No cuenta, como en el pasado, con dirigentes políticos y morales capaces de encaminarla. El euro, una de las grandes conquistas europeas, afrontó recientemente un cuadro de crisis que amenazó con la disgregación de los 27 Estados miembro de la Unión Europea, pese a que sólo 16 adoptaron la moneda única. Ese riesgo al parecer ha pasado gracias -en parte- a la China, que comprendió que la desaparición del euro dejaría a su divisa, el yen, frente a frente en competencia con el dólar, lo que podría desequilibrar aún más el sistema. Fue una ayuda para Europa y para Alemania en especial, que no se debe olvidar.

En enero del 2009, después de una victoria electoral extraordinaria, el afroamericano Barack Hussein Obama, un fenómeno excepcional e inesperado de nuestro tiempo, asumió la presidencia de los Estados Unidos, para situarse en las antípodas de su antecesor y cargar con el peso de una crisis mundial cuyo epicentro fue precisamente Wall Street. Consiguió la aprobación
parlamentaria de una ley moralizadora que quedará como un modelo indeleble en la historia norteamericana, la mismo que la reforma de la asistencia sanitaria. Pero el escollo principal permanece porque la crisis continúa con ciertos puntos neurálgicos de naturaleza internacional que deben ser resueltos.

Obama fue siempre contrario a la invasión de Iraq y favorable a retirar las tropas norteamericanas de ese país. El plazo fijado para el repliegue se acerca y nadie puede imaginar como quedará ese desgraciado país, arruinado y en guerra civil entre chiitas y sunitas gracias a la inconsciencia de un presidente norteamericano (impune) que sacrificó varios millares de vidas inocentes mientras algunas empresas ganaban fortunas, incluidas las de mercenarios.

El caso de Afganistán es todavía peor, ya que envuelve a dos organizaciones internacionales, la OTAN, que se verá en dificultades para sobrevivir a su intervención en ese país, y Naciones Unidas, que avaló una guerra que no podía ignorar que terminaría mal.

Nicholas Kristof escribió en el New York Times que «un soldado norteamericano cuesta más que 20 escuelas», que «esta es la guerra más cara de la historia estadounidense» y que Obama solicitó al Congreso un presupuesto militar «un 6,1% más alto que el más elevado en la era de Bush».

Christoph Schwennicke escribió en Der Spiegel: «A los políticos les resulta difícil admitir que estaban equivocados. En el caso de Afganistán, las consecuencias de no reconocer el error pueden ser fatales. Ha llegado la hora de que Occidente limite sus pérdidas y se retire».

Este es el dilema terrible que encara Obama. Sin olvidar los otros: la marea negra en el golfo de México, el calentamiento global, la crisis economica mundial, etcétera.

Pero si cede al «complejo industrial-militar» -como lo llamó su antecesor Ike Eisenhower- tendrá un inmerecido fin -lo digo con tristeza- en la historia de Estados Unidos y el mundo. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal.