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¿Ganó la precariedad?

Oct 1 2010

Por ISMAEL BERMUDEZ (*)

El derrumbe de la sociedad salarial generalizó el empleo precario. Para la polémica, el francés Robert Castel propone adaptarse sin discutir.

En El ascenso de las incertidumbres (Trabajo, protecciones, estatuto del individuo ), el renombrado soció- logo francés Robert Castel (Brest, 1933), vuelve a indagar en «la gran transformación» que se produjo en las últimas décadas en la sociedad salarial y que dio lugar a lo que define como «precariado».

Con esto se refiere al fenómeno de la precariedad laboral que al comienzo ­dice­ fue pregonada como «un mal momento» pasajero mientras el capitalismo iría superando su crisis, pero que se ha convertido «en una condición de alguna manera ‘normal’ de la organización del trabajo, con sus características propias y su propio régimen de existencia». «Se podría llamar «precariado» a esta condición bajo la cual la precariedad se convierte en un registro propio de la organización del trabajo».

Si bien Castel menciona los ejemplos franceses, como los contratos «atípicos» de empleo, de aprendizaje, de acompañamiento en el empleo, de ingreso mínimo de actividad, de tiempo parcial, de pasantías, esas figuras del precariado son ampliamente conocidas en la Argentina, camufladas o no bajo los contratos a tiempo parcial, el Monotributo o Monotributo Social, Argentina Trabaja u otros planes llamados de empleo.

«Por cierto ­agrega Castel­ la mayoría de estas medidas son siempre presentadas como provisionales y destinadas a servir de transición en un recorrido que debe conducir al ‘empleo duradero’. Pero la experiencia de aquellos que llevan a cabo estos recorridos por lo general es muy diferente.

En lugar de una transición hacia el empleo duradero con frecuencia se observa el pasaje de una pasantía a otra o de un contrato asistido hacia otro contrato asistido o un empleo de duración limitada, con el intervalo de períodos más o menos largos de inactividad, soportados gracias a un poco de ayuda social, un poco de ayuda familiar cuando existe, y a veces también algunas actividades delictivas».

Este proceso fue acompañado ­prosigue el autor­ de un «deslizamiento progresivo» del modelo de protección social basado en el trabajo hacia otro «minimalista» para «los que no pueden entrar en el régimen de la seguridad social porque están fuera del trabajo».

A pesar de este duro y realista diagnóstico de la situación laboral y social, Castel descarta toda superación a esta degradación social porque ­ escribe­ «la versión más resplandeciente y heroica de la crítica del capitalismo, la alternativa revolucionaria, se retiró de nuestra historia, por lo menos en el presente y en un porvenir previsible».

A partir de este diagnóstico, Castel confía en que se irá logrando un nuevo registro o regulación de las relaciones laborales y de protección social adaptados a la situación actual. «Desde este punto de vista, la búsqueda de un nuevo compromiso, diferente pero homólogo al del capitalismo industrial, entre una exigencia de competitividad-flexibilidad por el lado de las empresas y una exigencia de protección-seguridad por el lado de los trabajadores, aparece como la articulación que sería necesaria promover para que los trastornos actuales no desemboquen en una salida por la parte inferior de la sociedad salarial, cuyo desenlace sería una remercantilización completa del trabajo».

Nivelar hacia abajo

Castel califica esta posición, a la que adhiere, como la de «un reformismo realista» con un Estado social que articula el mercado y el trabajo, que redefine los derechos laborales y la protección social y que construye una «verdadera solidaridad» en la que todos los miembros de la sociedad reciban un mínimo de recursos y derechos comunes que constituyen «su ciudadanía social». Y hace esta propuesta porque considera que el Estado no es un instrumento de la dominación de clase sino un árbitro que conduce y articula compromisos «en nombre de la cohesión social».

Así, por ejemplo, plantea «dar un estatuto al trabajador móvil» o garantizar prestaciones a los que se desempeñan en las actividades precarias o están desempleados.

En lugar «de la concepción degradada de la solidaridad que consiste en prodigar ayudas a las categorías más desprovistas», Castel dice que habría que «refundar por completo el conjunto de los derechos y las protecciones del trabajo, inclusive para aquellos que tienen actualmente un empleo estable».

De este modo, en lugar de cuestionar el «precariado» para sacar a los precarios de esa situación para que dispongan de los derechos plenos de los asalariados y de la previsión social, Castel plantea adaptar la legislación laboral y de seguridad social a las nuevas condiciones precarias. Eso no sería otra cosa que nivelar hacia abajo, ya que incluye en su propuesta a los que tienen una ocupación estable.

Estas serían las tareas de arbitraje que le asigna al Estado social que no es otra cosa que articular un compromiso con las organizaciones sindicales y sociales ­lo que supone la reglamentación y regimentación del accionar laboral y social y hasta una mayor estatización de las organizaciones sindicales­ en función de la «cohesión» de los intereses del sistema.

Castel soslaya que los Estados llamados a cumplir este rol no sólo no fueron ajenos a la enorme degradación social que describe sino sus promotores, luego de haberse devorado los fondos que debían servir para financiar el Estado de Bienestar. Ahora esos Estados están en bancarrota fiscal por los niveles de endeudamiento que debieron asumir para rescatar a los grandes grupos económicos y al sistema financiero, al mismo tiempo que pretenden descargar esos déficits achicando salarios y jubilaciones, elevando la edad jubilatoria, mientras el desempleo vuelve a trepar a tasas de dos dígitos. Las propuestas que Castel califica de realistas-reformistas no se oponen a este curso de acción sino que se adaptan y complementan.

Los derechos y las prestaciones mínimas de la «ciudadanía social» no son otra cosa que «precariado» en la vida activa y un ingreso de pobreza luego del retiro laboral.

El autor también soslaya las consecuencias regimentadoras y hasta totalitarias de un llamado Estado social cuya tarea esencial sería regular todavía más a la fuerza de trabajo para permitir el desenvolvimiento del mercado.

Castel incurre en un error de método ya que pretende abordar la degradación social ya no sólo sin discutir o cuestionar el régimen de producción que la produce y reproduce.

Ni siquiera cuestiona el rescate de la banca y de los fondos especulativos o sugiere alguna quita al sistema financiero y a los monopolios, la nacionalización de los bancos o la eliminación de la deuda pública financiera. Concluye así adaptándose al precariado que tan magníficamente describe.

(*) Periodista. Argentina. En «Bitácora» de Montevideo