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Violencia contra mujeres aumenta riesgo ante VIH

Nov 23 2010

Por Marcela Valente

BUENOS AIRES, 23 nov (IPS) – «Mi madre me golpeaba, me dejaba encerrada y luego comenzó a encadenarme a la mesa», cuenta Elizabeth. Teresa estaba embarazada de siete meses cuando su marido la agarró del pelo, la tiró al suelo y la pateó.

Son testimonios de mujeres viviendo con VIH/sida publicados en un informe difundido este martes en Buenos Aires, que revela las distintas formas de violencia que experimentan la mayoría de estas mujeres a lo largo de su historia.

La investigación «Dos caras de una misma realidad. Violencia hacia las mujeres y VIH/sida en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay» asegura que 78 por ciento de las encuestadas en los cuatro países sufrieron algún tipo de violencia en su vida.

Para cuando las mujeres contrajeron el VIH (virus de inmunodeficiencia humana, causante del sida) muchas ya traían una larga historia de abuso y violencia de género que las hizo más vulnerables, sostiene el estudio.

Setenta por ciento de las 399 mujeres con el virus entrevistadas en los cuatro países dijeron haber sufrido violencia psicológica, la más reiterada, que se manifiesta en humillaciones, insultos, burlas y desprecios.

Asimismo, 55,6 por ciento sufrieron violencia física de padres, padrastros, cuidadores y luego parejas, como empujones, cachetadas, golpes de puño y con objetos, palizas, patadas, tirones de pelo, quemaduras y ahorcamiento.

Las entrevistas fueron realizadas por pares. En Argentina participaron 10 mujeres de la Red Bonaerense de Personas viviendo y conviviendo con VIH/sida. Una de ellas, Caty Castillo, contó a IPS que las mujeres no ponderaban los hechos de violencia sufridos como algo malo.

«Incluso nos pasó a nosotras, las entrevistadoras. Cuando nos hicimos el cuestionario primero a nosotras mismas nos dimos cuenta que muchas habíamos pasado por situaciones de violencia y abuso y no lo teníamos como algo malo», admitió.

Las mujeres fueron citadas solo por su nombre de pila. Así, Griselda, de Uruguay, cuenta: «A mi madre le gustaba golpearme mucho. No sé por qué. No eran palmadas o una paliza. Me amordazaba, me ponía esponjas en la boca».

Casi 60 por ciento de las entrevistadas vieron a su madre sufrir agresiones de sus parejas, y luego ellas también padecieron ataques de sus compañeros. «Me puso un cuchillo en el cuello, me cortó las muñecas, me daba palizas por celos», dice Florencia, también de Uruguay.

El estudio, compilado por la médica Mabel Bianco y la socióloga Andrea Mariño, de Argentina, remarca que «la familia, supuesto resguardo del mundo afectivo, no parece ser el ámbito más seguro para muchas de estas mujeres».

Las expertas pertenecen a la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer de Argentina, que trabajó en las entrevistas junto a la organización brasileña Gestos, a la chilena Fundación Educación Popular en Salud y a la uruguaya Mujeres y Salud.

Mariño explicó a IPS que «las mujeres que sufrieron violencia a lo largo de su vida son más vulnerables a la infección porque, en general, pierden autonomía, autoestima y también capacidad de negociar el uso del preservativo».

Por ejemplo, las entrevistadas confiesan haber sido víctimas de violencia sexual en un alto porcentaje (36,3 por ciento), casi siempre a manos de sus parejas, y también abuso sexual en grandes proporciones (32,8 por ciento) en la infancia y adolescencia.

«Hay una naturalización de la violencia en la vida de muchas de estas mujeres desde la infancia. No tienen registro de que eso no es normal, que es un delito», remarcó.

Sobre violencia sexual hay diversos testimonios. «Yo no quería cuando él estaba drogado», cuenta Sandra de Uruguay. «Se tambaleaba y lo quería hacer, me obligaba, me pegaba y lo tenía que hacer porque era el padre de mis hijos», relata.

Muchas de las mujeres entrevistadas también recuerdan episodios de abuso sexual en la infancia y no sólo tocamientos. «Él (su padre) como de los cinco años me violó hasta los siete, ocho años, y fue una experiencia muy mala», asegura la chilena Iris.

Castillo, la entrevistadora, coincidió en que la mayoría de las mujeres que admitieron haber sido abusadas lo consideraron algo «normal» porque los perpetradores eran familiares cercanos.

Pese a la evidente vinculación de violencia de género y VIH, el estudio advierte una «preocupante limitación de datos oficiales» en los cuatro países, lo que impide, dice, «dimensionar la magnitud del problema».

La investigación también traza un panorama sobre las características de la epidemia en la subregión y destaca algunos avances, como la universalización de los tratamientos para combatir el virus y las leyes contra la violencia.

«No existen programas gubernamentales nacionales que articulen estrategias para mitigar ambas pandemias», sostiene el informe, salvo en Brasil, donde hay un plan que va en ese sentido, pero todavía no se implementa.

Cuando conocen el diagnóstico, la mayoría de las veces las mujeres reaccionan con sorpresa porque no se consideraban un grupo de riesgo por tener una pareja estable y heterosexual. «Creía que nunca me iba a pasar a mi», dice una de ellas.

Según el informe, no hay una buena articulación entre las políticas para enfrentar la violencia contra las mujeres y los temas de salud, un hecho que da lugar, reiteradas veces, a la violencia institucional.

Una de las entrevistadas en Argentina contó que cuando su ginecólogo se enteró que ella tenía el virus causante del sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) no la quiso atender más. «Me dijo que no atendía a personas con VIH», relató.

Otra, de Uruguay, que llevaba con ella una Biblia, contó que cuando la doctora le informó de su diagnóstico le lanzó: «Mucho leer la Biblia, pero no sos ninguna santa». El maltrato decidió a algunas a abandonar el tratamiento.

Frente a esta realidad, las investigadoras hacen una veintena de recomendaciones. Entre ellas, promover políticas públicas integrales que articulen la prevención y la atención de ambas pandemias desde una perspectiva de género. (FIN/2010)